No es lo mismo conducir que sentarse en el asiento de atrás y esperar a ser transportado. Esta discusión está muy viva en la publicidad automovilística en estos días, e independientemente de cuál sea su opinión o preferencia, la diferencia y sus consecuencias son claras.

El presente artículo tiene como única intención defender la idea, que debiera ser obvia aunque últimamente se pone en cuestión, de que la política no es sólo un conjunto de ideas o de principios vertebradores sino que se trata de una actividad práctica basada en la asunción de responsabilidades en las instituciones desde las que se administra el poder.

Si usted está de acuerdo con esta afirmación, que para mí no deja de ser una evidencia básica, quizás pueda ahorrarse el resto del artículo, a gusto del consumidor que se decía en la publicidad de antaño; si no lo tiene tan claro o está en desacuerdo, le ruego encarecidamente que siga leyendo.

En las últimas semanas hemos asistido y, todavía hoy observamos coletazos, a un nuevo tipo de reproche, un “neodardismo” político, a saber: “ustedes no quieren hablar de políticas, quieren hablar de sillones”. Esta acusación se está repitiendo tanto que va a empezar a parecer una acusación infamadora para quien la reciba y eso sería un gran problema para nuestra cultura democrática.

Se trataría de un gran problema porque sería tanto como ignorar la importancia del poder ejecutivo, es decir, la importancia de realizar efectivamente los cambios y tomar las decisiones sobre los problemas compartidos de una sociedad y las maneras de afrontar los acontecimientos sobrevenidos, que son, por propia naturaleza, imprevisibles.

Si empleáramos la reducción al absurdo como vía de negación de la “acusación de los sillones”, procederíamos como sigue: asumamos que es posible acordar las políticas y sólo las políticas. Si esto fuera cierto, el nivel de detalle necesario del acuerdo político y de las vías de control y seguimiento serían quizás excesivas, pero asumamos que es posible. En ese caso, sería también posible un Gobierno democrático donde toda la ejecución estuviera en manos de una estructura administrativa-burocrática que recibiría las instrucciones del parlamento y presentara, como un equipo directivo a su consejo de administración, un balance de gestión. Eso sería tanto como asumir que el Gobierno en una democracia representativa, sería posible sin la forma más genuina de Gobierno que es el Ejecutivo… Un auténtico absurdo.

Esto no es posible porque la política es una disciplina que atiende a problemas prácticos, a los que se enfrenta uno a base de esfuerzo continuado y, no es, ni puede ser nunca reducida a una cuestión teórica. Esta diferencia radical la vivimos rutinariamente todos los individuos. Por ejemplo, cuando queremos enfrentarnos a un problema teórico, como el de una división matemática para repartir el pago de la factura de un restaurante, es evidente que cuando se enuncia la solución, es decir la cuota de cada comensal, el problema se termina. Por el contrario, ante un problema práctico, por ejemplo, “si pienso que he cogido unos kilos y quiero adelgazar”, enunciar una solución como la de “me voy a apuntar al gimnasio”, es sólo el inicio de un esfuerzo de la voluntad para acudir a los entrenamientos frecuentemente.

Además, lo que no es muy sencillo y, en algunas ocasiones es simplemente imposible, es conocer de antemano las soluciones concretas y en detalle ante una problemática. Esto puede ser debido a la necesidad de tomar en consideración las opiniones de todos los afectados, lo que no es posible, en la mayoría de los casos, anticipar, o porque se trata de un problema nuevo donde no hay referencias o casos previos. En estas situaciones de gestión de la incertidumbre es recomendable afrontar las cuestiones a base de principios orientadores y metodologías de avance. Esto mismo hacen muchas de las empresas más innovadoras del ámbito digital quienes, ante un amplísimo número de posibilidades y sobrevenidos, lo que mantienen firme es una visión y van ejecutando sus mejoras mediante metodologías ágiles que les permiten avanzar en pequeños pasos y comprobar el resultado de cada avance.

Las características de incertidumbre y de disciplina práctica, hacen que la asunción de responsabilidades por parte de los representantes políticos sea lo más habitual entre quienes aspiran a mejorar una sociedad y ganan las elecciones, al fin y al cabo, quieren estar a los mandos de la situación. Pero además, hay una cuestión adicional que se suma a la circunstancia y a las características de la cosa pública, que es la necesidad de pedagogía política y de las políticas.

Los ciudadanos exigen que les sean explicadas las medidas y las bondades de las mismas y eso es mejor que lo realicen sus representantes electos y no tecnócratas que dicten un frío informe de obligado cumplimiento. Liderar, promover cambios en las reglas e instituciones de la convivencia y aglutinar a la sociedad tras objetivos colectivos no es la función de los técnicos sino de los legítimos representantes de los ciudadanos quienes con su voto, eligen, ratifican o censuran a los políticos como base fundamental del sistema democrático.

Es válido y, puede que conveniente en algunos casos, no desear compartir el Gobierno. Eso es razonable cuando el número de apoyos de las fuerzas en coalición fueran muy dispares o cuando los acuerdos fueran de mínimos, de manera que el partido con menor representación parlamentaria se erigiera como vigía y guardián del acuerdo. Lo que es inaceptable es adulterar la discusión política haciendo creer que la búsqueda y la voluntad de asumir responsabilidades es negativa y que los que quieren acceder al ejecutivo sean interesados en búsqueda de sillones. Es inaceptable y en el caso actual es cínico, ya que quien lanza dicha acusación infamante busca, al mismo tiempo, un solo sillón: el sillón del Palacio de la Moncloa.

La política requiere de ideales y valores que orienten la actuación general, de políticas que establezcan las prioridades, las reformas o los proyectos y de personas capaces de llevarlas a cabo y ser responsables antes los ciudadanos de su impulso y ejecución. No es posible solventar los problemas del mundo viviendo en las nubes y no es posible mejorar la vida de los ciudadanos políticamente tan sólo desde el mundo de las ideas. Por eso hacen falta responsables que lideren los cambios y tomen el control porque, en definitiva, no son sillones lo que se reclama, son volantes de este proyecto colectivo que llamamos democracia.