Cuando vi La bruja el año pasado en el Festival de Sitges, me pareció que era una de las mejores películas de género de los últimos años, y que recientes producciones de género elogiadísimas como Babadook palidecían en comparación con sus increíbles logros. No debí ser el único en pensarlo: la organización del festival colocó el debut de Robert Eggers como película de inauguración, quizás pensando que si entraba en competición el resto de la programación no tendría ninguna oportunidad.

No es para menos: La bruja propone una atmósfera viciada en los tiempos de los primeros colonos estadounidenses, en Nueva Inglaterra. Allí fermenta un ambiente de fanatismo religioso y costumbres endogámicas, asentadas para asegurar la supervivencia, el pánico a lo desconocido y, sobre todo, al hilo de una absoluta convicción en que los crueles y egoistas comportamientos de los personajes tienen la bendición divina -una actitud que marca a todos los personajes del film y que tiene una interesante lectura política-.

En ese entorno hace su aparición una bruja que hereda parte de las características de las viejas que untaban el palo de escoba con hongos alucinógenos en el medievo europeo, pero también algo de ese Nuevo Mundo que se defiende como puede de los invasores. Cuando esa bruja roba al primer hijo que esta familia ha tenido en aquel infierno -un acto también sumamente simbólico-, la estructura familiar se derrumba y las debilidades del fanatismo religioso pasan a primer plano.

Eggers cuenta todo esto con una exquisita atención al detalle (diálogos en inglés arcaico, iluminación natural -incluso en interiores y de noche-, vestuario cosido a mano y con materiales fieles a los utilizados en la época, composición de planos que hacen referencia a clásicos pictóricos), y eso es lo que hace que La bruja tenga ese aire artie que la distancia de películas de horror puro de las que, en espíritu, no está tan alejada, de la fundacional Haxan – La brujería a través de los tiempos a la reciente y mayúscula Lords of Salem. Ese equilibrio entre exploitation de hechicería y cine histórico de arte y ensayo es lo que le da un tono único a la película y hace que esté siendo elogiada tanto por fanáticos del cine de género como por asiduos a festivales para cinéfilos.

Y el auténtico logro es que lo está consiguiendo una película llena de feminismo esotérico, explosiones gore e intimismo salvaje. Es decir, un auténtico milagro impío.

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