Se ha convertido en rutina. Desde el año 2006, cuando LeBron James jugó sus primeros playoffs de la NBA, los cartelitos de récords se agolpan en cada partido.

Ha sido paso a paso. Aunque también se han dado salvajadas como los 48 puntos a Detroit Pistons en los playoffs del año 2007. Sea como sea, desde hace algunos años van cayendo logros personales. Pequeñas metas. Un día se supera la marca reboteadora de alguna leyenda, la temporada siguiente se consigue ganar más partidos que aquel mito… Aunque todo eso empieza a no valer para nada. Al menos para el genio de Akron.

Y tampoco hay que desmerecer a LeBron James. Sería ridículo. Ha ganado dos anillos y, tras la victoria contra Atlanta la pasada madrugada, consigue llegar a seis finales de Conferencia de manera consecutiva. Los incautos reprochadores oficiales que esperen su turno.

Pero quizá sea este último partido contra los Hawks el que mejor defina a LeBron y su carrera profesional. En concreto, los últimos minutos. Esos en los que se cobija bajo la esencia de hombre incompleto, mito inacabado. Leyenda sin forja ni herradura.

A falta de 40 segundos, y con su equipo solo uno arriba, James hace lo que debe. Se la juega y la mete. Espavientos, músculos al aire. La leyenda vuelve a tomar forma. Atlanta se acerca en el marcador, y de nuevo balón en las manos de LeBron. Esta vez falla, esta vez deja a su equipo incompleto, esta vez toca bajar a defender. La próxima vez terminará del todo lo que empieza.

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LeBron James cumplirá a finales de año 32 inviernos. Todavía tiene en sus piernas el ritmo de alguien que pasará a la historia, pero las balas de su revolver empiezan a terminarse. Los anillos de Michael Jordan empiezan a quedarse lejos. Lo hacen, incluso, los de Kobe Bryant. El heredero graba con letras de oro su nombre en los anuarios de la NBA. Pero lo hace de manera incompleta.

Es muy probable que gane la Final de Conferencia. Que se plante en una nueva final de la NBA. También es probable que la pierda. Meterá el penúltimo tiro, hará una penúltima gran acción. Pero poco a poco cae sobre sus espaldas el mito de hombre incompleto.