Adrian Tomine no es un creador para todos los gustos, pese a su fama de sencillo, accesible y dueño de una obra dirigida a jóvenes urbanitas con problemas muy del primer mundo y a quienes, en realidad, no les gustan los comics.

Pese a su aspecto gráfico amable y sin complicaciones (aunque su complejidad es tremenda, precisamente porque no se ve), Tomine incide una y otra vez en relaciones humanas complicadas, y que ahora ha ampliado su espectro de atención a relaciones más desequilibradas y extremas y donde entran en juego padres, hijas y romances a largo plazo. El resultado es un enriquecimiento considerable de la fauna humana que trata, y con ello, una mayor profundidad en el retrato que hace de las personas, aunque persiste una mirada a la vez humana y desencantada, muy atenta a los pequeños detalles y también a las pequeñas miserias.

Intrusos recopila seis historias que se leyeron en el comic-book Optic Nerve, un formato que como a tantos autores de su generación, de Joe Matt a Daniel Clowes, sirve a los creadores para experimentar con formatos, estilos y voces. En este caso, Tomine despliega su habitual panoplia de homenajes a sus maestros, que alcanza su nota más alta en la historia con la que arranca Intrusos, Una breve historia del arte conocido como hortiescultura, en la que un artista frustrado tiene que enfrentarse a la incomprensión de quienes le rodean. La historia, que abarca varios años, está planteada en forma de tiras de prensa propias de los periódicos americanos, incluidas las míticas páginas dominicales que tanto hicieron por la evolución del medio en sus primeras décadas. La elección del estilo no es gratuita: incide con su implacable devenir del tiempo (la tira de prensa publicada un día tras otro) en el ritmo inevitable de lo que cuenta.

Un tema similar tiene la mejor historia del volumen, Triunfo y tragedia, en la que una adolescente sin talento quiere dedicarse al stand-up comedy mientras brega con su conflictiva relación con su padre. Desesperanzada y amarga, pone sobre la mesa lo mejor de este Tomine maduro: un ritmo sin estridencias, un oído espectacular para diálogos y cotidianeidad y un virtuosismo gráfico camuflado de sencillez y colores planos.

Que esta Triunfo y tragedia sea lo mejor del conjunto no quiere decir que Tomine no se permita ciertas salidas de tono: el argumento de Amber Sweet (una chica ve como su vid social se desmorona cuando descubre que es tremendamente parecida a una estrella porno) daba para una comedia estrafalaria, el de Intrusos (el antiguo propietario de una casa entra a hurtadillas en el domicilio cuando nadie le ve) es propio de una película de terror y el giro final de ¡Vamos, búhos! podría haberse cargado una historia por lo demás escalofriantemente cotidiana. Pero Tomine ya tiene controlado el pulso de lo que cuenta hasta el extremo. Su estilo, personal pero nada fácil de imitar, sigue evolucionando como sus historias: lentamente, al ritmo que exigen personajes y situaciones, y siempre al borde de un estallido histérico en lágrimas. Tomine sigue en forma.