Señores humoristas, ríanse de mí. Si no les queda otra, si les prohíben o les dificultan el ataque a otros, métanse conmigo. Atáquenme con dibujos inmisericordes, con imitaciones degradantes, con chistes fáciles. Si la corrección política les martiriza, cuenten con mi permiso expreso para utilizar mi humilde figura como conejillo de indias permanente.

¿Mis méritos? Ni más ni menos que los de cualquier otro tipo semianónimo en este país nuestro. Soy un varón, lo que me convierte en blanco fácil, habida cuenta de que el 50% de las cosas graciosas que pasen en el mundo, poco más o menos, serán responsabilidad de mi género.

Soy heterosexual, tengo dos hijos y estoy casado. Y quien diga que no se puede hacer humor con eso no ha disfrutado de Louie, una de las mejores series de todos los tiempos. Es cierto que su divorcio le da argumentos distintos a los míos para zurcirse a latigazos, como su notable pagafantismo, sus rarezas sexuales o su (relativo) sobrepeso.

Pero yo también tengo mi punto de pelirrojo, sé lo que son los abdominales por las películas y me quemo fácilmente en verano debido a una piel rosadita, pecosa y suave cual culete de bebé. No soy calvo, eso sí, pero tengo muchas canas. ¿Son graciosas las canas?

La única vez que me afeité el pecho (borracho) fue muy de jovencito, en aquellos tiempos en los que el gimnasio era una actividad que practicaba y no una que patrocinaba. Descubrí por las malas que, si no lo haces con cera, a los pocos días terminas convirtiéndote en un velcro humano.

Si con eso no les vale, señores humoristas, ríanse de mí porque soy periodista y dirijo un medio pequeñito. Intento escribir lo que pasa en el mundo y, cuando me equivoco, seguro que bien contado es motivo de carcajadas. Puede que sean risas tristes, risas de “tiene gracia porque es verdad”, pero algo podrán hacer con eso.

Tuve problemas de fertilidad cuando intenté tener a mi primera hija. Mis espermatozoides eran como Pedro Sánchez: briosos, rápidos y con una clara incapacidad de alcanzar sus objetivos. La cosa terminó por cuajar, pero fue por puro tesón, algo que no le ha bastado al político socialista. Seguro que las incómodas sesiones en la clínica de fertilidad o las prisas por llegar con el botecito intacto y calentico para hacer las pruebas dan para medio episodio de algo.

Cuando aún estaba en el instituto tuve que ir al hospital tras estrellarme con la bici al intentar imitar a los Bicivoladores. Con todo mi aplomo, le dije a la enfermera en recepción: “Disculpe, ¿pueden atenderme? Tengo una contusión con hemorragia en el testículo derecho”. Su respuesta me acompañará siempre: “¿Patada o mordisco?”. Yo le dije, con el poco aplomo que me quedaba, que había sido en un accidente de bicicleta. Ella me guiñó un ojo: “Yo pongo lo que tú quieras, no te preocupes”. Lo hizo con la seguridad de quien ha tenido que coser más pelotas que el utillero del Levante.

Conmigo tendrán que esforzarse algo más, señores humoristas, porque aún no pertenezco a muchas minorías de las que se ofenden por cualquier cosa. Antes se me podía atacar por el lado friki, pero es que cada vez somos más. En una sociedad en la que triunfa Mujeres y Hombres y Viceversa haber leído a Fabian Nicieza en X-Force es el equivalente contemporáneo a discutir sobre Nicaragua con Woody Allen en un apartamento neoyorquino en la década de los setenta.

Hoy las películas sobre superhéroes son las más taquilleras, los videojuegos están perfectamente aceptados en nuestra vida cotidiana y en House of Cards, y hasta algún crítico que otro ha empezado a defender a Stephen King. No mucha gente se había leído Canción de Hielo y Fuego hace unos años, pero la serie me ha convertido en un fan vulgarote, nivel Pablo Iglesias. Me gustaban las pelis de mucha casquería, pero hoy una de las series más vistas es The Walking Dead y el director de Tu madre se ha comido a mi perro ha sido nominado a un Oscar al mejor guión.

“Eres virgen y no sabes conducir”, era el máximo insulto que se proferían las protagonistas de Fuera de Onda. No se me aplica ninguno, pero si me comparo con aquel de mis primos que debutó a la edad a la que yo cantaba a voz en grito la sintonía de Bola de Dragón, la verdad es que fui una flor tardía.

Tengo bastante barba, pero más por imitar a mi padre, por falta de barbilla y por una cierta pereza que por una voluntad estética o un hipsterismo clamoroso. Soy propenso a la fascitis plantar, como Gasol; tengo alguna variz, como Juan, el tipo que me pone los cafés por la mañana, y me operaron de ligamento cruzado anterior, como a Khedira, porque me atacó un rival invisible durante una pachanga en el polideportivo de La Masó. Soso, lo sé, pero sin duda la edad me hará cada vez más humorístico.

Me sobran los defectos, por supuesto. Seguro que algún chiste podrá contarse con mi manía de abstraerme en un libro. O con lo mucho que se enfada por ello mi sufrida cónyuge. También podrían aprovechar mi incapacidad patológica de soportar las escenas más vergonzantes de las comedias románticas, o mi tendencia a proferir chilliditos agudos si algo me asusta de verdad.

Soy alto, aunque no lo suficiente como para resultar hilarante. Salvo, eso sí, cuando me empeño en jugar al baloncesto. Ahí sí que tendrían las risas aseguradas. Mis tiempos al correr los 10 kilómetros son tronchantes, quienes me han visto jugar al fútbol todavía lo recuerdan entre carcajadas –especialmente si estaban en el equipo contrario–, y soy bastante payaso al bailar porque me divierte mucho. Una buena: de joven estuve varios meses asistiendo a clases de bailes de salón con un montón de marujas de mi barrio en los tiempos en los que “milf” era una onomatopeya de sorberse los mocos. Risas para todos.

Mis hijos son una notable fuente de ingenio. La pequeña, ante la perspectiva de un futuro fallecimiento de su bisabuelo materno, razonaba así: “Bueno, si se muere, el abuelo segundo pasará a ser el abuelo primero”. Nosotros nos reímos mucho, pero a mi suegro Segundo no le hizo ninguna gracia.

Cuando leía ‘El Jueves’ me fascinaban las cartas de lectores indignados. “Siempre os he comprado, pero al meteros con –inserte aquí el colectivo afectado–, os habéis pasado de la raya”. Ninguno se paraba a pensar demasiado en la enorme movilidad de dicha raya.

Esta mañana, leyendo ‘Orgullo y Satisfacción‘, casi vomito por la nariz de la risa con una historieta de Alberto González Vázquez en la que Pedro Sánchez y Albert Rivera drogan a Mariano Rajoy para intentar meterle en la cabeza la idea de un pacto de legislatura ‘a la Inception’ y terminan convirtiéndolo por accidente en un asesino en serie. “Matar”, dice al final el Presidente de Gobierno, con la misma cara con la que te lo imaginas recitando la alineación del Eibar. Yo pensaba en ser algún día el protagonista de una cosa tan jodidamente brillante.

No soy, que yo sepa, un enfermo terminal, aunque si te fijas bien todos lo somos, con mejor o peor pronóstico. Pero si lo fuese, creo que me reiría con el sketch de José Mota. Y no entiendo, no me entra en la cabeza, que alguien se ofenda al verlo. Te puede parecer, como mucho, blandito y soso. Porque hay muchos que no entendemos el humor si no es negro –¿Nadie ha hecho aún una protesta retroactiva sobre el racismo inherente en el título de ‘Humor Amarillo’?–.

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El humor apenas necesita de humoristas en un país en el que las gracias nos chorrean como a mi hijo los mocos. Pero me gustan los profesionales. Disfruto con El Mundo Today, Orgullo y Satisfacción, John Oliver, The Onion y el tipo que hace las portadas de La Razón.

Mi sueño es ser algún día lo bastante grande, lo bastante interesante o incluso lo bastante imbécil como para que uno de los buenos se ría de mí. Para un hombre que ha admirado a los grandes del cine, la televisión y, especialmente, el dibujo, ser objeto de mofa y befa es un honor. En un país que nos ha dado a Cifré, Vázquez, Monteys, Forges, Fontdevila, Pallarés, Ivá, Alcázar, Peregrina,TheFdez y a otros muchos de los que ahora no me acuerdo, no podemos sino dar las gracias a aquellos que convierten cosas que dan miedo, como Donald Trump, en otras que dan risa.

Siento tanto respeto por su trabajo, creo que es tan necesario, que si tengo que ser yo el tonto del pueblo para que en el pueblo haya libertad, lo haré. No me importa ser un nuevo Morán o empadronarme en Lepe. Ningún chiste menoscabará mi dignidad ni mi autoestima, mi honor o la imagen que mis hijos puedan tener de mí.

Lo único que no puedo prometer es que me vaya a reír. Eso sí que va en gustos.