España es política y socialmente un país sin suerte. Su Historia, larga y con proyección universal pero colmada de acontecimientos desgraciados, recoge largos periodos de sobresaltos o depresiones, y mucho más escasos de etapas afortunadas o tranquilas.  

Por eso arrastramos, como quien dice hasta ayer, un lastre de siglos en los que la ignorancia, la superstición y el sometimiento a una nobleza y  milicia parasitarias e impregnadas de desprecio al trabajo nos han guiado hacia el despeñadero con un entusiasmo digno de mejor causa. Lideradas esas dos castas por otra: el clero que fabricó la Iglesia católica para disfrutar, hasta el abuso más reprobable, de la acumulación de bienes materiales y de la utilización inmisericorde de su monopolio en el arte de intermediar entre Dios y el hombre.

Ellas nos equipararon en un retraso penoso a otros tres Estados gobernados por uniformes, oligarquías y sotanas, llevaran éstas barbas ortodoxas o rasurados rostros vaticanos: Rusia, Polonia e Italia. Cierto que en la decadencia de la entidad zarista en concreto, por aquello de que a toda acción sigue una reacción, esos oligopolios de poder se vieron combatidos a muerte por los nihilistas, primero, y  por el bolchevismo (comunistas) a continuación. En las otras dos nacionalidades, la violencia laica llegó de la mano del anarquismo pistolero y precursor del bombazo limpio de los yihadistas de hoy.  

Las cosas han ido cambiando, salvo quizás en la entidad heredada de la URSS por Putin y sus incondicionales de la antigua KGB. Hoy, aquí, los Rouco Varela de turno influyen bastante menos que antes de la denostada Constitución del 78.  Pero siguen activos. E incordian todavía desde la intolerancia ejercida por las asociaciones cívicas que patrocinan. Fueron, junto con las otras dos castas, los grandes triunfadores de la Guerra Civil. Y la represión con que consolidaron su victoria les permitió continuar exprimiendo y disfrutando de los frutos de la misma.

Tres fenómenos les obligaron a ceder terreno poco a poco. 1) La creciente marea turística que, con su gasto, creó una clase media de españolitos, y nos enseñó que aquel tipo que venía por  carretera en un “Mercedes” y se alojaba en un hotel de cuatro o cinco estrellas en Torremolinos o Benidorm era taxista en Hamburgo, cuando su equivalente de aquí apenas podía pagarse una habitación en la “Pensión Flora” de algún pueblo serrano o de una chabola unifamiliar almeriense con vistas al mar. Y teniendo como coche un “Seat 600”, que apenas mantenía el equilibrio por los cinco pasajeros y los maletones que transportaba. 2) Una migración de ida y vuelta, compuesta por millones de individuos que abandonaron España con mentalidad de súbditos y, desde Alemania o Francia, regresaron reconvertidos en ciudadanos. Sabiendo, además, que, en esos países, tal estatus proporcionaba una panoplia de derechos y libertades por los que valía la pena pelear. Y, 3), la creciente apetencia de una información libre y veraz que las dos novedades anteriores provocaron en una sociedad cada día más sofisticada.

Así se llegó a la Transición, a nuestra homologación con el entorno europeo, a la liberación de unas fuerzas creativas insospechadas, a hacernos alcanzar el octavo lugar entre las economías del mundo (aún ocupamos el decimosegundo, pero en claro descenso), a dotarnos de unas infraestructuras espectaculares a nivel mundial, y a aproximarnos a la idea de lo que se puede considerar un país que posibilita a sus habitantes el logro de la felicidad.

Pero tantos años de cultivar la picaresca, la amabilidad de nuestro clima, la escasa disciplina aplicada a la enseñanza de que es preciso respetar las leyes  nos empujaron a recaer en nuestros males tradicionales: egoísmo, insolidaridad, desprecio de los anhelos y necesidades ajenas, hipocresía, fingimiento…Todo lo que de malo ha forjado  la España histórica, resumido en aquellas frases que marcaron nuestra mal llamada educación: “El que inventa la ley, inventa la trampa”, “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos” , “Ay del que escandalizare…” Esos pretendidos principios que han inculcado en nuestros genes que lo importante no es abstenerse de delinquir, sino que no te pillen.

Y, así, hemos llegado a fabricar una clase dirigente que –deberíamos ser más autocríticos y analizar desapasionadamente la realidad- en buena parte nos merecemos. Es reflejo de nosotros mismos, y responde a los sueños de éxito fácil y a ser posible sin esfuerzo que caracteriza a un porcentaje significativo de esta sociedad. Lo componen  jugadores, quinielistas, trafulleros, comisionistas, intermediarios, atracadores con los Boletines Oficiales como arma, etc. etc. Muchos de ellos, como no podía ser de otra forma,  dedicados a la política. Es el caldo de cultivo de la denostada –por quienes no la disfrutan- oleada de corrupción.

El problema es que la casta derivada de la Transición, idealista pese a sus innegables defectos,  ha envejecido, y muchos de sus inmediatos sucesores se han envilecido. Por eso llegamos a las elecciones del 20-D con un bipartidismo en quiebra y el nacimiento de lo que se ha dado por llamar “partidos emergentes”. Pero, tanto ellos como los clásicos, han demostrado, desde entonces a acá, que lo de ser instrumentos al servicio de la comunidad ha quedado atrás, para devenir en  oligarquías ambiciosas con liderazgos de muy escasa calidad.

El problema es que la sociedad se ha cuarteado, no se aclara, y ya es muy difícil que lo haga porque las opciones que le ofrecen van de guatemala a Guatepeor. Esta crisis tan prolongada, que pone en riesgo la prosperidad que España alcanzó y que amenaza con enlazarla con otros periodos penosos de nuestra Historia, ofrece  hoy un cariz malo, y la representa con justicia el lamentable ejemplo que ofrecen los liderazgos. Rajoy nunca ha sido querido, y hoy es más bien denostado, incluso por los suyos ; Pedro Sánchez no pasa de ser valorado como un irreductible pero irrelevante ambicioso capaz de cualquier cosa con tal de llegar a la cumbre; Pablo Iglesias, tras presentarse a muchos como un Arístides el Ateniense, que viene a recuperar el sentido de la decencia para la vida pública, ha arrojado su máscara al barro y enseña que su pretendida faz juvenil esconde en el sótano de su espíritu un retrato de Dorian Grey que a un ser pensante y crítico da repelús contemplar. De Albert Rivera resulta difícil sacar conclusiones porque es difícil distinguir en su actitud lo que hay de auténtico talante y lo que responde a la cautela.

En todo caso, ninguno de los tres primeros está dispuesto a dar un  paso atrás en pro de la gobernabilidad del país si han de sacrificar sus intereses personales. Y las encuestas publicadas estos días nos dicen que después del 26-J estaremos sin mayorías, sin Gobierno, en pleno cuestionamiento internacional y a la deriva.

¿Entienden por qué decimos al principio que España es política y socialmente un país sin suerte?