El fundador de Zara, un hombre que ha protegido su imagen pública durante años de cualquier indiscreción, se ha convertido en un viral de internet, como un gato cualquiera. Todo por culpa de un vídeo que quedará para la posteridad, un regalo que le hizo su hija Marta y que quedará como testamento del respeto que le profesan las miles de personas que trabajan para la compañía textil en todo el mundo.

Da igual que haya llegado a ser el hombre más rico del mundo, que haya democratizado el buen gusto, que haya creado riqueza o que su forma de hacerlo haya provocado polémica. Imagínate que a los 80 años, después de una vida de trabajo dando forma a un imperio improbable, sales del coche, te subes a un ascensor y te topas con una abrumadora muestra de cariño por parte de miles de personas que te aplauden y bailan para ti.

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Es enternecedor, lo mires como lo mires.

Alejandro Magno construyó un imperio global pero no logró consolidarlo y falleció a los 33 años. Amancio Ortega, nacido en el pueblo leonés de Busdongo, que hoy apenas si tiene 120 habitantes, ha construido un imperio global, lo ha visto consolidarse, ha elegido a las personas que lo prolongarán en el tiempo y, para colmo, ha recibido una aclamación popular, un emotivo baño de multitudes.

El impacto ha sido tal que se ha convertido en trending topic en Twitter, donde las reacciones han ido desde el respeto y el aprecio, hasta los chistes con más o menos gracias y las acusaciones habituales de gente que debería leerse el catálogo completo de las prohibiciones que impone Inditex a sus proveedores.

Lo más importante es que no me imagino a Warren Buffett recibiendo el acción de millones de acciones o propiedades inmobiliarias que celebren su éxito, ni a Bill Gates recibiendo el amor de cada microprocesador al que ha dado vida.

Lo más grande del imperio de Zara es que se trata un imperio de personas. Personas que crean ropa, personas que la adaptan al mercado –o que la copian con más o menos discreción–, personas que la crean, personas que la venden, personas que la visten, personas que la tiran…

En un entorno en el se habla de que nos enfrentamos a un futuro de trabajo sin personas o “el fin del trabajo”, tal y como lo define Jeremy Rifkin, Amancio Ortega creó un coloso poblado de personas de todas las extracciones, formado por 150.000 personas que trabajan directamente para la multinacional.

Podemos ser críticos, y lo seremos en otras ocasiones, qué duda cabe, pero este vídeo es estremecedor. Porque no nos muestra a un Ciudadano Kane rodeado de frías estatuas y recuerdos de la infancia. Nos enseña a un abuelo que ha recorrido el difícil camino “de cero a Zara” recibiendo el cariño de su gente en su pueblo y en todo el mundo.