Estoy harto.

Harto de la cobardía de tanto politicastro de cuarta que va de renovador de la izquierda más extrema y proviolenta (pero hipócrita y disimulada en esto, para lo que se esconde tras el rollo de la transversalidad), mediante el exhibicionismo de una ética más falsa que un Rolex chino. Cuando él la desprecia una y otra vez desde el insulto soez y las actitudes chulescas o sobradas.

Harto de que ese politicastro de turno se crea, tras analizar con sus esbirros de confianza las reacciones públicas a su última mamarrachada, que aceptaremos agradecidos una ambigua y nada sentida petición de excusas. Y que aproveche, encima, la ocasión para justificar el insulto con pelmazas puntualizaciones que él cree reflexiones ideológicas, cuando no son más que una caterva de paridas que encierran mil contradicciones capaces de desconcertar y aburrir al mismísimo Karl Marx. Pero como en el fondo nos cree idiotas…

Pues no me da la gana aceptárselas.

A gentuza de ese jaez hay que retribuirle el insulto con el insulto, decirle que se meta las explicaciones hasta por vía rectal, si no encuentra otra que le acomode más, y pasarle factura diciéndole cada uno lo que piense de él.  Yo, desde luego, voy a hacerlo. Allá los Jesús Cintora que quieran prestarle su incondicional servicio y le enjabonen el lomo manualmente. Sin acometerles  pudor alguno  por arrojar al barro lo más valioso del periodismo, que es la insumisión expresada a través de una imprescindible capacidad crítica.

Reconozco que, cuando escuché por primera vez “Yo también soy Charlie” el 7 de enero de 2015, día en que unos islamistas cavernarios masacraron al genial Wolynski y otros creativos del semanario satírico francés, la frase me sonó pedestre y hasta un tanto cursi. Hoy, sin embargo, gracias a Pablo Iglesias y sus secuaces, he dejado de sentirla como un topicazo.

Al contrario,  la adapto y la reivindico por un reflejo de las feromonas del honor y la dignidad que creo justo, aunque por el momento se inserte en un contexto menos dramático que el que rodeó aquella masacre.  Pero, al loro: por su forma de lamer el cogote a Arnaldo Otegui omitiendo cualquier condena a la violencia etarra –amén de su apoyo activo a otros quebrantos de naturaleza legal,  igualmente destinados a desguazar a la sociedad española-, ese contexto podría alcanzar un escenario de brutalidad expresa en cuanto pisen moqueta y manejen el Boletín Oficial.  Si llegan a hacerlo, lo que espero no ocurra.

Aquí va el resultado de estos pensamientos: Yo también soy Álvaro Carvajal.   

Me pongo en el lugar del periodista de ese nombre –un profesional de base, siempre dispuesto, según me transmitieron colegas suyos,  a escuchar y considerar argumentos, pero no a reproducirlos al estilo `loro amaestrado´, modelo que cultivan los dogmáticos irreductibles y zopencos, sean de izquierda o de derecha- y la boca se me llena de frases que me encantaría arrojar a la cara de Pablo Iglesias.

Carvajal fue objeto de la sañuda, persistente e insultante atención de ese  pretencioso sujeto en un aula de la Complutense a la que el núcleo de inquisidores que encabeza ha convertido en una casposa copia del Instituto Smolny (cuartel general a Lenin en los inicios de la revolución de octubre), gracias a varios rectores comunistas sucesivos. Y la sangre me hierve por las indignas gilipolleces pronunciadas por ese Robespierre de verbena que pretende acaudillar Podemos con parecido espíritu dictatorial que Vladimir Ilich. Pero sin que su categoría le alcance ni para invocar su memoria.

Dudo que, de hallarme allí,  hubiese resistido la tentación de ponerme en pie y darle un baño dialéctico y semántico, hasta ridiculizarle. Creo que lo lograría sin mucho esfuerzo, a juzgar por lo vacío, antiguo y sobado de sus argumentos. Por mucho que él actuara cual machito de las praderas al estar aquel  escenario repleto de manipulados por esa célula totalitaria que es el claustro profesoral de la Facultad de Políticas, o de  gentes marginales de escaso caletre y risa fácil que jalean sus actos porque desean para España una serie de cosas que ponen los pelos como escarpias. Como si las injusticias existentes se anularan o liquidasen pegando fuego a todo.

A Álvaro Carvajal le aconsejaría buscar el equilibrio en su interior  y reflejar lo que ve y oye según su recto criterio, porque ya ha probado que es independiente. No digo objetivo, porque objetivo a cien por cien nadie alcanza a serlo en esta vida. Pero debe rechazar sin contemplaciones lecciones de limpieza por parte de quienes son incapaces de aplicarse ni una pizca de higiene moral, y corren despendolados para ser campeones en manipulación, mentiras y cambalaches.  

A Iglesias, ese cínico amedrentador con jeta de cura trabucaire, especialmente si sonríe, le aconsejaría quedarse calladito cuando sienta el impulso de dar lecciones de honestidad. Cada vez que abre la boca en un ambiente que le parece favorable enseña su amarillento y retorcido colmillo de depredador bipolar. Debería de saber que lo mejor del silencio es que jamás le dejará por mentiroso ni denunciará su desenfrenada querencia a hacer trampas.

A los periodistas que en el aula, o después desde sus medios, toleraron o disculparon con su actitud el desmadre del Coleta, sólo estas palabras: vergüenza y qué demostración de nulo amor a su profesión.