El éxito de Podemos no puede entenderse al margen de su inteligente manejo de los medios de comunicación. Es algo que los impulsores del partido admiten, incluso con un punto de orgullo. Sin el escaparate de los platós de televisión, Pablo Iglesias nunca hubiera adquirido notoriedad pública y difícilmente hubiera convencido a un millón largo de personas para que en la primavera de 2014 introdujeran en la urna una papeleta con su cara.

El aterrizaje de Iglesias en ese escenario no fue algo sobrevenido ni fruto de una orquestación de las élites para lanzar un proyecto político rupturista -aunque existan teorías conspirativas sobre esta cuestión -. Los politólogos de la Complutense sabían que sin cobertura mediática jamás lograrían un eco más allá de lo residual. La presencia en la calle y en los círculos académicos no era suficiente para influir en una sociedad condicionada en alto grado por sus consumos cibernéticos, radiofónicos y, principalmente, televisivos.

Iglesias debe su carrera política a los medios de comunicación, aunque sea crítico con el sector

Los dirigentes de Podemos lo tienen estudiado, escrito y reconocido: debían lograr un hueco en la esfera pública para salir de la clandestinidad donde muchos de sus correlegionarios se recrean. La melancolía de lo minoritario, el quijotismo de ir contra corriente, el elitismo invertido de lo pretendidamente intelectual frente a una masa adocenada y sin mayores inquietudes. Un perfil que Iglesias conoce bien y que describía así en entrevista con Público el año pasado: “El típico izquierdista tristón, aburrido, amargado… la lucidez del pesimismo. No se puede cambiar nada, aquí la gente es imbécil y va a votar a Ciudadanos, pero yo prefiero estar con mi cinco por ciento, mi bandera roja y mi no sé qué”.

Él está en las antípodas de esa actitud. Nunca se resigna. Ante la imposibilidad de entrar de golpe en los medios tradicionales, lanzó sus propios productos –La Tuerka y Fort Apache-, emitiéndolos por Internet y consiguiendo un incontestable éxito dentro de sus posibilidades. Hasta el punto de que comenzaron a llamarle de medios nacionales, empezó a confrontar con opinadores de la vieja escuela y se abrió paso como voz y referente de los descontentos con el sistema. Un sector en auge desde hacía años, como tenía perfectamente detectado el clan de Valsaín, y huérfano de oferta política. Si las cadenas le invitaban era sencillamente porque funcionaba, porque subía las audiencias y venía a rellenar un hueco. También el discurso de Ada Colau presentaba elevados índices de aprobación. Los medios de comunicación y los precursores de Podemos se complementaron, se juntó el hambre con las ganas de comer.

Marcaje periodístico

Y en esas, su proyecto político nació y triunfó, obteniendo cinco inesperados escaños en las elecciones europeas. Unos meses después, figuraba primero en los sondeos de intención de voto. Un ascenso fulgurante que fue acompañado de la correspondiente fiscalización mediática. Ya no solo se daba espacio a miembros de Podemos, también se les estudiaba y se indicaban sus contradicciones o puntos oscuros.

El periodismo se lanzó al marcaje de un fenómeno inédito en 40 años de democracia, hurgando en la trayectoria de sus impulsores, escudriñando cada medida programática y exigiendo posicionamiento político en todos los temas de agenda. Así afloraron los casos más controvertidos para la formación, los vínculos de sus dirigentes con regímenes poco edificantes, los problemas de Monedero con Hacienda, la beca de Errejón, las consignas ideológicas más sectarias de Iglesias. Los medios hablaban de cosas que no gustaban en Podemos. Además, muchas veces forzaban, tergiversaban o directamente mentían. Sacar trapos sucios del partido morado vendía. Y vende.
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Pero no es esta la causa de los recelos hacia el sector. Interpretar que Iglesias ataca a la prensa crítica porque en una universidad critique el proceder de los periodistas que le siguen -personalizando de forma abyecta en uno de ellos- es desconocer una postura importante del partido. Y muy extendida. En Podemos están convencidos de que el derecho a la información está desprotegido y que urge al menos debatir sobre ello.

Impulsores de Podemos llevan tiempo reivindicando la intervención del Estado para garantizar el derecho a la información

Lo dijo ayer Carolina Bescansa: “Hay motivos que abren la posibilidad de crítica a los medios sin que se tenga que convertir en noticia de primera página (…) [procedería] abrir un debate sobre cómo funcionan los medios por dentro”. Juan Carlos Monedero propuso “recuperar esos consejos de redacción donde los periodistas son los dueños de sus propias noticias”, decidiendo qué se publica y cómo se jerarquiza.

En el libro Conversación con Pablo Iglesias, de Jacobo Rivero, el líder de Podemos asegura que “los medios de comunicación, por lo menos una parte, tienen que tener mecanismos de control público”. Y continúa: “si el derecho a la información es un derecho democrático, la concentración de la propiedad es incompatible con ese derecho (…) no puede ser que algo tan importante, y de interés público, imprescindible para la democracia, como son los medios de comunicación, esté solo en manos de multimillonarios”.

El partido morado considera que, al igual que ocurre con los partidos, hay cabeceras rehenes de sus cuentas con los bancos, deudoras de sus patrocinadores y secuestradas por una élite económico-financiera cuyos tentáculos llegan a todas partes. Piden una reflexión sobre ello y, en no pocos casos, que la política intervenga. Habrá quien se escandalice y habrá quien lo considere una postura legítima, pero desde luego no es algo nuevo ni consecuencia del supuesto acoso mediático a Podemos, que por otra parte sus dirigentes también denuncian.

La ‘Versión Original’ de Carmena

Así que ese convencimiento tiene sus reflejos en discursos como el de Iglesias en la Complutense -con el añadido de la lamentable personalización en Álvaro Carvajal- y en iniciativas políticas como la Versión Original del Ayuntamiento de Madrid. Podemos es muy consciente del poder de los medios y quiere quedar lo más exento posible de sus orientaciones, motivo por el cual cultivan como nadie el contacto directo con el ciudadano, explotando las posibilidades de internet y las nuevas tecnologías.

El debate sobre los intereses ocultos que presuntamente defiende la prensa no es nuevo. Izquierda Unida ya impulsó en 2004 un Estatuto del Periodista para garantizar la independencia de los profesionales del sector, a quienes ven condicionados por jefes y editores. Fue una iniciativa polémica, muy intervencionista, que fue rechazada por la inmensa mayoría del Congreso y también por la Federación de Asociaciones de la Prensa Española (FAPE).

Un sector importante de la izquierda considera que los medios son rehenes de sus acreedores

El tema vuelve ahora al candelero y no faltan quienes recuerdan la relación de Iglesias, Errejón o Monedero con regímenes latinoamericanos que han legislado para abordar la cuestión. Venezuela, Ecuador, Argentina, Bolivia o Uruguay han tomado medidas en los últimos años con el fin de neutralizar esa presunta falta de independencia de la prensa y proteger el derecho a la información de los ciudadanos. En su programa del 20D, Podemos incluía propuestas como “desgubernamentalizar los medios públicos”, revisar “los criterios de gestión del espectro radioeléctrico”, “reconocer y proteger los medios sociales y comunitarios sin ánimo de lucro” o crear un “Consejo del Audiovisual”.

El debate está ahí, como sabe cualquiera que haya hablado del tema con alguien de Podemos, que haya atendido someramente sus estudios o que les haya seguido con un mínimo de profundidad. Creen conveniente que los poderes públicos intervengan para garantizar la libertad de prensa y el derecho a la información, y no es algo nuevo. Enfrente, están (estamos) quienes creen (creemos) que la mejor forma de garantizar esas libertades y derechos es precisamente con el menor volumen posible de regulación.