Con motivo de la realización de un estudio, tuve la oportunidad de compartir ideas y reflexionar con un grupo de estudiantes destacados por su preparación y sus dotes de liderazgo, acerca de “cuál sería para ellos un lugar ideal para trabajar”. Las conclusiones de estos jóvenes de últimos años de carrera y programas master, de distintas y prestigiosas instituciones educativas, no tienen desperdicio y son claras respecto a la diferencia entre lo que ellos demandan hoy para el futuro y lo que sus predecesores reclamaban en el pasado. Una de sus peticiones es los que ellos denominaron con la expresión “jerarquías desarraigadas”.

Con este término se refieren los nuevos profesionales a la difuminación de las jerarquías que, aunque sigan existiendo, no deben percibirse en la práctica. En un entorno de trabajo como en el que nos encontramos, todo el mundo debería ser tratado de manera igual. En una época como la actual, en la que el conocimiento es la nueva fuente de generación de riqueza, el concepto de mando basado en el poder de jerarquía está entrando en crisis y debe ser sustituido por el poder de relación y conocimiento.

Hace más de 1.500 años el filósofo neoplatónico Dionisio –conocido después como Pseudo Dionisio, para diferenciarlo de Dionisio Areopagita- introdujo el concepto de jerarquía. El término significa literalmente dominar a través de lo sagrado. Siguiendo una lógica que probablemente sólo él conociera, Dionisio llegó a la conclusión de que el cielo estaba organizado jerárquicamente. Es más, aseguraba que había nueve niveles. Dios era el presidente, los arcángeles eran el consejo de dirección y Jesucristo ocupaba un puesto a la derecha de Dios. Pero para él también el infierno era jerárquico y la estructura era muy similar. Los escritos de Pseudo Dionisio tuvieron gran éxito: influyeron notoriamente en los filósofos escolásticos –Tomás de Aquino incluido-, en Dante –recuérdese la jerarquía de cielos e infiernos que relata la Divina Comedia-, en Milton –su Paraíso Perdido- y en los primeros humanistas ingleses.

Jack Welch describia a una empresa jerárquica como aquella que mira de frente al presidente y da la espalda al cliente. La mayoría de las veces agradar al jefe parece más importante que servir al cliente. El propio Welch llamaba a esto la burocracia y cree que es el Drácula de la empresa.

La tesis del sociólogo británico Anthony Giddens es que las sociedades postradicionales se caracterizan por el papel cada menos importante que en ellas juegan la tradición y las jerarquías como factores que determinan las actitudes y los comportamientos de las personas. Liberadas de los grilletes pesados de la tradición, el hombre descubre nuevas formas de actuar y siente libertad de elección a la hora de tomar decisiones vitales.

Los nuevos empleados, la generación milenio o, pantalla, como a mí me gusta denominarla, porque viven su vida a través de la pantalla,- del iPhone, del iPad, del Movil, de la Play Station o del ordenador- está acostumbrada a que la tecnología inunde todos y cada uno de los aspectos de sus vidas profesionales y privadas, cuya línea de separación entre una y otra está cada vez está difuminada. Además son estos nuevos profesionales los que desean es más tomar sus propias decisiones; algo que según el estudio de PWC, “Millennials at Work: Reshaping the Wokrplace” es cada vez más importante para ellos y que, por cierto, es poco compatible con la empresa jerarquizada.

La desjerarquización de la información es un hecho; es decir, los jóvenes digitales (Generación Milenio y Z) han tenido siempre la posibilidad de crear, modificar y  transmitir contenidos a través de los medios digitales. Actualmente se oye ya muy poco sobre que tenemos que delegar en los profesionales, porque la tecnología ha permitido a los empleados otorgarse autoridad en la toma de decisiones, guste o no guste a la dirección de la empresa. Estamos en una situación en la que hay que gestionar un trabajo compuesto por, -lo que Thomas Friedman ha denominado -individuos superautónomos: personas autónomas en su toma de decisiones.

La tecnología ha posibilitado que los empleados tengan acceso libre a la información qué necesitan, cuándo y dónde la necesiten; son ellos los que poseen los medios para buscar y encontrar la información que permite encontrar la solución según su entender y con total libertad a través en el ágora del social media hasta ahora desconocido, como por ejemplo, redes  del tipo de Facebook, Twitter, LinkedIn, etc. Las redes sociales se han convertido en su biblioteca electrónica y los jóvenes profesionales se implican en ellas hasta niveles insospechados de escrutinio y responsabilidad. El resultado: mayor influencia de los trabajadores en el destino de la compañía y mayor desarraigo de las jerarquías. La autoritas gana enteros mientras que la potesta de la jerarquía queda desfasada. Quizá por ello, en mi última conferencia en una impresionante convención de una gran empresa de transporte, para ejemplificar la situación me acordé de Groucho Marx para calificar este cambio de paradigma y parafraseándolo les dije a los asistentes- todos ellos directivos, por cierto-” los jefes son como las estanterías, que cuanto más alto están para menos sirven”.

Somos muchos los que pensamos que la empresa jerárquica en el sentido tradicional, no supondrá ningún problema en los próximos lustros, porque no existirá. El enfoque “macho” de operar sólo mediante el control y la razón está muerto, ya que disminuye el poder de influir y dirigir personas. En pleno Siglo XXI, no creo que ningún jefe, en su sano juicio, considere haber tenido contacto con el bueno de Dionisio, ni poseer ningún aura sagrada que lo legitime por derecho divino para actuar sobre el resto de los mortales.

José Manuel Casado González
Presidente de 2.C CONSULTING