Una buena manera de colaborar con el Día Mundial de la Bicicleta es analizar la eclosión del ciclismo urbano, de transporte, en Madrid. Una integración pendiente, retrasada intencionadamente por gobernantes al servicio del lobby del coche y de sus votantes y que, por casualidad y a velocidad asistida, despertó a esa latente masa crítica en junio de 2014 con  BiciMAD. Una integración en la que se debate, enconadamente, si debe ser eso, integración, en la calzada, en la ciudad, en la sociedad, o un simple encaje urbanístico. Una revuelta, a pie y a pedales, contra ese depredador de modos de vida urbanos y humanos, que es el coche, que puede acabar frustrándose con una detonación controlada o triunfar, marcando un hito sin precedentes.

Aquí, mis consignas revolucionarias.

Por @deteibols –  Activista ciclista urbano

Libertad

La integración de la bicicleta en el tráfico urbano de la ciudad debería ser una extensión natural de la libertad de circulación de las personas, indiferentemente del medio que utilicen para ello. Si lo que se pretende, como dicen los planificadores, es integrar a los desintegrados, esa integración debería contemplar, por pura lógica, un plus de derechos, tendentes a conseguir la mayor igualdad posible, y un mínimo de obligaciones: Las indispensables para proteger la seguridad de los ciudadanos ciclistas frente a los ciudadanos conductores y armonizar la convivencia con los demás usuarios de las vías públicas. Y si alguno de los lectores tiene la más mínima duda de cual de los vehículos es el que agrede al otro, en demasiadas ocasiones hasta la muerte, que aproveche para cambiar el aceite.

En mi opinión, la “madre” de todas las obligaciones viene personificada en la denominada r-407-a, esa señal vertical azul, redonda y con un casposo ciclo/bicicleta en su interior que nos encontramos los ciclistas al inicio de cada tramo de acera-bici y de carril bici y que no es, ni mucho menos, decorativa. Esta “piruleta” amarga encarrila, ya lo sancionó la DGT vía tuit, al ciclista urbano bajo pena de multa, escarnio cochista y desprotección legal en caso de accidente: ¡Casi ná, quillo! Sin lugar a dudas, se ha convertido en el arma legal más efectiva de los que pretenden acallar la, digámoslo ya, Revolución ciclista urbana contra el tirano de cuatro ruedas. Su estrategia represiva, en Red, ha funcionado, y funciona, en la inmensa mayoría de localidades – Madrid, resiste- españolas. Algunas de ellas, se vanaglorian hasta el paroxismo de la autosegregación y pretenden, cual secta, hacernos sectarios a los que no tenemos la menor intención de ordenarnos.

El inefable antídoto contra la represión es la Libertad, que, por arte de magia geométrico, convierte la redonda en cuadrada (S-35), la obligación en indicación: ¿Libertad conseguida? ¡No! Se trata del primer y revolucionario paso para desactivar la contra y para que podamos empezar a  convivir, en igualdad, el que quiera, en el tráfico urbano. Tráfico somos y en tráfico queremos convertirnos muchos de nosotros.

Igualdad

Y ahora que somos un poco más “libres”, aunque el Hombre ya nace libre, el siguiente objetivo sería la coexistencia en igualdad de condiciones. Los ciclocarriles fueron ese daño colateral que nos hizo creer que la reconquista de la calzada era posible. La única manera de equiparar a un mihura con una becerra, es -revivamos el eslogan- descastarlo. Al coche, esa máquina de matar en potencia, se le quita bravura disminuyendo su velocidad. A 50km/h es un resabiado; a 30, una becerrilla enlatada. Estrategias hay tantas como ingenieros e “ingenierillos”. Pero, otro más, desbocada en Las Ventas, la becerra puede venirse arriba frente al respetable y creerse un sobrero. Con espacio suficiente para una capea se puede capear el temporal y saciar a la mayoría de los aficionados. Incluso a los maletillas, esos antisistema que llegaron al Olimpo.

El objetivo de convertir todas las ciudades, grandes y menos grandes, en ciudades-30km/h es prioritario, no sólo para la convivencia ciudadana, sino para la sostenibilidad del planeta. La bicicleta no debería ser sólo la excusa para conseguirlo, sino formar parte de la estrategia para calmar el tráfico. Ya se hace en los planos, pero hay que trasladarlo a las calles. A mayor número de bicicletas circulando por la calzada, junto a los coches, más seguridad para el ciclista. La confianza en nuestras posibilidades debe de ser máxima. Parafraseando a Woody Guthrie: Esta máquina, la bici, mata cochistas. Quizás no haga falta llegar tan lejos.

Fraternidad

¡Que no pare la música! Si “todos los tiranos se abrazan como hermanos”, ¿por qué vamos a darles más facilidades y no vamos abrazarnos con nuestros iguales en movilidad sostenible, que son los peatones? La Revolución ciclista urbana, punta de lanza en estos momentos, no tiene sentido si no se establece la unidad de acción con los peatones. Hace tiempo que los peatones de Madrid han abandonado la lucha en la defensa de sus derechos ciudadanos frente al coche. Han salido, hemos salido, derrotados hasta el punto de que un paso de cebra se ha convertido en un pasadizo y cruzar por Bravo Murillo, Pekín Express.

La primera de las estrategias comunes debería ser firmar la pipa de la paz entre nosotros, acabar con el permanente conflicto al que nos conminaron los de la línea tres de este manifiesto que comparto con la intención de conseguir la verdadera Fiesta de la Bicicleta. Las aceras-bici sacaron, y sacan, a los ciclistas de la calzada para proteger al tirano y ocuparon, ocupan, un territorio peatonal que, para que la Revolución triunfe, hay que devolver a sus legítimos propietarios urbanos: La acera es de los peatones, y hay que respetarlos en la misma medida en que exigimos el respeto de los conductores. La calzada es para los vehículos. Y la bicicleta, lo es.

Diría, ahora que están acongojados, “¡A las barricadas!”, pero, eso, es cosa vuestra.  Y no es el Día de la Barricada.