“Abrid escuelas y cerrad cárceles”, proponía hace dos siglos la escritora Concepción Arenal. No podemos reprocharle que nos lo advirtiera sin tiempo suficiente para que reaccionáramos y tomáramos buena nota. Se ve que 200 años es poco tiempo porque ya llegamos tarde.

La previsión y la planificación nunca ha sido nuestro fuerte, somos más de dejarlo todo para última hora y a esa dejadez la llamamos improvisación, algo en lo que somos auténticos maestros. Por no abrir las suficientes escuelas a su debido tiempo , hoy no hay manera de cerrar las prisiones porque en los últimos días, semanas y meses hay overbooking y,  más que echar el cierre, están pensando en una urgente remodelación para ampliar el recinto.

Decía Nelson Mandela que en su país “primero vas a la cárcel, y luego eres presidente. África siempre ha sido un lugar singular. En el resto del mundo, la ecuación es a la inversa: presides lo que sea y luego vas a la cárcel. Al menos en los últimos tiempos esa parece ser la hoja de ruta.

Empieza a dar cierto vértigo despertar cada día y encender la radio, poner la televisión, abrir el periódico o echar el primer vistazo a los diarios digitales por miedo a lo que se pueda encontrar. Esos despertares en los que la capacidad de sorpresa no cesa, se alimenta a cada minuto y parece no tener límites ni conocer fronteras, no pueden ser buenos. Quizá es que no sabemos despertar o quizá, como decía el personaje de Robin Williams en la maravillosa película El club de los poetas muertos, “sólo al soñar tenemos libertad, siempre fue así y siempre será así”. Virginia Wolf también apuntaba maneras en cuestión de despertares abruptos: “La vida es un sueño, el despertar es lo que nos mata”.

No creo que haya nociones tan preciadas para una persona como la libertad y sin embargo parece que, al igual que sucede con la vida, el amor o la salud, no la valoramos lo suficiente hasta que la perdemos. La libertad es algo demasiado importante para jugársela a la cartas y menos por dinero. “El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos”. Más de 400 años hace que lo escribió William Shakespeare y algunos parecen no haberlo leído o es que su ludopatía no les deja ni siquiera asimilarlo.La libertad esalgo tan serio que el propio Edgar Allan Poe se ponía dramático: “El único medio de conservar el hombre la libertad es estar siempre dispuesto a morir por ella”.

Hay verdaderos suicidas de la vida, yonquis del riesgo. Hay quien echa de menos el cautiverio como hay quien echa de menos la guerra. Absurdo para la mayoría pero pura adrenalina existencial para muchos, tanto que alguno hasta repiten la experiencia de abandonar el sueño de la libertad por la pesadilla de la prisión. “No hace falta que me explique nada, ya me lo sé todo”, aseguran que dijo Mario Conde cuando hace unas horas entró de nuevo en prisión. La experiencia siempre ha sido un grado, tanto como el riesgo gratuito ha sido una estupidez que se paga cara pero que algunos insisten en costear a cualquier precio. Y da igual que sean banqueros, ministros, presidentes, empresarios, sindicalistas, economistas, cantantes, artistas, deportistas, músicos, de izquierdas, de derechas, del norte, del sur… hay reacciones que igualan al extremo la condición humana.

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”. Cada día estoy más convencida de lo poco que hemos leído El Quijote de Miguel de Cervantes, por mucha insistencia que se profese en estar releyendo este texto universal. Quizá ahora que conmemoramos el cuarto centenario de su muerte, a más de uno le pueda apetecer hacerlo. Más vale tarde. La de disgustos y malos ratos que nos hubiéramos evitado, unos más que otros, de haber leído a nuestros clásicos. Y mira que ya nos lo advirtió el escritor y luchador abolicionista Frederick Douglass: “Cuando aprendas a leer, serás libre para siempre”. Pero fue clamar en el desierto como le pasó a Concepción Arenal. En esta tierra somos más de Berlanga y de su “Todos a la cárcel”, que de Frederick Douglass  y su “Vida de un esclavo americano contada por el mismo”. No podemos evitarlo. Nos tira la tierra, como la cabra tira al monte. La cadencia es la misma, pura mímesis animal.

Escribe Philip Kerr en su fantástico libro Gris de campaña, que “cuando estás en la cárcel miras mucho. Miras las paredes. Miras el suelo. Miras el techo”. Para algunos, la vida se está convirtiendo en un continuo mirar que el resto observamos atónitos. Algunos deberían haber mirado antes y mejor. En esa misma novela, dos personajes mantienen una conversación tan breve como genial:

– “No me gustan los delincuentes que quebrantan las leyes- dije.

– ¿De qué otra clase puede haberlos?

– De los que hacen las leyes”

Mirémonos todos, a ver qué vemos. Seguro que demasiadas cárceles y pocas escuelas.