Hay dos formas de adaptar el Escuadrón Suicida, un tebeo iconoclasta y lleno de mala idea y dinamitación sistemática de los conceptos clave del comic de superhéroes: como en la futura película de la que ya nos llueven trailers o haciéndolo bien.

Un buen ejemplo de esto último es Copra, una obra de pura artesanía fan que llevó a Michael Fiffe un año en el que autoeditaba comic-books mensuales que él mismo escribía, dibujaba, rotulaba y coloreaba, y que luego llevaba a una sola librería de Nueva York. El origen de Copra es igual de entrañable que su manufacturación, y muy significativo para lo que nos interesa: Fiffe vivió una temporada de su infancia en España, donde compró un ejemplar de la primigenia colección del Escuadrón Suicida editada por Zinco y guionizada por John Ostrander. Le marcó de forma tan indeleble que en 2012 dibujó de forma completamente no-oficial Deathzone, un webcomic inspirado en la obra de Ostrander.

La aceptación y el éxito le llevaron a dibujar poco después Copra, lo que le ha valido (después de que los comics hayan sido recopilados en tomos y ganado una distribución más amplia y convencional) un trabajo en el mainstream estadounidense y, finalmente, una estupenda edición del comic en España. Inesperada pero que, como decíamos, es muy significativa: el amor de Fiffe por los tebeos de superhéroes se forjó aquí, y aquí ha acabado publicándose este meditadísimo y afilado homenaje al cosmos superheroico más bronco y violento.

Copra está lleno de guiños (sobre todo al Escuadrón Suicida y a muchos de sus personajes, de Deadshot al Capitán Bñumerang, pero también al hechicero por excelencia del Universo Marvel, el Dr. Extraño), pero es mucho más que eso: un equipo de marginados superheroicos que lleva a cabo misiones de tapadillo para el Gobierno es atacado y un artefacto alienígena que transportan es robado. Convertidos en enemigos públicos número uno, los escasos supervivientes intentarán averiguar quién les ha hecho semejantye jugarreta y por qué. Una historia no muy original pero que funciona como un maravilloso tiro gracias a la constante predisposición de Fiffe a experimentar con los formatos de la narrativa superheroica: dibujos hiperexpresivos, coreografías detalladísimas, personajes fascinantes, definidos a brochazos y que hacen buen uso, precisamente, de esos homenajes de los que hablábamos… Copra parece un tebeo de superhéroes convencional, pero el trazo de Fiffe, delicado e indie cuando quiere (esos colores a lápiz…) lo convierten en algo más: un experimento reflexivo y personal, que no renuncia ni a la verbena de capas y poderes ni a la crítica del medio desde la perspectiva fan.

Copra es como el comando que protagoniza sus páginas: intenso, hosco y revolucionario. Un auténtico milagro (y de que los textos estén en nuestro idioma, ya para qué hablar).