Casi desde el 20-D hasta hoy, y mientras Rajoy sestea en La Moncloa mecido por la socorrida filosofía del moro que espera el paso del cadáver de su enemigo agazapado tras la chumbera, a los dos gallos de la caótica e indefinida izquierda compuesta por el PSOE y Podemos, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, los enanos de sus respectivos circos les crecen cada día. Hasta el punto de que, si no sacan un conejo de la chistera en el último minuto al estilo de Junts pel Si y la CUP en Cataluña y aglutinan el “Gobierno del Vértigo”, afrontarían el 26-J con grandes posibilidades de sufrir un revolcón tan de época que pondría en riesgo la supervivencia misma de sus respectivas organizaciones. Sobre todo, en el caso de Podemos.

Difícil resulta ya que caiga una hoja del calendario sin que el líder del Partido antisistema no se desayune con un sapo. El último, la elección de Carmen Santos, conocida por su casi nula sintonía con él, como cabeza de En Marea, votada por unas bases gallegas cuya creciente desmotivación las ha llevado a participar a unos niveles que  rozan con lo ridículo. Surge así,  el enésimo reino de taifas falsamente solidario que fracciona el sobrevalorado proyecto político concebido desde el “Movimiento de los Indignados”.

Cuando esta predecible división infectó la cúspide jerárquica y llevó a Íñigo Errejón y los suyos a un ostentoso alejamiento de la corte de Iglesias, muchos votantes de Podemos en el 20-D presintieron que las luchas por el poder y los beneficios que genera (prebendas, sinecuras, cargos y carguitos bien pagados, ideales para colocar a novias/os y compinches/as; presencia mediática constante, de la que depende el estar o no en un candelero compulsivamente ansiado entre quienes saben que deben su existencia a La Sexta y a los Cintora de turno, amén de un largo y provechoso etcétera) habían terminado por liberar el alien ambicioso y depredador que casi todos los humanos llevamos dentro.

El poder, como droga dura

Porque Podemos está siendo la perfecta materialización del dicho una cosa es predicar y otra dar trigo. Una vez que un dirigente podemita que empieza a conocer el éxito audita el silo propio, y descubre que  lo antaño vacío hogaño está mediado de grano, se vuelve súbitamente conservador, y clava sin pudor el codo en el hocico de quien le empuje desde atrás. Porque se siente agredido.

Piensa que su postura es justa, que el reivindicador que le achucha es un impaciente inmaduro en tanto él sigue siendo el de siempre. Sin embargo, su cambio de estatus y las posibilidades que le ofrece la nueva situación lo han vuelto conservador.

Eso no quiere decir que se haya hecho de derechas, sino que ha descubierto, como por una iluminación, que preservar lo adquirido y administrarlo le ha metido en vena un chute de la droga más adictiva diseñada por los hombres: el poder. ¿Y en qué manos mejores y más desprendidas que las suyas, las de un revolucionario desinteresado y en posesión de la verdad, puede estar el cuchillo que corta el bacalao?

De ahí viene que la dosificación y disfrute de ese alucinógeno esté en el origen de la dispersión del artificioso universo de Podemos en un montón de satrapías. Andalucía, Barcelona, Valencia, Galicia, Zaragoza (ahora silenciada porque Echenique aceptó vender su primogenitura por el plato de lentejas que Iglesias le ofreció a cambio de dar a Errejón un navajazo riñonero), y otras que se mueven en un extraño limbo.

Lo que ya he apuntado: el coletudo dirigente de la sonrisa hipócritamente cordial está saliendo a un sapo en cada primera colación de la jornada.

Sólo un gobierno afín sirve para tirar

Quizás el reparto del aparato que maneja el poder central –con un socio de Gobierno, fuera declarado o encubierto- alcanzaría a Iglesias para reprimir el actual centrifuguismo a que lleva el aprovechamiento y administración de una colección de poderes pequeños de naturaleza regional y local. Justo lo que les ha negado el 20-D, en momentos en que la dinámica social parecía llevarles directos a La Moncloa,  en la mismísima cresta de la ola.

Entonces, sí se hubiera consolidado la estructura territorial podemita, al disponer de dos o tres mil cargos más que bien pagados para distribuirlos a placer, y cerrar aquellas bocas descontentas que eventualmente pudieran desequilibrar su control.

El horizonte político ofrecería entonces a esa colección de irresponsables una calma seráfica durante la que podrían desarrollar, con el apoyo de otras fuerzas hostiles a la idea de España-nación,  los aspectos más destructivos de su programa, como son el aumento del gasto público en 90.000 millones de euros y unos referendos separatistas destinados a arrastrarla a la extinción. Pero no olvidemos que, para los antisistema   –e Iglesias lo es, por mucho que para confiarnos pinte de blanco la patita que desliza por debajo de la puerta-, lo que ellos quieren crear sólo puede nacer de un caos previo. Por disparatada que esa idea pueda parecer a la gente normal, una vez recuperada por muchos la sensatez perdida.

Pero la realidad es la única verdad. Las encuestas nos muestran un alarmante declive paulatino y con difícil reversión de ese partido, sin duda antidemocrático si nos atenemos a los valores vigentes en la civilización occidental.

Cierto que sus abducidos se mofan de su verosimilitud, en el caso de llegarse a lo que se ve como un muy probable duelo electoral. Invocan para argumentarlo las que se hicieron durante la campaña precedente, y recuerdan la fase en que el apoyo popular a Podemos cayó hasta índices alarmantes, para recuperarse después de manera notable, aunque no suficiente para alcanzar su objetivo de ser la alternativa del PP.

Profetizan que ahora sucedería igual. Vaticinio éste más que encuentro muy discutible, porque el tiempo transcurrido desde el 20-D ha jugado en contra de Podemos y a favor de sus marcas blancas; en menoscabo de Iglesias o su entorno, y en pro  de los dirigentes periféricos, decididos, al parecer, a una defensa en testudo de sus parcelas porque intuyen que el Eldorado monclovita está más fuera de su alcance que nunca.

¡Vade retro, elecciones!

Iglesias no puede aceptar el bis electoral de junio. El regreso a las aulas como docente significaría un final casi trágico para él. Sobre todo, después de haber paladeado la miel que representa el poder.

Su problema sería que  ni en sus filas le darían otra opción. Ha dejado ya demasiados heridos en el camino como para que, intramuros, le permitan liderar la oposición para recomponer sus pretensiones. Y él lo sabe.

Sus miedos sólo se veían  superados por los de Pedro Sánchez mientras sintió en su nuca el amenazador aliento de Susana Díaz. Ello le ha permitido mantener hasta hoy la actitud chulesca y sobrada que se le conoce, y que le ha permitido escenificar tantas humillaciones destinadas al líder del PSOE.

Las razones por las que, desde mi punto de vista,  Iglesias no puede querer ver el 26-J ni en pintura ya están expuestas. Las de Pedro Sánchez, aunque distintas, son igual de poderosas. Es cierto que ha dejado de temer que Susana Díaz pase el Rubicón-Guadalquivir, al menos de momento y mientras La Sultana no haya superado las eventuales salpicaduras de la corrupción andaluza. Su supervivencia, pues, como secretario general y candidato a la Presidencia no parece peligrar. Pero los algoritmos que arrojan hasta los muestreos internos indican como probable que un magnífico resultado el 26-J sería repetir los del 20-D, el peor del PSOE que renació con la Transición.

Por eso me creo lo que me filtran desde el entorno muy entorno de Sánchez de que todo está hilvanado  para  formar Gobierno utilizando el estilo catalán de aguantar el misterio hasta el último segundo. Con una única diferencia: unos me aseguran que conducen las negociaciones Bescansa y Luena, y otros que lo hacen Echenique y López.

También me parece aceptablemente verosímil  otra confidencia: que ambos socios habrían hecho llegar al Rey que están listos para salir del punto muerto, por lo que consideran que ha llegado el momento de poner fecha a una nueva consulta para otro intento de investidura, pero éste con grandes posibilidades de salir adelante. Se ha fijado fecha de consulta.

Los dos quieren disfrutar del poder, cada uno según se lo permita su realidad. Y Sánchez no desea la perspectiva melancólica de cuatro años de oposición con más o menos 90 diputados, sino vestir la púrpura.