Habían pasado poco más de seis meses desde la implosión de Lehman Brothers. Eran los albores de la peor crisis financiera global desde el crack del 29. Y Nicolas Sarkozy, con su grandilocuencia habitual, no dudó en poner el broche final a la cumbre del G20 con una sentencia que ya entonces –abril de 2009- sonaba exagerada: “La época del secreto bancario y los paraísos fiscales se ha terminado”.

Siete años después, y en pleno escándalo por los Papeles de Panamá, la frase suena vacía. El secreto bancario sigue vigente y los paraísos fiscales son una realidad lejos de finiquitarse. El G20 y la OCDE han seguido intentando mal que bien impulsar la lucha contra la evasión fiscal, con mucha carga teórica y pocos avances prácticos en el intercambio de información (y en casi nada).

Y la Unión Europea aún sigue dando vueltas, con la esperanza de concretar algo en los próximos meses, sobre cómo conseguir que las multinacionales tributen no sólo en los países con mayores ventajas fiscales y sobre cómo hacer que todossus ciudadanos respondan preceptivamente ante el fisco, achicando las zonas oscuras que les permiten ocultar el patrimonio en esos paraísos fiscales que Sarkozy dio por muertos.

Suiza, Luxemburgo, Panamá, Islas Vírgenes, Bahamas, Islas Caimán, Andorra… Una cuarentena de países figuran en las listas de la OCDE de los que no colaboran, o no lo hacen lo suficiente, en el intercambio de información fiscal para evitar la evasión fiscal. Y esos paraísos fiscales concentran en sus potentes sistemas financieros en torno a un 8% de todo el patrimonio mundial, lo que se traduciría en algo más de 6,6 billones de euros en 2015 procedentes de residentes en otros países. Y de ese gigantesco botín,más de 5,3 billones de euros se trataría de patrimonio no declarado a ningún sistema tributario. El tesoro oculto residenciado en estas plazas equivaldría pues en torno a cinco veces todo el PIB español.

Gabriel Zucman (París, 1986) publicó en Francia con éxito relativo La riqueza oculta de las naciones. Investigación sobre los paraísos fiscales en 2013. Al mercado español y latinoamericano el título llegó en 2014, de la mano de la editorial Pasado & Presente. Entonces, el texto incluía estimaciones de los fondos captados por los paraísos fiscales correspondientes al ejercicio 2013 (con un total de 5,8 billones de patrimonio mundial offshore, y del que 4,7 billones se correspondería con fondos no declarados al fisco). Ahora se publica una nueva edición para Estados Unidos, con los datos actualizados (y crecientes) correspondientes a 2015, y en algunos medios norteamericanos incluso lo señalan como una suerte de spin-off de El capital en el siglo XXI de Thomas Piketty.

Zucman trata de combatir la euforia de los que ven victorias continuas en los tímidos avances contra el secreto bancario y dan por hecho que el fin de los paraísos fiscales está muy cerca. “Los paraísos fiscales nunca han gozado de tan buena salud como ahora. Siempre presentes en los discursos políticos, las ‘victorias’ no aparecen por ningún lado en las cifras”, dice el autor. Y eso que reconoce que sus estimaciones son conservadoras y la cifra real podría ser superior (pero lejos de los entre 20 y 30 billones de patrimonio que otros profesores calculan para estos países). “La impunidad de los defraudadores es casi total. Los compromisos adquiridos por los paraísos fiscales son demasiado imprecisos, y los medios de control demasiado débiles”, apunta.

Pero Zucman también rechaza el pesimismo conformista de los que creen que acabar con los paraísos fiscales es imposible, y propone tres ejes de acciones para ganar la batalla a la evasión fiscal internacionalizada, que le costó más de 130.000 millones de euros a los erarios públicos de los Estados de todo el mundo sólo en 2013. Tres ejes, pues: sanciones concretas y coordinadas contra los paraísos fiscales, y que estén a la altura de las pérdidas provocadas; un catastro financiero mundial para ligar todo el patrimonio con un titular; y un impuesto global sobre el capital financiero.

En todas sus páginas, el texto de Zucman trata de transmitir al lector que no se habla de unicornios, sino de medidas efectivas y posibles… aunque a priori no parezcan aptas para aficionados a la real politik ni para proclives al escepticismo.

SANCIONES FINANCIERAS, SANCIONES COMERCIALES

La administración de los fondos de los defraudadores reporta beneficios millonarios a los paraísos fiscales, por lo que no tienen ninguna razón para renunciar a ello voluntariamente. Así que Zucman reclama la puesta en marcha de amenazas concretas con sanciones reales.

Por un lado, para combatir a los microestados que se han especializado en servicios de opacidad financiera (islas Vírgenes británicas, Jersey, Bermudas, Nauru…), el autor propone gravar todos los intereses y dividendos pagados a esos países hasta el 100% de la cuantía transferida y que se haga de manera coordinada entre Estados Unidos, Europa y Japón.

Contra los grandes paraísos fiscales (Suiza, Hong Kong, Singapur, Luxemburgo, islas Caimán y Bahamas) Zucman descarta gravar más los ingresos que les son abonados por tratarse en la mayoría de los casos de plazas financieras importantes, en las que muchos bancos comerciales y fondos de inversión operan también con actividades del todo legítimas.

En este caso, el autor propone sanciones comerciales contra estos países, que estarían “justificadas porque cada país tiene derecho a imponer unos aranceles iguales a lo que le cuesta el secreto bancario”. En el libro se pone como ejemplo la posibilidad de una acción coordinada entre Alemania, Francia e Italia para gravar con un arancel del 30% las importaciones procedentes de Suiza, que concentra más del 35% de sus ventas al exterior en estos tres países (mientras que no supera el 5% en sentido contrario). “Cualquier guerra comercial se saldaría matemáticamente con la derrota de Berna”, y, según su vaticinio, Suiza claudicaría y cooperaría en el intercambio de información fiscal.

CATASTRO FINANCIERO MUNDIAL

La base de las medidas de control y prevención es, para Zucman, la creación de un catastro financiero mundial, que activaría por sí mismo el intercambio automático de información entre todos los bancos y todos los países. Se trataría de un registro que indique quién posee el conjunto de los títulos financieros en circulación (acciones, obligaciones y participaciones de fondos de inversión) en todo el mundo.

El economista francés, lejos de considerarlo una fantasía, ve la creación de este catastro financiero mundial relativamente sencilla. ¿Cómo? Fusionar los registros dispersos que hoy gestionan empresas privadas en diferentes países (el Depositary Trust Corporation, en EEUU; Euroclear, en Bélgica; Clearstream, en Luxemburgo…), y unificarlos en un solo catastro global supervisado por el Fondo Monetario Internacional.

El nuevo ente, según el autor, se encargaría de registrar mundialmente los títulos en circulación, realizaría tareas de comprobación de la información facilitada por los depositarios, debería ir lo más lejos posible en la identificación de los beneficiarios efectos de los título, no solo de los intermediarios; y garantizaría el acceso a los datos a las administraciones fiscales para la comprobación de que los contribuyentes tienen esos títulos debidamente declarados.

UN IMPUESTO GLOBAL SOBRE EL CAPITAL

Para Zucman el catastro financiero y el impuesto sobre el capital son cara y envés de la única vía para luchar contra los paraísos fiscales, y se necesitan mutuamente. Como la mayoría de los gobiernos no gravan el inventario de patrimonio de los contribuyentes, sino solo las rentas producidas por esas riquezas (intereses, dividendos…), el catastro correría el riesgo de tropezar por la falta de interés de las Administraciones desde un punto de vista presupuestario (recaudatorio).

Y, en paralelo, la tesis del autor es que el impuesto serviría a la par para combatir la opacidad financiera con la que puede chocar el catastro, porque una parte importante de los títulos sigue estando registrada a nombre de trusts intermediarios y no al de los beneficiarios efectivos. ¿Por qué? Porque el impuesto debería articularse como un tributo al capital financiero deducido en origen.

Sería el propio Fondo Monetario Internacional el que aplicaría un gravamen (Zucman propone un tipo del 2%) y deduciría cada año a cuenta de los diferentes países ese 2% del valor de todos los títulos financieros. “Con el fin de recuperar lo que les ha sido retenido, éstos tendrían una única solución: declarar su patrimonio en su impreso para la declaración de la renta”.

El autor no ve rastro de utopía en esta vía, dado que algunos países ya aplican tributos idénticos al propuesto (Suiza obliga a todas las empresas a retener, antes de pagar cualquier interés o dividendo, un impuesto reembolsable del 35%… que sólo es reembolsado una vez declarado fiscalmente el ingreso). Y el autor ve ventajas evidentes: y es que el tributo diseñado por Zucman mantiene la soberanía fiscal de cada país (cada Gobierno pueden decidir devolver íntegramente lo recaudado, pero sólo podrá hacerlo cuando los propietarios de los títulos lo hayan declarado en su país) y sirve para eliminar la razón de ser de las sociedades pantalla e intermediarios fantasma (porque sólo es reembolsable cuando el propietario efectivo lo incluya en su declaración de la renta).