Los torturadores siempre han justificado su oficio en nombre de nobles fines: conocer la verdad, castigar el delito y hasta salvar el alma del reo mediante el tormento y el auto de fe y la tortura, como la materia, ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Veámoslo:

El espacio cerrado donde hoy se practica la tortura en forma de humillación masiva se llama Aeropuerto, pero antes de seguir con este potro, imaginemos, admirados y envidiosos, al viajero de hace un siglo que llegaba a una estación de ferrocarril de estilo modernista, ubicada en el centro de una ciudad de provincias. Acudía allí tranquilo y sosegado y para él todo eran parabienes. Incluso un mozo le porteaba los bultos. Nuestros ancestros no darían crédito a nuestras palabras si les contáramos que hoy es preciso llegar a la estación con dos horas de adelanto y nos creerían menos si les dijéramos que ese transporte raramente sale a la hora fijada. Pero hay más. Si hoy uno quiere viajar, por ejemplo, desde Madrid hasta Santander en avión, para empezar, el billete le cuesta un ojo de la cara (el avión es de hélice, sí). Pongamos que el avión tiene su salida oficial a las ocho horas y treinta minutos. El buen hombre ha comprado el billete y en la agencia le han ofrecido por adelantado la carta de embarque. Por suerte, se lo ha comentado a un amigo y éste le ha hecho una advertencia:

-Ni se te ocurra llegar a la puerta de embarque con ese papel. Te harán volver atrás y perderás el avión. Esas cartas de embarque son de pega.

A las cinco y media el viajero se tira de la cama y a las seis y cuarto consigue tomar un taxi. Paga la carrera (30 euros). Los mostradores de Iberia están, como siempre, atestados y el viajero se pone a la cola. Una pareja de extranjeros tarda más de quince minutos en despachar allí sus trámites. El viajero piensa que o bien el funcionario es un leño o los billetes estaban escritos en sánscrito. La cola, ora avanza, ora se detiene, y al fin le llega el turno.

-¿Va a facturar el equipaje? –le pregunta la chica de Iberia.

El viajero mira su bolsa (6 kilos) y, pensando en ahorrar tiempo una vez llegado a su destino, decide que no, que no factura. Ya tiene la segunda tarjeta de embarque, la “buena”, y tras un paseo de casi dos kilómetros llega a la siguiente cola cargado con la cada vez más pesada bolsa. Allí está el “control” y al cabo de un cuarto de hora le llega el turno. Al pasar su cuerpo por un arco suena un pitido. “¿Lleva tabaco?”, oye que alguien le pregunta. “Déjelo ahí. Y también la cartera y el reloj”. El viajero obedece y vuelve a intentarlo, pero el aparato insiste en pitar. “Quítese el cinturón” es ahora la orden. Una vez más, el viajero obedece, pero nota que los pantalones se le deslizan hacia el suelo. Los agarra con las dos manos antes de que se caigan. Al fin cruza sin molestar al aparato que, esta vez, ha decidido enmudecer y entonces vuelve a oír la voz del vigilante: “Abra el equipaje”. El viajero obedece. “Eso Tiene que facturarlo”, insiste el torturador. “Si facturo perderé el avión”, se atreve a indicar el viajero, sumiso. “Ése es su problema. ¿No sabe que no se puede volar con estas cosas?” La cosa es una tijerita que el viajero usa para arreglar sus uñas.

Al fin ocupa asiento en el avión e imagina una solución fantástica que le será rentable a las compañías aéreas: el avión a pedales, que ahorraría combustible y colocaría a los viajeros en la saludable (por el ejercicio) posición que merecen: la de galeotes voladores.

Y la cosa no va a mejorar. Lo ha escrito hace bien poco tiempo Tom C. Avendaño:

»Subirse a un avión es hoy un pulso entre el pasajero y la aerolínea por los costes extras. De ahí que Delta Airlines acabe de adoptar la idea de una nueva clase, llamada basic, entendible como subturista, que no permite reservar asientos ni cambiar el billete.

Por su parte, Christopher Schaberg, profesor de Estudios Culturales de la Universidad de Nueva Orléans, acaba de publicar ‘The end of airports’. Allí se lee:

»Hoy son sitios que están atrapados en una paradoja: el público los tolera como lugares molestos e ineficaces y no cree que sean mejorables. Hemos llegado al final del proceso. Ya no esperamos que cambien. Los odiamos y en paz.