“Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”, decía el gran F Scott Fitzgerald. El problema es que la vida se escribe sola y suele sorprendernos con unos giros argumentales que nadie espera. Como guionista, el destino no tiene precio. No es algo que ocurra solo en la ficción. De hecho, los héroes nos sobrecogen más cuando aparecen en la vida real.

En 1908, el jefe del Cuerpo de Bomberos de Nueva York, Edward F. Croker, tuvo que explicar la muerte de algunos de sus hombres en acto de servicio. “Cuando un hombre se convierte en bombero, ha conseguido su mayor acto de valentía. Lo que hace después está en su línea de trabajo”.

Más de un siglo después, los valientes siguen trabajando y, algunas veces, pagando un precio muy alto por ello. Hay cosas que no cambian. Esta semana fue en Oviedo, en una céntrica calle de la ciudad. De repente un cortocircuito en un edificio céntrico de la ciudad, una nube de humo saliendo por las ventanas, como si intuyera lo que se avecinaba y decidiera huir, y un estruendo de una mole de fuego y piedra cayendo a plomo, todo en un ambiente que pronosticaba un heroísmo no buscado. Allí murió un hombre y para muchos nació un héroe. Se llamaba Eloy Palacio, tenía 56 años, y el pasado jueves era su día libre. No tenía que trabajar, no tenía que estar en la calle Uría de Oviedo sofocando el aparatoso incendio junto a sus compañeros, pero sintió que debía hacerlo y eso le mató.  No tenía que estar allí, pero estaba. Sin saberlo dio vida a las palabras de Umberto Eco: “El verdadero héroe es siempre un héroe por error, su sueño era ser un cobarde honesto como todos los demás”.

El nombre y la historia de Eloy Palacio tenían que haber ocupado los grandes titulares, alimentado las tertulias y las conversaciones de bar. Pero en las primeras páginas, en las portadas, en las radios y las televisiones seguían saliendo los de siempre, los que hablan y hablan y solo buscan su beneficio y su acomodo, en medio de palabras sin sentido y vacías, mostrándose como salvadores de una patria y unos ciudadanos que ni siquiera respetan. Algunos de ellos incluso se mostraba sobrepasado, enfadado, diciendo que no se puede pasar el día haciendo declaraciones porque tenía que trabajar. Ni entrega, ni sacrificio, ni solidaridad….pera eso ya estaba Eloy y todos los que, como dijo Edward F. Croker, están en su línea de trabajo.

En palabras del escritor Dan Simmons, Eloy era “uno de esos raros seres humanos que hacen historia, en vez de limitarse a ver cómo circula en torno de ellos como agua en torno de una roca”. En su recuerdo los vehículos de distintos parques de  bomberos hicieron sonar sus sirenas, las banderas de los edificios oficiales de la ciudad ondearon a media asta, se decretaron tres días de duelo en la ciudad, se colocaron crespones negros en las banderas, se guardaron minutos de silencio y se le concedió la medalla de Oro de la ciudad. Pero como cantaba Joaquín Sabina, el diario no hablaba de ti , al menos como debería hacerlo. Y eso es, sin duda, una mala noticia. Una sociedad que no reconoce a las personas valientes y su solidaridad diaria hacia con ella, no está en su sano juicio. Si cuando sucede algo así los medios siguen centrando su interés informativo en sacar una y otra vez a los que llevan meses sin ser capaces de hablar y ponerse de acuerdo, y empeñados en mostrarse como héroes de algo que ni siquiera existe, es que algo no va bien.  Es cierto que hasta que no sucede un hecho de estas características, parece que la labor de los bomberos y del resto de cuerpos de emergencia, protección y seguridad ciudadana se nos antoja invisible. Pero si no estuvieran ellos, habría más mártires y menos héroes.

“¿Hay alguien más solo que un héroe?”, se preguntaba el novelista y músico francés Boris Vian. Lo dudo. La soledad de un héroe es una de esas sensaciones que duelen, que atraviesan el alma dejándote en el cuerpo el frío de un acero afilado. No hay nadie más solo que un héroe en el momento en el que está a punto de adquirir esa condición sin ni siquiera ser consciente. Y esa soledad, ese silencio en torno al valiente, es algo que no deberíamos permitir.