La semana pasada conté cómo lo que se presenta en los medios de comunicación como un experimento científico no siempre es tal, generalmente porque faltan los controles.

Existe otro caso que evidencia la separación entre ciencia y medios de comunicación. Muchas veces la investigación es correcta, los controles son correctos, el científico lo comunica a los medios… y la noticia que sale no tiene nada que ver con el descubrimiento. Muchas veces la prensa da una versión alarmista o presenta como un bombazo algo que no lo es.

Para empezar. Un descubrimiento científico se publica en revistas científicas o se patenta. ¿Fácil no? Pues a veces el mecanismo de control más sencillo falla. Cuando un científico hace una rueda de prensa para comunicar un descubrimiento, sin publicación ni patente… está vendiendo una moto o busca autobombo. Grandes pufos de la ciencia como el motor de agua de la Universidad de Valencia, la fusión fría o que las ratas alimentadas con maíz transgénico sufrían cáncer, se presentaron en ruedas de prensa sin que nadie hubiera visto el artículo. Y muchas veces los artículos nunca salieron, o salieron y fueron retirados.

Vamos al segundo problema, el alarmismo. Por ejemplo, hagamos un experimento sencillo e imaginario. Cogemos a alguien y le damos 100 g de jamón serrano y evaluamos su salud. Al día siguiente le damos 200g, al siguiente 400g y así cada día vamos doblando la cantidad. Al principio todos los parámetros de salud salen normales, pero cuando las dosis se hacen altas vemos que el riñón y otros órganos empiezan a fallar. Al final el señor se muere. El científico publica cuál fue la última cantidad de jamón que el señor se tomó (casi 4 kg de una sentada) y se lo cuenta a la prensa. El titular es: “El jamón serrano es muy tóxico”.

¿Imaginario? Para cualquier sustancia se puede determinar su nivel de toxicidad haciendo experimentos similares al que he descrito, pero en animales. El parámetro más típico es el LD50 (de lethal dose) que es la concentración que provoca que la mitad de los animales del experimento fallezcan. Y siembre hay un nivel a partir del cual una sustancia, la que sea, es tóxica.

Por ejemplo, el LD50 del agua es de 6 litros. Ahora que muchos ayuntamientos quieren prohibir el glifosato, cabría recordar que el de la cafeína o la aspirina es mucho más bajo. Es decir, necesitas menos dosis para morirte. Similar pasa con los compuestos cancerígenos. Existen ensayos para evaluar la capacidad de un compuesto para producir cáncer, y el resultado no es “sí” o “no”, sino una probabilidad de producir cáncer en un determinado espacio de tiempo. Por lo tanto, cuando se desató el pánico hace unos meses porque el jamón y la mortadela eran cancerígenas, cabría recordar que lo importante no es que lo sean, sino en qué magnitud. Y su magnitud es bastante baja. De hecho, el sujeto imaginario del experimento anterior no se muere de cáncer sino atiborrado de jamón.

Un error parecido se puede dar a la inversa, cuando el problema no son las grandes cantidades sino las pequeñas. Por ejemplo, titulares de prensa como “El agua de tal ciudad contiene cocaína…”, “El aire de tal ciudad contiene heroína…”. Vamos, que te vas de fiesta un fin de semana y no hace falta que gastes en vicios, con beber y respirar te sale el colocón gratis. ¿Realmente nos estamos drogando? Obviamente no. La cuestión es que los sistemas de detección cada vez son más precisos, por lo que cantidades que antes no aparecían en los análisis, ahora sí que lo hacen. Y estamos igual que antes, lo importante no es el qué, sino el cuánto. Si uno calcula, para hacerse una raya de cocaína necesitaría beberse el embalse de Contreras. Pero esto tiene un problema, antes de notar el efecto de la cocaína se habría muerto. Recuerda, el agua es tóxica. Más de seis litros te matan.