El presidente de la eléctrica, Ignacio Sánchez Galán, subraya que las centrales nucleares que se cierran lo hacen no por razones políticas, sino económicas, porque “no son viables”. Iberdrola participa en la central de Garoña, que busca prolongar su vida su hasta los 60 años, y en Almaraz, que el año que viene también activará el proceso para renovar su licencia.

Las eléctricas españolas ya han abierto el melón de la ampliación de la vida útil de sus centrales nucleares más allá de los 40 años. Nuclenor, la empresa propietaria de la central de Garoña (Burgos) y controlada a partes iguales por Iberdrola y Endesa, ha solicitado la reapertura de la planta y la ampliación de su explotación hasta 2031, justo cuando cumpliría 60 años desde su construcción

Y la central de Almarazcontrolada por Iberdrola con un 52,7% del capital, Endesa con un 36% y Gas Natural Fenosa con un 11,3%- ya ha confirmado suintención de iniciar el próximo año los trámites legales para prolongar su funcionamiento por otros diez años, dado que su actual licencia de explotación expira en 2020.

Y con una batalla ya abierta –la de Garoña- y otra a las puertas –la de Almaraz-, una de las eléctricas que participan en el accionariado de las dos centrales, Iberdrola, sorprendió ayer poniendo en duda la rentabilidad de las nucleares.

“En una serie de países se están cerrando centrales nucleares y no lo están haciendo por razones políticos, se están cerrando porque económicamente no son viables. Ése es un elemento claro”, subrayó ayer el presidente de Iberdrola, Ignacio Sánchez Galán, en una entrevista con la cadena SER. Pero, a pesar de esta supuesta falta de rentabilidad, la propia Iberdrola trata de alargar la actividad de las instalaciones nucleares que controla en España.

Desde 1997 el precio de la electricidad se fija en un mercado mayorista (pool) y ese precio es el mismo para todos los tipos de centrales. El pool es un mercado marginalista: los diferentes tipos de tecnología de generación van incorporándose a la oferta diaria con costes crecientes, y el precio de toda la electricidad lo marca el último tipo de tecnología. Esto es, algunas centrales cuya producción es más barata pueden cobrar mucho más cara la electricidad y recibir una retribución muy por encima de sus costes reales.

Y esto es lo que sucede con las centrales nucleares y con las hidroeléctricas, que tienen sus instalaciones ya amortizadas y cuyos costes de producción son por ello contenidos, pero cuyos propietarios perciben millonarias retribuciones por encima de sus costes. Es lo que se denomina los beneficios caídos del cielo (windfall profits) de las eléctricas, que según diferentes fuentes se situarían entre los 1.400 millones y los 4.000 millones de euros al año.

“El debate no es tanto si nuclear sí o nuclear no, sino si es segura o no, o si es eficiente económicamente o no”, sentenció Galán, apuntando –y este matiz es importante- que “todas las fuentes de energía van a ser necesarias” para atender la demanda eléctrica creciente, “siempre que sean seguras, sostenibles y eficientes medioambientalmente”.

La reapertura de la central de Santa María de Garoña, la más vieja de Europa, puede acabar siendo la puerta a otros escenarios de mayor calado y que condicionarían el modelo energético español. Entre la legión de detractores a la reactivación de Garoña se extiende el temor de que el visto bueno primero del Consejo de Seguridad Nuclear (CSN) y eventualmente también del Gobierno serviría para abrir la puerta para que el resto de centrales nucleares españolas se lancen a solicitar la ampliación de su vida útil por encima de la barrera de los 40 años (o directamente hasta los 60).