“Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté, escríbeme a la tierra, que yo te escribiré”. Así lo autografió Miguel Hernández y, recuperando algunos de sus textos, parece haber escrito desde el más allá para contestar a los cobardes que se atreven a insultar a la inteligencia comparando a héroes con villanos, dando veracidad, sin ni siquiera ser conscientes, a que “una gota de pura valentía vale más que un océano cobarde” .

Esta semana se conmemoró el 74 aniversario del fallecimiento del poeta alicantino, y alguien tuvo el buen gusto y el acierto moral de comparar la injusticia y el martirio sufrido por Miguel Hernández, con la detención y encarcelamiento de un concejal de Podemos por Jaén, Andrés Bódalo, condenado por un delito de atentado a la autoridad y una falta de lesiones a tres años y medio de prisión, una pena mayor por reincidencia, ya que previamente fue condenado por incidentes similares. Ese alguien fue la líder de Podemos en Andalucía, Teresa Rodríguez, la misma que asegura que el piropo es un tipo de violencia hacia la mujer. Y se quedó tan ancha. Luego dijo que se explicó mal. ¡Y tan mal!

Para no explicarme mal, mejor acudir a las propias palabras de Miguel Hernández: “!Qué poco vale uno ya! Hasta las ratas se suben a ensuciar la azotea de los pensamientos. Esto es lo que hay de nuevo en mi vida: ratas. Ya tengo ratas, piojos, pulgas, chinches, sarna. Este rincón que tengo para vivir ser muy pronto un parque zoológico, una casa de fieras”. Tal cual.

A alguien le ha dado un aire, y digo aire porque el viento del pueblo ni lo ha olido, ni sentido, ni lo que es más preocupante para alguien que se llena la boca nombrando a Miguel Hernández, ni lo ha leído. De haberlo hecho, sabría lo que de verdad es llorar, luchar, penar, sufrir, morir y trabajar, y no cometería la fechoría moral e intelectual de comparar a un artesano de las palabras con un hombre que hace de la violencia el principal valedor de su currículo. Vale que no lean a Kant, vale que no sepan ni de lo que hablan, vale que el nivel de la mayoría de los políticos- y lo que es aún más preocupante, de los que se califican así mismos como nuevas generaciones, aunque estén en la cuarentena- no supere el preescolar. Pero al menos alguien debería explicarles que cuando no se puede mejorar lo que se está diciendo, escuchando o leyendo, mejor callarse. Aunque lo del silencio para algunos es como la falta de oxígeno para el común de los mortales: la muerte, esa de la que escribía Miguel Hernández como pocos. “El silencio puede más que tanto instrumento”. Pero para saberlo, habría que leerle y eso lleva mucho tiempo.

Las comparaciones son odiosas, pero en algunos casos rozan el delito.

Miguel Hernández fue condenado a muerte aunque la presión de sus amigos logró convertir esa sentencia en una pena de 30 años de prisión, un castigo que no cumplió ya que las nefastas condiciones asistenciales de la prisión hicieron que contrajera tifus, tuberculosis pulmonar, bronquitis y muriera como un perro en la cárcel. Cuentan que el desprecio y la indiferencia con los que fue tratado hizo que cuando falleció, nadie se molestara en cerrarle los ojos, esos que dibujó a carboncillo su compañero de prisión Buero Vallejo. No sé si será parte de la leyenda pero al menos Vicente Aleixandre dejó testigo de ello en su elegía En la muerte de Miguel Hernández: “Tus grandes ojos azules abiertos se quedaron bajo el vacío ignorante”. Con 31 años dejó de ver, de vivir, no sin antes escribir unas últimas palabras: “Adiós, hermanos, camaradas, amigos: despedidme del sol y de los trigos”.

El concejal Bódalo entraba en Mercadona y salía con carros repletos de comida ante la impotencia, la ansiedad y las lágrimas de los trabajadores del supermercado, especialmente de las cajeras que asistían a un robo en toda regla sin poder hacer nada. Miguel Hernández era miembro del Partido Comunista y llevaba la cultura en las llamadas Misiones Pedagógicas a las zonas más pobres y olvidadas de España, antes de formar parte el ejercito republicano durante la guerra, presentarse como voluntario al quinto regimiento e ingresar en el batallón del Campesino.

La condena de Miguel Hernández fue injusta, ilegítima y, como bien define la Ley de Memoria Histórica que la anuló, impuesta por motivos políticos e ideológicos. La de Bódalo se basa únicamente en sus actos violentos, a sus acciones y decisiones. La mera comparación asquea.

Como bien escribió su admirado Pablo Neruda, Miguel Hernández desapareció en la oscuridad, y Bódalo apareció entre los flashes, los directos y las luces de las cámaras de televisión, que más parecía el entierro de una folclórica que otra cosa. Hernández se fue entre tinieblas, sin voz y con la sangre de la que tanto había escrito, saliéndolea borbotones de su garganta. Al concejal se lo llevaron como sacan a los toreros de las plaza, a hombros, regalándole la oportunidad de lanzar discursos esculpidos a golpe de demagogia y de lucir la estrellita roja en la boina negra emulando al Ché, quien de poder levantar la cabeza de revolucionario cubano, la volvería a agachar al ver la tropa que se alza sobre su recuerdo.

Llámenme rara, insensata, demagoga, ilógica, fantasiosa e incoherente pero por más que lo intento no logro ver en qué se parece el gran Miguel Hernández con el concejal Bódalo. Me cuesta verlo. De hecho, no lo veo. Quizá sea por falta de luz, de esa luz que emanaba de Hernández,“la luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando” de la que hablaba Neruda en su Elegía a su amigo: “¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!”. Algunos no gestionan bien el recuerdo y se dedican a golpear la memoria.

Que se dejen de tormentas mediáticas, que ese ruido no cuela y casi ofende. Si quieren tempestades, que empiecen por leer El rayo que no cesa. Que lean, en el silencio del que hablaba Miguel Hernández, que cunde más y se entiende mejor. Lo mismo hasta aprenden a hacer comparaciones.

Todos los que alguna vez hemos pronunciado o hemos tenido la suerte de que alguien nos repita el verso de la Elegía a Ramón Sijé de Miguel Hernández, “que  tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero”, hemos sentido una gran arcada al escuchar la comparación infame. Que dejen de jugar con la historia y se pongan a hacerla, que ya están llegando tarde.