-Nos atacan, señor.
-…

Silencio y tensión en la sala.

-Es un ataque nuclear, señor.
-…

Una gota de sudor recorre su frente.

-¿Qué vamos a hacer?
-Nada.

No. No se trata Mariano Rajoy haciendo frente a una supuesta amenaza en su búnker de la Moncloa. Es un diálogo inventado para trasladarnos a una fecha concreta, 26 de septiembre de 1983, y a un lugar real pero sin coordenadas conocidas llamado Oko, ojo en ruso, el sistema de detección de misiles de la Unión Soviética.  

Aquel día, en realidad la madrugada del 25 al 26, ocurrió algo, que como pasa en todas las buenas historias, se ha ido distorsionando con el tiempo.

Pongámonos en el contexto histórico. Mientras en España vivimos la movida de colores, música pop y descubrimiento de sustancias, la llamada Guerra Fría se calienta y un actor de películas de vaqueros llamado Ronald Reagan encuentra a sus indios. En realidad el bloque soviético ya se está descomponiendo y todavía nadie se ha enterado. Ni los Estados Unidos se han dado cuenta de que la URSS se desangra por lo que siempre fallan los sistemas comunistas: la teoría en la partitura suena bien, la aplicación práctica desafina. Quedan seis años y dos meses para la caída del muro de Berlín. Pero eso nadie lo sabe, claro. 

Tres semanas antes de la noche de los botones rojos, un Boeing 747 de pasajeros, que había desplegado de Nueva York con destino Seul, entró por error en el espacio aéreo soviético. Lo hizo justo donde un día antes se había detectado un avión espía estadounidense. Y ya sea por la confusión o por querer mandar un aviso, varios aviones caza de los hijos de Stalin lo derribaron matando a sus 269 pasajeros, entre ellos un congresista estadounidense llamado Larry McDonald.

Toda la comunidad internacional, capitaneada por Reagan, se echó encima de los soviéticos. Estaba claro quiénes eran los malos en esta ocasión. Europa, a veces neutral, también señaló con el dedo. Los de la hoz y el martillo, avergonzados pero orgullosos hasta el final, acusaron al avión de estar realizando tareas de espionaje y no hicieron pública la información de las cajas negras. Tuvo que caer la URSS para que el sobrio Boris Yeltsin desclasificara la información que dejaba claro que se trató de un error al configurar el piloto automático. Por cierto, por este incidente Ronald Reagan prometió que el sistema GPS sería también de uso civil. Pero eso será otra historia.

Seguro que te imaginas que tres semanas después del derribo de un Jumbo por parte de aviones soviéticos los ánimos estaban muy tensos. Y allí apareció nuestro secundario de honor. El teniente coronel Stanislav Petrov. 44 años. Cuentan los virales de internet, que no he podido comprobar pero que siempre mejoran la historia, que aquella era su noche libre pero que alguien se debió de poner enfermo. Parece un guión malo de Hollywood.

Su trabajo consistía en analizar y verificar los datos de los satélites soviéticos sobre un posible ataque nuclear del tío Sam. Un trabajo rutinario pero de gran responsabilidad como podemos suponer. Ahora echémosle imaginación dramática y oigamos una sirena seguida de muchas luces rojas que parpadean y una pantalla con caracteres cirílicos amenazantes. Si hubiera existido Google Translator en el 83 leeríamos: “Ataque de misil nuclear”.

Según el sistema, Reagan había decidido adelantar el invierno, nuclear para más señas, y estaba atacando a los soviéticos. Calma, dijo Petrov. Analicemos, ordenó Petrov. Recemos, pensó todo su equipo.

Stanislav Petrov pensó que tenía que tratarse de un error. Estados Unidos nunca empezaría un ataque nuclear con un solitario misil. Y lo sabía porque ellos tampoco lo harían así. Una vez que empezara esa batalla era un órdago a todo sin verlas. En una guerra nuclear no hay lugar para un envido a chica.

Echémosle más imaginación. Más sirenas. Más luces rojas parpadeantes. Más caracteres cirílicos. No era un misil. El sistema detectaba ya cinco ojivas nucleares saltando el charco y acercándose a la Plaza Roja.

Es aquí cuando las acciones de nuestro secundario le valieron un hueco en nuestra sección. No se creyó nada, y lo achacó todo a un error del sistema.  Y no era fácil quedarse parado. Sus cálculos aseguraban que los miseles estadounidenses tardarían 20 minutos en llegar al objetivo. Ése era el tiempo de reacción para disparar un contraataque y ya puestos que se destruyeran los dos.

No hizo nada porque usó la lógica y esperó otras confirmaciones. En el fondo, que fuera un misil o cinco no cambiaba su primera reacción. Seguía siendo un ataque demasiado pequeño para iniciar una ofensiva nuclear. Así que decidió no avisar a sus superiores. Los diez hombres que aquella noche trabajaban a su lado en el Oko soviético contuvieron la respiración mirando a sus instrumentos.

El primer misil lanzado iba a llegar a Moscú. Y momentos antes del impacto esas sirenas que nos hemos imaginado enmudecieron, las luces rojas que nos inventamos se apagaron y las pantallas dejaron de mostrar esos caracteres cirílicos sin ningún significado. La amenaza era falsa. No había misiles en el aire. 

La historia a partir de aquí se hace un poco confusa. Quizá por el paso del tiempo y quizá también por las diferentes fuentes que la cuentan.  Como te imaginarás, todo esto tardó casi quince años en ver la luz.  Al parecer Petrov fue felicitado en un primer momento por el mando soviético, pero después le castigaron por no seguir el protocolo militar. Los hombres que acostumbran a vestir de uniforme acaban pensando de uniforme. Petrov ha recibido unos cuantos reconocimientos por parte de Occidente, incluso de las Naciones Unidas, pero en sus declaraciones siempre se ha quitado mérito. Ha asegurado una y otra vez que cumplió con su trabajo y tampoco cree que sufriera ningún castigo por parte de sus superiores. Actualmente vive gracias a una pequeña pensión a las afueras de Moscú.

Para los estadounidenses, siempre en guerra fría, Petrov fue un héroe que salvó al mundo por seguir su instinto y no dejarse llevar por la tensión del momento ni por los malvados burócratas comunistas. Un héroe de película. De hecho hay varios documentales que recogen el incidente, como The Man Who Saved the World, traducido inexplicablemente como El Botón Rojo, con Kevin Costner como productor y contador de la historia.

Para los soviéticos y sus herederos en realidad se trató de un fallo puntual que no hubiera tenido demasiada importancia. Si Petrov hubiera seguido el protocolo y avisado a las autoridades, sus datos se habrían cruzado con satélites terrestres y otras oficinas de vigilancia y se habría descartado también la veracidad del ataque nuclear.

El canal RT, voz oficial de la Rusia en estos momentos, le entrevistó hace unos años. Su testimonio es sencillo e impagable. Le quita adornos al relato. (Por cierto, la mitad de los comentarios en youtube, a pesar de que estamos ante un tipo que pudo evitar una hecatombe nuclear, se centran en la belleza de la entrevistadora rusa. Así es la red).

¿A quién creemos? ¿La peliculera historia estadounidense con héroe y final feliz? ¿O el pragmatismo cuadriculado ruso lleno de hermetismo, mentiras y cintas de vídeo? Ya sabemos que la propaganda americana tiene mucho poder, por eso esta historia es bien conocida y sigue siendo viral. Por otro lado, los soviéticos, que aseguran que no se hubieran puesto nerviosos al recibir un aviso de ataque nuclear cuando tres semanas antes habían derribado un 747 al confundirlo con un avión espía. Y si Donald Trump llega a la presidencia de Estados Unidos y recibe un aviso de ataque nuclear, ¿cómo crees que reaccionaría? Igual es que la Guerra Fría no ha acabado. Supongo que perdemos un poco de verdad con todo esto, pero ganamos una buena historia. Que no es poco.