César Alierta ha dejado la presidencia de Telefónica, y con él termina una época. El hombre que ha liderado una de las grandes multinacionales españolas -la tercera por capitalización sólo por detrás de Inditex y el Santander-, se ha despedido a los 70 años y ha dejado en su lugar al sucesor al que llevaba años preparando, José María Álvarez-Pallete.

Alierta llegó a la compañía en el año 2000, a iniciativa del Gobierno, recién aterrizado desde la antigua Tabacalera y con mucha más experiencia en el mundo financiero que en telecomunicaciones, si bien supo asesorarse por Luis Lada y Julio Linares, dos de los ingenieros históricos de la compañía. La suya era una misión complicada: enderezar el rumbo después del pinchazo de las puntocom y los bandazos de su predecesor, Juan Villalonga. 

En su haber, tres logros que elevan su figura. Fue el responsable de llevar a Telefónica en el difícil tránsito desde el monopolio hasta el libre mercado, y el hecho de que su sucesor lo sea por elección suya y no del Gobierno es el testamento último de su obra.

Asimismo, este aragonés fue el gran responsable de cimentar la expansión internacional de Telefónica, convirtiéndola en uno de los dos grandes operadores de América Latina, y en uno de los pocos que pueden aspirar a pintar algo en el proceso de consolidación europea que estamos comenzando a vivir.

Por último, se puede afirmar con certeza que sus decisiones han llevado a España a asumir un liderazgo europeo en el despliegue de fibra óptica hasta el hogar, un compromiso a largo plazo ejemplar en todo el continente y que siempre tuvo más de apuesta país que de decisión puramente financiera. En este sentido, suyo ha sido el empuje para lograr la transformación digital de la compañía, con iniciativas como la creación de un ecosistema de start-ups, y su empeño casi quijotesco en liderar la guerra regulatoria en Bruselas contra empresas como Google, Apple o Facebook. Su pugna para conseguir un marco regulatorio que equipare los derechos y obligaciones de las compañías tradicionales de telecomunicaciones y los nuevos entrantes ha sido su último gran esfuerzo personal antes de abandonar el poder.  

Una anécdota para enmarcar el tipo de persona que abandona la compañía. Hace años, en una reunión que mantuvo con un grupo de periodistas españoles en Londres, un compañero le preguntó si se plantearía volver a patrocinar a Fernando Alonso después de que el piloto asturiano abandonase a Renault para mudarse con destino a Vodafone Mc Laren Mercedes. Su respuesta marcaría años de negativa de la multinacional española a patrocinarle. No recuerdo las palabras exactas, pero el mensaje era claro: De Telefónica nadie se ríe dos veces.

Había señales que apuntaban a la despedida, una de ellas la presentación de su último plan estratégico, el pasado diciembre. En ella no sólo se invitó a la prensa a asistir a su primera intervención, algo inhabitual, sino que aprovechó el resto de la jornada para mostrarse más desatado y más Alierta que nunca. En la última intervención, obligó a retirar todos los elementos del escenario y se dio la mano con todos los directivos de la compañía, escenificando una unidad que, bajo su mandato, realmente lo fue.

Antes de su salida, el presidente ha garantizado además que el rejuvenecimiento no estará sólo en su despacho. La compañía está en el marco de un Plan Flexible de Suspensión de Empleo en el marco del cual se han provisionado 2.900 millones de euros para que los mayores de 53 años puedan abandonar el grupo con una remuneración de casi el 80% de su salario hasta la jubilación.

Alierta lo ha sido todo en Telefónica. Una figura indiscutible que impuso la disciplina en una casa habituada a las batallas internas y que supo integrar el móvil y el fijo, detectando antes que muchos la importancia de la convergencia. No es que toda decisión pasase por sus manos, pero todas se tomaban pensando en cuál sería su opinión, que sería expresada después con su particular vehemencia.

Las sombras

La mayor de todas las sombras que ha rodeado a su figura no llevaba el nombre de la compañía que hoy abandona. Fue el Caso Tabacalera. Alierta fue declarado culpable de uso de información privilegiada en la compra de acciones de Tabacalera en 1997, si bien fue absuelto junto a su sobrino Javier Placer, debido a que el delito había prescrito. Hoy Placer lidera Open Future, el ecosistema de start-ups de la compañía y principal inversor español en venture capital.

Asimismo, precisamente por su peso incontestable en la operadora, tomó decisiones difícilmente justificables desde el punto de vista puramente empresarial, como el continuado respaldo, más allá de lo razonable, de figuras amortizadas en lo político y en lo público tales como Rodrigo Rato e Iñaki Urdangarín. El primero básicamente abandonó el consejo asesor de la compañía por su propio pie y con la etiqueta de “temporalmente”. Que, por cierto, también se apuntó Urdangarín cuando se cogió una excedencia en agosto de 2012.

Sin embargo, probablemente lo que más duela a Alierta en el plano profesional es que en los últimos años no ha conseguido situar el valor de la compañía hasta los máximos que vivió la pasada década, antes de la crisis financiera internacional. O la suspensión del dividendo en 2012, una excepción en un presidente que generalmente cumplió con sus objetivos de remuneración al accionista.

Alierta abandona Telefónica como un hombre muy rico. No sólo ha sido uno de los directivos mejor pagados de España sino que recientemente renunció a su blindaje a cambio de una aportación única de 35,5 millones de euros, importe igual a la suma de todas las obligaciones contractuales que mantenía la compañía con él. Cantidad que viene a sumarse a los 13,3 millones que ya tenía acumulados en el citado plan.