• Los partidos socialdemócratas acumulan dos décadas de deterioro y ponen en riesgo la viabilidad del proyecto que alumbró la Sociedad del Bienestar.
• Populismos de ultraderecha, rupturismos de ultraizquierda y centristas devoran su electorado en Alemania, Francia, España o Grecia.
• Los socialistas llegaron a copar el 35% de los escaños de la Eurocámara en 1994; hoy, apenas tienen el 25%.
• La crisis socioelectoral va acompañada de la ausencia de liderazgos: nadie está a la altura de lo que supusieron Brandt, Palme, Mitterrand, González o Delors.
• El retroceso en las urnas se maquilla con la capacidad para pactar, que permite a los socialdemócratas ostentar nueve de las 28 Jefaturas de Gobierno de la UE.

¿Qué le ocurre a la socialdemocracia europea? Hace años que viene observándose un deterioro transversal, paulatino e incontenible en el proyecto político que contribuyó decisivamente a forjar la Europa que hoy conocemos. La Sociedad del Bienestar y el proceso de convergencia comunitaria implementados tras la Segunda Guerra Mundial no pueden entenderse sin el concurso de esta ideología surgida a finales del siglo XIX, varias veces revisada y hoy en riesgo de quedar relegada a un segundo plano. La mayoría de partidos de ese espectro superó en algún momento el 40-45% de respaldo electoral y hoy se conformaría con alcanzar el 20-25%.

“La socialdemocracia es un proyecto europeo: si Europa va mal, la socialdemocracia va mal”, explica el sociólogo Ignacio Urquizu, gran estudioso del tema. Hace más de tres años que Urquizu publicó La crisis de la socialdemocracia: ¿qué crisis?, analizando un deterioro que desde entonces se ha agudizado. El autor, hoy diputado del PSOE por Teruel, recuerda que estas vicisitudes son todo un clásico del proyecto progresista. Rosa Luxemburgo ya escribió al respecto en 1916 e idéntico debate se abrió con el surgimiento de los fascismos europeos o con la renuncia a la identidad marxista. “El éxito de cualquier ideología lo determina su capacidad de adaptarse a las circunstancias; el progresismo europeo en este momento tiene muchas dificultades para amoldarse a unas condiciones complicadísimas desde el punto de vista demográfico, económico y político”.

Ignacio Urquizu: “La socialdemocracia es un proyecto europeo: si Europa va mal, la socialdemocracia va mal”

Alemania, Francia, Reino Unido, España, Grecia… Los socialistas se están hundiendo en todas partes a la vez, sin que se perciba una reacción conjunta o un debate global sobre el estado de la cuestión. El último revés lo protagonizó el SPD alemán el día 13 al perder en Baden-Wurtemberg y Sajonia la mitad de los apoyos obtenidos en 2011.  “Ojalá se hablara de esas cosas profundamente, las conversaciones suelen ser mucho más cortoplacistas y sobre cuestiones relacionadas con el poder, en convenciones programáticas y cosas así”, lamenta Urquizu. El debate debe abrirse “no ya en el PSOE, sino en el Partido Socialista Europeo, urge una conferencia europea de muy alto nivel para definir el proyecto socialdemócrata y marcar líneas de actuación”.

Quizá ese debate esté aparcado por una cuestión que maquilla la caída: el PSE ostenta hoy un tercio de las 28 Jefaturas de Gobierno de la UE. Austria, Eslovaquia, Francia, Italia, Lituania, Malta, Portugal, República Checa y Suecia tienen a un socialdemócrata al frente de sus respectivos Ejecutivos. Y ello es gracias a la posición central que caracteriza a estas fuerzas, capaces de pactar a su izquierda y a su derecha. En Alemania o Austria gobiernan con los democristianos, mientras en Portugal o República Checa lideran alianzas de izquierdas. Pedro Sánchez está intentando en España la cuadratura del círculo: entenderse con ambos espectros a la vez.

Padres del “consenso socialdemócrata”

Es el mismo ADN que permitió a la socialdemocracia imponer sus postulados hace décadas, llevando al centro derecha a abrazar políticas de progreso y redistributivas que apuntalaron el Estado del Bienestar. El fenómeno, consolidado entre la Segunda Guerra Mundial y la crisis del petróleo de 1973, se denominó precisamente “consenso socialdemócrata”. Desde la corriente neoliberal, hay quien apunta ahora que ese modelo penalizó a las clases medias y está en el origen del declive del Viejo Continente, mientras sus defensores se apuntan el mérito de haber creado tal clase media al garantizar universalmente las pensiones, la sanidad y la educación. Cuando no tienes que preocuparte por la financiación de los servicios básicos, razonan, es cuando puedes gastar más en ocio o en inversión.

Consideraciones políticas al margen, lo cierto es que el ideario cuajó y ello pese a que el acceso al poder de la socialdemocracia se produjo sobre todo después de la instauración de ese consenso, más que durante. Es a partir de los años 70 y 80 cuando se expande de un modo hegemónico más allá de los países nórdicos, tocando techo electoral a mediados de los 90. Willy Brandt en Alemania, François Mitterrand en Francia, Felipe González en España o Andreas Papandreu en Grecia son algunos de los exponentes de ese despegue. En el Parlamento Europeo, el PS fue mejorando resultados desde las primeras elecciones (1979) hasta copar el 35% de los escaños en 1994. El presidente de la Comisión de 1985 a 1995, Jacques Delors, es otro gran referente del ciclo dorado de la socialdemocracia.

En cuanto al PSOE, debe su consolidación como alternativa de gobierno precisamente al apoyo que recibió del partido de Brandt. “El SPD fue el gran benefactor del PSOE. No solo corrió con casi todos los gastos de la puesta en pie de la organización al menos hasta 1977 -desde el alquiler de oficinas al pago de salarios a liberados-, también le dio importante respaldo político”, indica el historiador Antonio Muñoz Sánchez, autor de un libro sobre el tema. En El amigo alemán, Muñoz Sánchez expone el resultado de años de investigación sobre esta relación clave para el devenir de la España postfranquista, que entregó la hegemonía de la izquierda al socialismo y no al comunismo.

“Pocos meses antes de la muerte de Franco, el PSOE tenía 1.500 afiliados, su presupuesto daba solo para pagar a Felipe González y Alfonso Guerra y para la inmensa mayoría de la población era apenas un lejano recuerdo del pasado”, subraya Muñoz Sánchez en conversación con SABEMOS. “Que este partido casi moribundo renaciera con la fuerza con que lo hizo desde 1976 no estaba escrito en las estrellas, realmente podía haberse convertido en una organización marginal”.

El olfato de González

Junto a la ayuda del SPD y de “otros partidos y gobiernos europeos”, el historiador cita dos causas más para explicar el éxito de la formación: “su inteligente estrategia de no enfrentarse frontalmente con el régimen sino conquistar parcelas de libertad” y aupar a “unos dirigentes jóvenes con gran atractivo para una población que quería olvidar el pasado y soñaba con una democracia a la europea”. Las relaciones internacionales proporcionaron al proyecto de González “acceso a los principales gobiernos” del continente.

Antonio Muñoz Sánchez: “El SPD alemán fue el gran benefactor del PSOE de 1974 a 1977”

El político sevillano “era recibido en Bonn o en Londres mientras Don Juan Carlos o Adolfo Suárez no”. Eso, “para un Gobierno que quería ser aceptado en Europa y entrar en la CEE significaba una presión gigantesca, fue clave para que el PSOE fuera reconocido como interlocutor privilegiado del Gobierno”. “González comenzó a hacerse conocido al decidir Suárez que saliera por TVE y sus mítines fueran tolerados. Mientras, Santiago Carrillo seguía escondido en un chalet”, concluye Muñoz Sánchez.

Y así fue como germinó el triunfo del expresidente del Gobierno, que se prolongó del 82 al 96. Su moderación no la impuso el SPD, sino que González la implementó al advertir la oportunidad que se le abría. “Forzó una evolución hacia el centro rapidísima: en 1976, el PSOE echaba pestes de la socialdemocracia europea y seis años después ya la había adelantado por la derecha”. En opinión del historiador, “todos los partidos socialistas del continente han experimentado una trayectoria similar, abandonando su programa máximo para convertirse en honestos gestores del capitalismo, el problema se da cuando estos partidos olvidan que había unas metas a largo plazo: acabar con las injusticias inherentes al sistema capitalista”.

Schröder y Blair. ¿El canto del cisne de la socialdemocracia europea?

Esa evolución es consecuencia sobre todo, en palabras de Urquizu, de los condicionantes exógenos que suceden al “éxito” del consenso socialdemócrata. La globalización, la unión monetaria y la influencia atlántica que desde Estados Unidos y Reino Unido ejercieron los Gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher contribuyeron a cambiar poco a poco el paradigma. El reflejo en las urnas se da después y presenta momentos de repunte (Alemania 1998-2002, España 2004-2008, Francia 2012), pero el sociólogo considera que una tercera fase del proyecto progresista nació ya al albur de la crisis económica del 73. Tras el periodo inicial de “efervescencia, debates fuertes” (hasta 1950) y la detallada de “expansión y consolidación” del ideario progresista (1950-70), llega la etapa “de las renuncias”.

“Las políticas de demanda, keynesianas, dejan de ser predominantes y la izquierda empieza a introducir políticas de oferta para hacer más atractivos sus países y atraer la inversión en ese contexto de globalización que comienza en los 80”, argumenta. Así, los socialdemócratas asumen “la ideología de Friedman” para tratar de ser competitivos, un movimiento en el que “Felipe González seguramente fue pionero”. El dinero público se gasta “no ya solo en lucha contra la desigualdad y por los servicios públicos, sino cada vez más en dinamizar la economía, invertir en I+D, mejorar infraestructuras….”

¿Abandono de las esencias o adaptación al nuevo escenario?

Los factores externos son, en opinión de Urquizu, “incontrolables” y exigen rápida capacidad de respuesta. Otros puristas de la izquierda, como Pablo Iglesias sin ir más lejos, consideran que la asunción del canon neoliberal explica el deterioro del proyecto socialdemócrata y el posterior surgimiento de fuerzas de izquierda rupturista.

Ese fenómeno se da sobre todo en el sur de Europa, la parte más castigada por la siguiente crisis (2009), con el Movimiento Cinco Estrellas en Italia, Syriza en Grecia, Podemos en España o el Bloco de Esquerda en Portugal. Iglesias suele señalar a Tony Blair y su Tercera Vía como el ejemplo de esa traición a las esencias, discurso que comparte una facción del Partido Laborista británico y que ha promocionado a su actual líder, Jeremy Corbyn.

El periodista José García Abad, autor de El hundimiento socialista, cree que “la socialdemocracia está muriendo de éxito”. Los planteamientos que un día abanderó pasaron a ser “derechos adquiridos” y se perdió “el aroma revolucionario y la música de la iniciativa política”, pasando a una lógica reactiva. “Hoy día, la iniciativa la tienen los que tratan de reducir o reformar el Estado del Bienestar, mientras los socialdemócratas adoptan la postura de conservarlo”. Un relato menos seductor ante el electorado que se acompaña de falta de cohesión entre los distintos países. Porque la posición que adoptó el SPD ante el rescate griego de 2015, por ejemplo, no parece hermana de la que ha llevado a António Costa al Gobierno de Portugal con el apoyo de los comunistas.

José García Abad: “La socialdemocracia ha pasado de un discurso propositivo a uno reactivo, conservador”

Sea como fuere, lo cierto es que el electorado del PS está siendo devorado por la izquierda y la derecha. De su retroceso se benefician rupturistas como Syriza o Podemos, pero también populistas de derechas como el Frente Nacional francés, que está conquistando a capas sociales tradicionalmente afines al PS. Al tiempo, crecen los liberaldemócratas de ALDE -ya mandan en siete Gobiernos de la UE- y el socialismo cae en la Eurocámara hasta agrupar solo al 24,5% de los diputados (2014). Es la catarsis de la cuarta etapa, según la teoría de Urquizu, comenzada con la última crisis.

Una fase donde “se da una vuelta de tuerca a la anterior, se imponen unas políticas de oferta todavía más ambiciosas porque la globalización ha alcanzado niveles muy elevados y porque la propia UE lo exige tal y como está diseñada y todo ello coincide con el estallido de una crisis de similares consecuencias a la del 29 o el 73”. Y remata: “Muchos de los problemas que arrastraba la socialdemocracia desde los 80 y 90 se intensifican ahora, en un contexto de aperturismo económico, con las relaciones comerciales con Asia multiplicadas, con la moneda única, con una demografía endemoniada… El problema es tremendo”.

Huérfanos de liderazgos

Otro factor que juega en contra del socialismo es la falta de liderazgos sólidos. Brandt, Mitterrand, González, Schröder o Blair quedan lejos. Actualmente, solo el primer ministro italiano, Matteo Renzi, cotiza al alza, pero es cuestionado en amplios estratos del progresismo por presunta falta de compromiso izquierdista. Lo mismo le ocurre al francés Manuel Valls, que podría ser el candidato en las presidenciales de 2017.

“El liderazgo es absolutamente fundamental en política, independientemente del tipo de régimen, y ha bajado mucho el nivel en España y en Europa”, corrobora Muñoz Sánchez, dejando un margen para que esto cambie: “Los líderes nacen de la necesidad de la coyuntura”. Urquizu le sigue: “La ausencia de liderazgos es un drama añadido, no hay nadie a la altura de Olof Palme o Willy Brandt, referentes que marquen una línea, y todo proyecto necesita gente a la cabeza que tire de él”.

Matteo Renzi y Manuel Valls, únicos socialistas al alza, despiertan recelos en amplias capas del PSE

Consecuencia de todo ello, los socialistas retroceden en el continente. En Francia, donde regresaron al poder en 2012 gracias al desgaste de Sarkozy, han caído a la tercera plaza en las encuestas, por debajo del 20%. En Alemania, acumulan deterioro desde 1998 (del 40,9% en las parlamentarias de ese año al 23% en 2009 y 25,7% en 2013) y están cediendo también mucho poder territorial. En Reino Unido, los laboristas pasaron a la oposición tras la retirada de Blair (2007), de nuevo se estrellaron en 2015 y han fiado su recuperación al escorado Corbyn.

En Suecia, el histórico Partido de los Trabajadores cayó en 2010 a su nivel más bajo desde 1914 (30,7%), donde parece estabilizado. En Grecia, el PASOK directamente se ha sumido en la irrelevancia (6%). La socialdemocracia eslovaca se ha sumado este año a la debacle: el 5 de marzo ganó las legislativas, pero se dejó 16 puntos respecto a 2012 (pasó del 44% al 28%).

No menos preocupante es la situación del PSOE. Sobrepasado por Podemos en las grandes capitales, hundido por debajo del 25% en la mitad norte de la península, no son pocos los que vaticinan su inminente pasokización. Es decir, que le ocurrirá lo mismo que a su hermano griego en 2012 y cederá la hegemonía de la izquierda a una fuerza rupturista (Syriza y Podemos, respectivamente). De 1981 a 2009, el PASOK recibió entre el 38% y el 48% de los votos en las elecciones parlamentarias. En las últimas, como ha quedado dicho, se quedó en el 6%. Los socialistas españoles han pasado del 48% de 1982 al 22% de 2015. A la par, están perdiendo militantes a chorros.

“El PSOE no se ha recuperado de la caída del 93-96; Almunia fue una catástrofe y Zapatero una falsa resurrección”, resume García Abad. El expresidente del Gobierno “tuvo la oportunidad de hacer la revolución desde dentro, como Blair, pero emprendió una política en muchos aspectos populista, de gestos, para ganarse a una parroquia más transversal”.

Mientras tanto, el partido ha ido virando orgánicamente, desde una concepción “más leninista” a una “confederación de baronías, totalmente federal, donde hay tanto poder o más en el Palacio de San Telmo [sede del Gobierno andaluz] que en Ferraz”. Su panorama es “oscuro”, como el de todo el PS, parte del cual espera que el final de la crisis conlleve el desgaste de los partidos surgidos al calor de ella y les permita, una vez más, salir airosos del trance.

En medio de esas aguas debe navegar un Sánchez que se dice admirador de Willy Brandt. En septiembre de 2015, el líder del PSOE aseguraba que el último libro que había leído eran las memorias del excanciller alemán. Meses después, está ante una encrucijada que le deja tres opciones: enfrentar nuevas elecciones -y correr el riesgo de la pasokización-, gobernar en coalición con el partido que le disputa el electorado de izquierdas o pactar con su tradicional antagonista político (PP). Su referente Brandt optó por la tercera en 1966, al abordar su particular disyuntiva: fue el número dos del centro derecha en un Gobierno de gran coalición. En la siguiente cita electoral, ganó y accedió a una cancillería que obraría en poder del SPD por un periodo de 13 años (1969-1982).