Es un soporte viejo, desfasado e ineficiente pero todavía se usa. La cartilla o libreta bancaria supuso un gran avance para los clientes de las entidades financieras el siglo pasado, ya que pudieron conocer al detalle los movimientos que se producían en su cuenta cada día. Pero con internet o incluso con los cajeros ya no es tan indispensable confiar en un trozo de papel que, además, conlleva unos costes de operación y mantenimiento.

Todavía a día de hoy hay miles de personas mayores que se desplazan a la sucursal bancaria más cercana para actualizar su libreta de ahorro. “Cientos de miles de personas”, según un empleado de banca, acuden los días 25, 26 y 27 de cada mes “para que les pongan su pensión”; aunque ya la hayan cobrado, no están seguros de haberla recibido hasta que no la ven en los asientos de su cartilla.

No son, a todas luces, el objetivo de las campañas de digitalización de las entidades financieras pero aún son una población representativa.

“Hay 10 millones de libretas. Estamos en la era de la súper electrónica pero tenemos 10 millones de libretas que trabajan con los cajeros. Mas de 10 millones, que utilizan las bandas magnéticas para sacar dinero y actualizar las libretas”, dijo el presidente de CaixaBank, Isidre Fainé, durante la presentación de los últimos resultados de la antigua caja.

Foto: Europa Press

De hecho, explicó Fainé, las propias cartillas participaron en la revolución que supusieron los cajeros, ya que hasta que se empezó a operar con ellos cada día iba 1 millón de personas a retirar 10.000 pesetas de su cuenta, con los costes de personal que conllevaba.

La tecnología ha avanzado y lo que entonces fue un gran invento, el cajero automático, ahora es un quebradero de cabeza más. La propia CaixaBank ha generado un nuevo panorama en el sistema financiero español al imponer una comisión para quienes quieran retirar efectivo de sus dispensadores y no sean clientes -”si quieren utilizar un cajero, pues que lo paguen”, zanjó Fainé-.

Efectivamente, los cajeros tienen unos costes de mantenimiento, lo mismo que las cartillas. No obstante, fuentes de la entidad no pudieron concretar cuánto cuesta mantener operativas las libretas de ahorros.

Tampoco otras grandes entidades con las que se ha puesto en contacto SABEMOS han sabido poner una cifra a los costes de operación y mantenimiento de estos anticuados soportes. Y además de los gastos económicos está el impacto medioambiental, relacionado con el consumo de papel.

Cambios de hábitos

“Nosotros hace un año y medio iniciamos un proceso dentro de una selección de clientes, empezando por los jóvenes, para comunicarles que iban a dejar de operar con la libreta”, afirman fuentes de CaixaBank en declaraciones a SABEMOS. Eso sí, precisan, los usuarios podían elegir si querían conservarla o no.

En la actualidad, esta población recurre sobre todo a los cajeros, a las tarjetas y a internet para su operativa diaria.

Se trata de “nuevos hábitos”, según estas fuentes, a los que la banca se ha visto forzada a adaptarse, lo que ha requerido un costoso y revolucionario proceso de transformación tecnológica y digitalización.

“Dentro de unos años, la libreta acabará”, vaticinan, aunque matizan que “con los mayores va a ser más complicado hacer este cambio”.

Es complicado desprenderse de un soporte que, aunque cuente con 110 años de antigüedad como en el caso de CaixaBank, tiene un público tan amplio y tan influyente. No en vano, VidaCaixa asumió en 2014 el pago de casi un tercio de las pensiones privadas de España, 3.792 millones de euros en total.

Un volumen todavía elevado

La mayoría de las grandes entidades bancarias reconocen que las cartillas tienen un coste asociado, aunque casi ninguna quiere compartir cifras.

Desde la Asociación Española de Banca (AEB) indican que en España, con datos de 2014, hay unos 86 millones de cuentas, entre imposición a plazo fijo (14 millones), cuentas corrientes (34 millones) y cuentas de ahorro (37 millones).

La mayoría de las libretas están vinculadas con cuentas de ahorro, un producto que ofrece una rentabilidad baja pero asegurada. Estas características hacen que los clientes que utilizan estos soportes tengan un perfil muy conservador, como los pensionistas, y que tenga más predicamento entre los usuarios de las cajas de ahorros.

Foto: CaixaBank. 110º aniversario de la primera libreta de pensiones

“Factores como la tecnología, el número de empleados y el volumen de depósitos, entre otros, inciden directamente en los costes” de las libretas, comentan desde la AEB, así que el gasto asociado a las cartillas varía mucho de un banco a otro.

Tampoco es posible precisar el coste con la información de la que disponen los proveedores de cajeros automáticos. Eso sí, algunos reconocen que el número de operaciones que se efectúan con libretas es elevado.

En España, el 75% de los cajeros automáticos incorporan un lector de libretas, de acuerdo con los datos con los que cuenta el director de la división de Banca de Wincor Nixdorf España, Gonzalo Suárez.

El 75% de los cajeros automáticos españoles incorporan un lector de libretas

La compañía, uno de los principales fabricantes mundiales de dispensadores de efectivo, tiene que mantener la compatibilidad con estos soportes debido al elevado uso que le dan los clientes todavía a las cartillas.

El volumen de movimientos que se registra desde libretas españolas, según Gonzalo Suárez, varía mucho entre entidades. En algún banco español, dice este directivo, prácticamente el 40% de las operaciones que se completan en cajeros automáticos tienen a las cartillas como protagonistas.

Una cifra nada desdeñable si se tiene en cuenta que en España hay 52.000 cajeros y que tan sólo las máquinas de Wincor Nixdorf registran 2 millones de transacciones cada día.

Puede que la libreta tenga los días contados, como sugieren desde las entidades financieras. Puede, también, que algún día deje de existir el dinero, aunque hasta los creadores del NFC no las tienen todas consigo. Por el momento, las cartillas siguen con nosotros y se han convertido en el último bastión analógico, el recuerdo de un siglo XX en el que los euros -o las pesetas- tenían que constar negro sobre blanco en un papel.