“Quizá la más grande lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia”. Y esto lo dijo el genial novelista inglés, Aldous Huxley, quizá temiendo que el legado de Iósif Stalin lo recogería un lumbrera de nombre Kim Jong, como el de Adolf Hitler lo cogió el carnicero de los Balcanes, Slodoban Milosevic.

No me extraña que Huxley escribiera Un mundo feliz, una novela donde el futuro de la humanidad salía de una probeta, como si temiera que dar rienda suelta a la naturaleza humana tendría un alto coste. Se olvidaba de lo que pensaba Ortega y Gasset, que “el hombre no tiene naturaleza, solo historia”. La Historia tiende a repetirse, como el ajo, dejando el mismo mal sabor de boca. 

Durante el Terror Rojo de Stalin, las personas eran detenidas, encarceladas en la Lubianka o en Lefortovo y condenadas a penas de entre 10 y 20 años en el gulag por oponerse a usar retales de cuero para poner las suelas a los zapatos, por apagar la radio cuando Stalin estaba dando un discurso, por enamorarse de una persona extranjera y considerarlo una traición humillante hacia los rusos, por enseñar genética porque Stalin consideraba que toda diferencia hereditaria era antisocialista, por un simple error de cálculo de los geólogos, los físicos y los químicos, porque un jugador de hockey sobre hielo fallara una jugada, por no haber nombrado lo suficiente a Stalin y citar demasiado a Lenin y a Marx en su clase del instituto o de la universidad, por preguntarle a un secretario regional del Partido por qué no había recibido el suficiente trigo para alimentar a su familia, por formar parte de una orquesta de jazz- a la que se detuvo al completo después de un concierto en el Cine Modern bajo la acusación de ser enemigos del pueblo por entender que alguien no había interpretado bien alguna nota de la partitura, por agradecer un premio reconociendo que hubiera preferido un saco de harina a una medalla…

Siempre existía una nomenclatura para cada delito: agitación contrarrevolucionaria, sabotaje industrial y agrícola, elementos socialmente peligrosos o nocivos, propaganda antisoviética, abrigo de ánimos antisoviéticos, relaciones conducentes a sospecha de espionaje… 

Ahora, en marzo de 2016, está pasando lo mismo en Corea del Norte. Allí, esta semana un estudiante estadounidense, Otto Frederick Warmbier, ha sido condenado a 15 años de trabajos forzados en lo que ellos llaman granjas colectivas, la misma expresión estalinista para referirse a los campos de trabajo, gulags o campos de concentración. El gran delito del joven fue coger un cartel de propaganda política que vio en el hotel de Pyongyang donde se hospedaba para llevárselo como suvenir.

Otto tiene 21 años y hace unos días confesó su delito, al tiempo que aprovechó para realizar otras confesiones como que había reaccionado de esa manera por orden de una iglesia protestante de Ohio para “dañar la motivación y la ética de trabajo del pueblo coreano e insultar a Corea del Norte en nombre de Occidente”. Vamos, lo que en época de Stalin venía a llamarse “enemigo del pueblo” y “espía extranjero”. La confesión de Otto resultó muy real y muy natural, se notaba que le salía de dentro al muchacho. Algunos aseguran que lo hizo forzado por las autoridades. Hubo un juez de instrucción en la temible cárcel moscovita de la Lubianka, de nombre Mironenko , que le espetó a un detenido: “La instrucción y el juicio no son más que formas jurídicas que ya no pueden cambiar su destino, trazado de antemano. Si hay que fusilarle, aunquesea absolutamente inocente, le fusilaremos de todos modos. Y si es necesario absolverle, por más culpa que tenga usted, quedará limpio y le absolveremos”. Cuando el preso le dijo que era inocente y que no había hecho nada, el juez le respondió: “Bueno, todos hemos hecho algo en algún momento de nuestra vida. Tan solo hay que encontrar la manera de encajarlo en nuestro Código Penal”. 

El político francés Camille Sée decía que “aunque la historia se repite, lo cierto es que sus lecciones no se aprovechan”. En la Rusia de Stalin y en su sistema del gulag fueron millones los muertos, ni siquiera los historiadores se ponen de acuerdo porque la contabilidad resulta imposible ya que llegó un momento en el que ni siquiera se inscribía a los muertos, sencillamente se les abandonaba en una fosa común o se utilizaba sus restos para compactar el pavimento de una carretera de 2.000 kilómetros, la carretera de Kolymá, conocida como la carretera de los huesos.

Se calcula que 3 millones de personas alfombran esa carretera. La macabra argamasa nació de la escasez de materiales de construcción y alguien decidió mezclar los huesos, las vísceras y los restos orgánicos de los muertos con la masa de hormigón para la pavimentación del camino. Al parecer, los restos humanos daban más estabilidad a un terreno pantanoso. En esa zona, el barro lo desbordaba todo y arruinaba el asfalto y los restos humanos servían para soldar la mezcla.

Pero el mundo no lo sabía y cuando lo supo, ya era tarde. Aldous Huxley ya advirtió de que “los hechos no dejan de existir porque se les ignore”. Europa y el mundo parecía desconocer lo que sucedía en la Rusia de Stalin. Cuentan que cuando la delegación francesa viajó a Ucrania, invitada por Iósif Stalin en plena hambruna de 1932-1933, para que comprobaran lo bien que se vivía en esa parte del país, el Partido limpió el territorio de cadáveres y de cuerpos famélicos –ciudadanos dañinos, en palabras del propio Stalin, que iban contra el espíritu y la imagen de la revolución y del orden soviético– y en su lugar puso a figurantes con bocadillos en la mano mirando los escaparates de las tiendas que habían encargado llenar de víveres para la ocasión. La prensa extranjera publicó que Ucrania era un hermoso jardín verde donde su gente no pasaba hambre. Años más tarde se hablaría de la Gran hambruna, del Holodomor, que algunos llaman genocidio ucraniano, donde murieron entre 3 y 7 millones de personas. Cuando Occidente supo todo lo que había pasado en el periodo de Stalin , la mayoría optó por mirar hacia otro lado, justificando en su ignorancia su falta de reacción. Ahora sabemos lo que pasa en otra parte del globo, en Corea del Norte. Lo sabemos, aunque no lo veamos

“La historia les juzgará” es una de las famosas frases de Salvador Allende. Pero la historia tarda mucho en llegar y con ella la justicia. Y ya se sabe que la justicia tardía no es justicia . Convendría que la historia dejara de tejerse en un escenario futuro para tomar acto en el plano presente, y que practicáramos la enseñanza de Albert Camus: “Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen”. Y hoy, como ayer, son muchos los que están padeciendo la historia.