Los españoles siguen teniendo una imagen más positiva de la inmigración que los ciudadanos de los países de nuestro entorno, e incluso la percepción ha mejorado en algunos aspectos durante los años de crisis. En España, a diferencia de otros países europeos, no ha triunfado el discurso político xenófobo y se ha hecho un uso electoralista relativamente limitado del fenómeno. Sin embargo, la ideología es el factor que más condiciona las actitudes hacia la población de origen extranjero, lo que abre la puerta a que algún partido político lo aproveche en el futuro para lanzar un discurso abiertamente xenófobo.

En algunos países europeos formaciones ultraconservadoras, más o menos de nuevo cuño, toman fuerza con el discurso antiinmigración como una de sus principales banderas. En algunos casos al calor de la actual crisis de refugiados (como la ultraderechista Alternativa para Alemania) y en otros por diferentes factores, pero con la crisis económica como caldo de cultivo facilitador (como el UKIP británico, Amanecer Dorado en Grecia o el Frente Nacional francés), el populismo conservador e indisimuladamente xenófobo ha tomado posiciones.

Pero ese avance de los ultraconservadores en diferentes países de la UE parece no afectar a España, un país en el que el voto de ultraderecha –muy minoritario- se esconde entre el electorado del PP y se reparte entre formaciones radicales minúsculas y sin representación pública más allá de un puñado de concejales en diferentes ayuntamientos. Y mientras el discurso populista y xenófobo suena cada vez más fuerte en otros países europeos, en España la politización de la inmigración ha sido, y es, en comparación muy menor.

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“La relativamente escasa politización de la inmigración como argumento electoral en España hasta la fecha es seguramente uno de los elementos que han influido de forma positiva en la configuración de actitudes menos xenófobas de lo que revelan las encuestas en otros países de nuestro entorno”, sostienen los sociólogos Amparo González (CSIC) y Héctor Cebolla (UNED), autores del informe ‘¿Ha podido más la crisis o la convivencia? Sobre las actitudes de los españoles ante la inmigración’, elaborado para la Fundación Alternativas.

De hecho, según el estudio, la población española mantiene actitudes menos reticentes hacia la inmigración que en la mayoría de los países de nuestro entorno. La valoración global de la inmigración por parte de los españoles es globalmente positiva, con unos niveles de aceptación más cercanos a los de los países escandinavos que a los de los mediterráneos [ver informe completo]. España se sitúa como tercer país en que se tiene una percepción más positiva de los efectos de la llegada de extranjeros, sólo por detrás de Suecia y Dinamarca, y por delante de Noruega o Finlandia. Y en contra de lo que podría intuitivamente anticiparse, las percepciones de los españoles sobre diferentes aspectos ligados a la inmigración no sólo no han empeorado durante la crisis económica, sino que incluso han mejorado (tanto en su incidencia sobre el mercado laboral, sobre el sistema educación o sobre la sanidad).

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No obstante, con carácter general, el estudio muestra que en torno a un tercio de los encuestados (en algunos aspectos, en una proporción mayor) mantienen una actitud negativa sobre los efectos de la inmigración en estos ámbitos. “Estos resultados no deberían, sin embargo, alimentar un optimismo autocomplaciente, teniendo en cuenta que se trata de un equilibrio probablemente inestable”, advierten González y Cebolla. Y es que persiste la percepción mayoritaria entre los españoles acerca de que la inmigración disminuye la calidad de la educación –a pesar de estar suficientemente documentado que lo que influye en el rendimiento escolar no es el origen del alumno, sino la concentración de alumnos con desventajas socioeconómicas- y también sobre que la población extranjera recibe más ayudas sociales que parados o pensionistas.

“Los resultados del estudio ofrecen motivos para un optimismo moderado y responsable (…), pero también una llamada de atención sobre lo relativamente precario del equilibrio alcanzado, y los riesgos implícitos en una politización electoralista de las cuestiones analizadas”, apuntan. Y es que existe un factor que hace a los expertos temer de manera fundada que algún partido político se vea en la tentación de utilizar el discurso antiinmigración como arma electoral.

La ideología como condicionante

La ideología de los encuestados (calibrada en función de en qué posición cada uno de ellos se autoubica en el espectro entre la extrema izquierda y la extrema derecha) es el factor que más claramente condiciona la percepción sobre la inmigración. La ideología política es el predictor más importante de la forma en que los españoles evalúan la inmigración, mucho más que su edad, su sexto o incluso su nivel educativo. Cuanto más conservador se es, pero va siendo la valoración que se hace la inmigración y de sus efectos económicos, sociales y en el Estado del Bienestar.

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“Esto quiere decir que el terreno está sembrado para la politización”, concluyen los sociólogos responsables del estudio. “Y, por ello, que en el futuro los responsables de la gestión de la inmigración y los partidos políticos en todos los niveles se comporten con responsabilidad será crucial en cómo evolucionen nuestras actitudes hacia posiciones más o menos xenófobas, sabiendo que ni siquiera una crisis económica de la magnitud como la sufrida en los últimos siete años ha acentuado el rechazo hacia la inmigración”.

Pero que la politización haya sido mucho menor en España que en otros países de nuestro entorno no quiere decir que sea inexistente. La politización fue evidente cuando durante los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero el Partido Popular hizo una dura oposición sobre la inmigración (fue el tiempo en que se acuñaron etiquetas como las de papeles para todos, el efecto llamada…); la politización ha existido posteriormente con la gestión de los saltos de la valla de Melilla, con cruce de acusaciones entre partidos y declaraciones más o menos alarmistas; y también en torno al recorte de la asistencia médica a los inmigrantes en situación irregular aprobada en 2012.

“Uno de los grandes logros de la sociedad española en materia de inmigración es que hemos sido capaces de evitar la politización. Y cuando ha habido politización de la inmigración en España ha sido relativamente limitada”, sostiene Amparo González, quien defiende la necesidad de combatir los mitos sobre la inmigración para prevenir el eventual uso populista del fenómeno por parte de algunos políticos: “Está demostrado que la sociedad aprende y corrige sus percepciones cuando tiene información correcta. Información correcta sobre el volumen de población inmigrante, sobre lo que realmente influye en la calidad de la educación, sobre las ayudas sociales escasas que perciben los inmigrantes, sobre que no hay abuso en el acceso a la sanidad… La gente aprende y cambia de percepción, y eso hace que no estemos totalmente vendidos ante los mensajes de los políticos xenófobos“.