“Un ejército de principios puede penetrar donde un ejército de soldados no puede hacerlo”. Lo tenía claro el político y filósofo Thomas Paine.

A Paine, la teniente O’Colau ni le ha olido, y a sus enseñanzas mucho menos, seguramente porque el escritor estadounidense tuvo el atraso de escribir en inglés, y Cataluña ya era imperio y de aprender algo la teniente O’Colau, aprendería catalán, que como se sabe, es una lengua que mueve el mundo. No diremos cuál, pero lo mueve. Paine, en político y revolucionario, en ilustrado y liberal le da cien mil vueltas a Colau, y volvía a empezar la rueda sin despeinarse. En lo de pensador, ni se le discute. Y eso que murió en 1809. 

Hace unos días, la alcaldesa de Barcelona le dijo a unos representantes de las Fuerzas Armadas que prefería que no estuvieran allí, en el Salón de la Enseñanza de la ciudad Condal, olvidando que el Ejército tenía un stand. Estaban en todo su derecho de estar allí, pero ella prefería que no. Colau dice que le asaltaron pero todos hemos podido ver que no fue así.

Resulta raro que ella, con su pasado de escraches, ocupaciones ilegales y algunas de ellas violentas, no tenga claro conceptos como el de asalto. En defensa de su grosería rancia y chabacana argumentó que se lo dijo con educación, ¡solo faltaba que hubiera sacado una recortada y puesto los tanques en la calle!, como suelen hacer a la menor ocasión los que se declaran antimilitaristas, que no sé muy bien contra qué están: si contra el uniforme en sí o contra los que lo visten y cuyo trabajo de protección y defensa permite que la señora Colau, usted y yo vivamos más seguros y tranquilos.

Hay que tener especial cuidado con las preferencias de los políticos, así en general. A la hora de exponer preferencias les invade un egoísmo ególatra y personalista que les hace olvidar, o simplemente ignorar, las preferencias de las personas por y para las que trabajan, aquellas que les pagan el sueldo, las que, para bien o para mal, les han puesto en el sillón que están. 

Hay que ser elásticos con las preferencias, especialmente con aquellas de las autoridades. Supongo que los días en los que la policía y los mossos de Escuadra desalojaban a Ada Colau cuando su trasero ejercía de ventosa contra el suelo barcelonés durante alguna sentada reivindicativa que tenía todo el derecho de hacer, ellos también preferirían que la hoy alcaldesa no estuviera allí y la tuvieran que sacar en volandas –le debe venir de ahí la fobia a los uniformes-.

Pero la calle es de todos, como las ferias abiertas al público, los eventos oficiales y aquellos que se organizan y que representan a la ciudad, y cada uno puede estar donde le plazca, aunque moleste a algunos, como seguramente molestaban Colau y sus secuaces en su época reivindicativa callejera, que no es la de ahora, en la que escucha una reivindicación de unos trabajadores y decide hacer públicas sus nóminas como estratégica resolutiva. Seguro que los trabajadores que estaban ejerciendo su derecho a huelga, inoportuno como siempre es este derecho, hubiesen preferido que no lo hicieran. Lo de la libertad de movimientos y de opinión está muy bien cuando uno lo reivindica para sí, pero cuando empiezan a pedirlo los demás, debe resultar bastante molesto.

Dice Ada Colau que hay que separar las cosas. Es verdad, las cosas sí, las personas no, porque cuando lo hemos hecho a lo largo de la historia de la Humanidad, siempre hemos sembrado el caos, la infamia y el horror, y no ha resultado nada bueno. Hay que separar las cosas, sí. Y también hay que estudiar más y terminar las carreras si se empiezan, que todo ayuda. Y hay que ser consecuente: si te has pasado la vida haciendo escraches y ocupando lugares que no son tuyos, no puedes preferir que el resto no esté en el lugar que quieran. El don de la ubicuidad es complicado

Qué lejos queda lo que decía el entonces alcalde de Barcelona, Narcís Serra, en 1981, apenas tres meses después de la intentona golpista, llamando a los barceloneses a una asistencia masiva al desfile de las Fuerzas Armadas que pro primera vez se celebraba en la ciudad condal, pidiendo una “demostración pública de nuestra más decidida voluntad de caminar unidos con las Fuerzas Armadas y de Seguridad del Estado, en cuyas manos hemos confiado la garantía de nuestra convivencia y de respeto de todos a la Constitución y a la Corona”. El fervor le duró poco. 19 años después ya no pensaban igual. Pujol, que ya por entonces había heredado, fibrilaba cuando en el año 2000 Barcelona volvió a acoger el desfile del día de la Hispanidad. Todavía sufre espasmos cuando lo recuerda. Lo bonito es que a los pocos días tuvo que pedir ayuda a las Fuerzas Armadas para que auxiliaran a los que se habían quedado atrapados en las carreteras catalanas a causa de las grandes nevadas caídas. Pero como diría Colau, hay que separar las cosas. Y tanto, como la basura, separarla para reciclar.

Lo de las preferencias de los políticos daría para mucho. Ahí está la Historia, un compendio de preferencias, unas más dramáticas que otras. Hitler prefería no tener cerca cualquier cosa que oliera a judío, Stalin prefería enviar a los gulag a cualquiera persona, incluso miembros del Partido que solían darles cien mil vueltas en espíritu y currículo revolucionario. También prefirió dejar sin un gramo de cereal a los habitantes de Ucrania y provocar la muerte de entre 3 y 6 millones de persona, el Holodomor, el holocausto ucraniano que en 2008 el Parlamento europeo reconoció como crimen contra la humanidad.  Stalin solía decir que “en el ejército soviético hace falta más valor para retirarse que para avanzar”. Sobre todo en el suyo, en el Ejército Rojo, a cuyo  principal mando ordenó  ajusticiar en la Lubianka después de un juicio de unos pocos minutos acusado de traidor , espía y enemigo del pueblo, vamos, lo normal en la época de Stalin, nada particular. Dijo queviajaba mucho a potencias extranjeras, lo que se le olvidó es que le mandaba él.

Lo mejor de las preferencias de los políticos es que siempre lo hacen por nuestro bien. Colau pretende excusar su no saber estar, su grosería y su egocentrismo diciendo que es lo que la gente quiere y le pide por la calle. ¿Por dónde saldrá esta señora, qué calles transitará? Debería salir más y viajar más allá del sillón de su casa y del que ocupa en representación de todos los barceloneses, vistan con el uniforme que vistan. Se ha debido perder de calle o la ha perdido, directamente , y por eso no le llegan las encuestas sobre las preferencias de los ciudadanos, y no sabe que las Fuerzas Armadas están mucho mejor valoradas y consideradas que los políticos. No tengo especial apego a las fuerzas armadas,- en realidad sí lo tengo, y mucho-  pero aún tengo menos por los políticos y no por eso les voy diciendo que su presencia no es bien recibida y que preferiría que no estuvieran, y eso que algunos se lo han ganado a pulso. Esperemos que las Fuerzas Armadas prefieran no ir a ayudar cuando su presencia se haga necesaria. No pasará porque ellos son profesionales y saben cual es su sitio, su lugar y conocen a quien sirven. No todos pueden decir lo mismo.  

Estas deben ser las nuevas políticas de los nuevos políticos como Donald Trump, Ada Colau… y la lista suma y sigue. Pues nada, a esperar la próxima. Y a rogar para que nuestros políticos no prefieran no ver a periodistas, estudiantes, directores de orquesta, realizadores de cine, músicos, bomberos, deportistas, floristas, panaderos… Ya saben lo del pastor luterano alemán Martin Niemöller: “Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no hablé porque no era comunista. Después vinieron por los socialistas y los sindicalistas, y yo no hablé porque no era lo uno ni lo otro. Después vinieron por los judíos, y yo no hablé porque no era judío. Después vinieron por mí, y para ese momento ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí”.