La crisis de Podemos Madrid se interpreta como un reflejo de las diferencias en la formación morada a nivel nacional. Sin embargo, parece obedecer más a las frecuentes disputas orgánicas del partido que a una pugna ideológica. Al fin y al cabo, “a veces un cigarro es solo un cigarro”.

El 15 de febrero, Pablo Iglesias presentó en el Congreso su programa de Gobierno. Agradeció el trabajo de 22 personas: Nacho Álvarez, Carolina Bescansa, Irene Montero, Auxiliadora Honorato, Ángela Ballester, Xavier Domènech, Marc Grau, Ramón Luque, Ernest Urtasun, Yolanda Díaz, Juan Pedro Yllanes, Victoria Rosell, Julio Rodríguez, Gloria Elizo, Txema Guijarro, Francis Gil, Rodrigo Amirola, Manolo Monereo, Jorge Verstrynge, Vicenç Navarro, José Antonio Errejón y Ana Domínguez Rama. A todos ellos les reconoció su esfuerzo, haberse “dejado las pestañas” para elaborar el documento de 100 páginas que incluye un prolijo plan programático y una no menos detallada estructura de Ejecutivo, sobre lo cual Podemos persigue negociar con las fuerzas de izquierda un pacto de legislatura.

Entre los citados, no estaba Íñigo Errejón, secretario político y número dos del partido. Errejón tampoco compareció junto a Iglesias en el atril, como sí hiciera tres semanas antes para respaldar la propuesta de Gabinete de coalición lanzada por el partido morado. Figuraron en ambas ocasiones el responsable de Economía y la coordinadora del programa electoral, Nacho Álvarez y Carolina Bescansa.

Iglesias agradeció a 22 personas su trabajo en el programa de Gobierno de Podemos; entre ellas, no estaba Errejón

Los rumores sobre una posible división en Podemos a cuenta de la estrategia postelectoral han sido constantes. Se dice que la formación está partida entre los posibilistas y los inflexibles, los favorables al entendimiento con el PSOE y los partidarios de no ceder ni un milímetro ante Pedro Sánchez. Los errejonistas, en definitiva, y los pablistas.

Desde las filas socialistas se ha aireado esta hipótesis. Convencidos de su veracidad o con la intención de visibilizar el presunto conflicto, miembros del PSOE han dado pábulo en privado a los rumores que apuntaban a que Errejón no comparte la línea de Iglesias y se decanta por negociar la abstención a un Gobierno Sánchez-Rivera.

También han tratado de estimular esas disensiones, como cuando hicieron una propuesta final por separado a los diputados de las confluencias antes de la sesión de investidura. El PSOE quería ver si había posibilidades de generar al menos debate interno en Podemos para reconsiderar el ‘no’ a Sánchez y envió documentos distintos a En Marea, En Comú y Compromís, tratando de seducirles con guiños a sus respectivos territorios. No funcionó.

Las declaraciones de Manuela Carmena o la marcha de Carlos Jiménez Villarejo alimentaron la teoría de la división. Como lo alimentó el contrariado gesto con que Errejón encajó el ataque de Iglesias a Felipe González en el Congreso. Al poco, estalló el acontecimiento clave: el secretario de Organización de Podemos en Madrid, Emilio Delgado, dimitía de su cargo orgánico entre fuertes críticas al secretario regional, Luis Alegre. Delgado es muy cercano a Errejón, mientras Alegre es fiel escudero de Iglesias. Un día después, dieron el portazo otros nueve errejonistas, dejando al barón autonómico en situación muy comprometida.

El espíritu contestatario de Podemos

¿Son estas fugas reflejo de una disputa estructural? Las interpretaciones en esta línea se suceden, asegurando que la batalla Iglesias-Errejón se ha extrapolado ya a la rama autonómica más importante. Lo cierto es que no hay mucha base para afirmar tal cosa, y más bien parece que estamos ante una convencional disputa orgánica por el poder que ante una guerra ideológica o estratégica. Podemos es un partido integrado por espíritus contestatarios, que no cobran por sus responsabilidades en la formación y que no se callan las discrepancias.

Podemos ha afrontado graves crisis internas en seis autonomías en apenas un año. También le dimitió Monedero

Por eso, en menos de un año han caído hasta cinco direcciones regionales –Cataluña, País Vasco, Galicia, La Rioja y Cantabria-, donde o bien la cúpula estatal ha intervenido para tomar las riendas -en el caso riojano por fraude en las primarias- o bien las tensiones han forzado la disolución. A ello se le añaden los graves problemas en Madrid -donde el partido nació-, la permanente pugna aparato/anticapitalistas y la quiebra de importantes consejos ciudadanos, como los de Málaga o Santander. No han faltado, por último, retiradas puntuales por escándalos o motivos personales, destacando la de uno de los fundadores, Juan Carlos Monedero.

“En Podemos se dimite, que es una cosa que no ocurre en otros partidos. Hay que normalizar los debates y las dimisiones”, señala Iglesias cada vez que una retirada o una discrepancia interna marca la agenda. Los rivales aprovechan esas circunstancias para desgastarles, como ahora critican que se está haciendo desde el PSOE y sus satélites mediáticos. Lo llaman el intento de encerrar al partido “a hablar de sí mismo”.

No hay argumentos ni pruebas definitivos para decir que la crisis de Podemos Madrid es algo más que otra convulsión intestina de este partido nacido en el asambleísmo y nutrido de movimientos callejeros y sociales, con permanente presencia en marchas, protestas y campañas de toda índole. Aliado ahora, además, con multitud de plataformas municipalistas y formaciones nacionalistas con intereses propios. Otra cosa es la latente porfía entre sus dos almas, que no por existir explica cada una de las tensiones o riñas.

Esa dualidad es ante todo un síntoma de madurez orgánica, como sostenía este jueves Enric Juliana en Onda Cero. Todos los partidos consolidados tienen esas dos alas, una más escorada y otra más pragmática, a menudo representadas en la dirección. La coexistencia del poli bueno y el poli malo es casi tan vieja como la propia política y, aunque a veces obedece a una mera estrategia comunicativa, en no pocas ocasiones es trasunto de la segmentación ideológica.

Ocurre en Podemos, con Iglesias y Errejón; ocurrió durante 20 años en el PSOE, con Felipe González y Alfonso Guerra; se dio también en la CiU de Artur Mas y Duran i Lleida; el PP está nítidamente dividido entre el ala conservadora y el ala liberal, aunque su férrea jerarquía anule cualquier confrontación; y en IU la dicotomía es igual de evidente entre el PCE y el sector menos escorado, el ecosocialismo de figuras como Gaspar Llamazares.

Ciudadanos escapa de momento de esta circunstancia casi inherente a la condición de fuerza política, por tres motivos fundamentales: el incontestable hiperliderazgo de Albert Rivera, la bisoñez del proyecto y la verticalidad orgánica impuesta.

Así que seguramente sea exagerado buscar una conexión entre la crisis de Podemos Madrid y las diferencias que puedan tener los líderes de la formación a nivel nacional. Como dijo Freud, “a veces un cigarro es solo un cigarro”.