El pasado miércoles, ese singular hallazgo de la “nueva política” llamado Pablo Iglesias subió a la tribuna de oradores del Congreso de los Diputados y, ni corto ni perezoso y a modo de introducción, se lanzó a una suerte de soflama rebosante de referencias al franquismo, crímenes de la dictadura y violaciones de los derechos humanos, ciertas pero cuidadosamente depuradas para que ninguna recayese sobre gentes en las que vuelca incondicionales simpatías. Verbi gratia : chequistas (si nos remontamos a esa memoria histórica a la que continuamente alude), etarras (con su icono, Otegi, a la cabeza), o chavistas. Quizá los asesinados por unos no tenían el mismo derecho a la vida que los eliminados por los otros.

Es lo que Mommsen denominaba el uso selectivo de la Historia. Iglesias parece olvidarse de que el Parlamento no es su aula de la Complutense, que los grandes medios informativos no son esa “Tuerka” pagada con dineros iraníes y venezolanos que él manosea a placer, ni la mayoría de los analistas que se pronuncian en ellos se sienten parte de su corte de pelotilleros. Aunque en los inicios, por el factor sorpresa, unos cuantos le ayudaron a llegar a donde está. Pero ya sólo le jalean los de su cuerda.

Tras la primera arremetida, y no contento con ella, se vino arriba e hilvanó una riada de descalificaciones dedicadas a sus oponentes políticos, con especial “cariño” a históricos miembros del PSOE. Como cuando dijo que Felipe González tiene las manos manchadas de cal viva, adjudicándole –gratia et amore– los cadáveres de los etarras Lasa y Zabala. También, y de paso, calificó a Rivera de haber podido ser un buen jefe de escuadra en nuestra posguerra. Rivera pudo devolverle el piropo clasificándolo a él, sin duda con mucha mayor justicia, de caricatura de comisario político del estalinismo. Pero el líder de Ciudadanos tiene demasiada categoría para descender a su nivel, y pasó olímpicamente de semejante estupidez.

Resultó evidente que el recién estrenado parlamentario, después de su largo periodo de entrenamiento en la televisión -una de cuyas antenas privadas, cuajada de amiguetes, contribuyó decisivamente a encumbrarlo- sigue preparando sus intervenciones cuidando hasta el último detalle. Mide si sus ataques son lo bastante hirientes, y dispara a todo lo que se mueve. Responde a la perfección al concepto universal que se tiene del “agente provocador”, un ser deleznable cuyo oficio sólo es destruir y, jamás, construir. Incluso pienso que, antes de salir de casa, debe ensayar frente al espejo sus postureos a lo Jesse James entrando en el saloon de Wichita, con la mano engarfiada en algún sucedáneo de revólver -¿el desatascador del inodoro?-, y dirigiendo miradas desafiantes a un personal imaginario. Luego, sale de casa, llega a Las Cortes, cambia impresiones con Errejón, Monedero o Bescansa, y pasa lo que pasa…

El líder podemita parece entender la política como un permanente show con el que busca confundiral personal. Para ello introduce en sus discursos, sin venir a cuento, asuntos que solo buscan remover basura de la etapa guerracivilista que la España de hoy quiere superar definitivamente, y si es posible olvidar.

El miércoles pasado, el tono pendenciero y la arrogancia de perdonavidas que exhibió en la asamblea fueron sin duda la nota disonante de un pleno de investidura que, más allá del interés político que suscitó y de la dureza a que dan lugar las posiciones encontradas, discurrió por los cauces de la educación y las buenas maneras. Según lo veo, el comportamiento asilvestrado que preparó junto con sus compinches en el laboratorio podemita le dará en el futuro muy pocos réditos. Y también pienso que alguien con la tremenda responsabilidad social de representar a cinco millones de votantes, entre los que muchos no son desaforados militantes antisistema, debería valorar esa posibilidad. Me da que no.

El lider de Podemos debería tener en cuenta que la política es una carrera de fondo en la que dosificarse es esencial, templar los mensajes, aconsejable, y descalificar gratuitamente a los oponentes, estéril, banal, y además termina por pasar factura. Aparte de que nuestro Parlamento -cuyo historial de debates de altura entre oradores notables no se puede cuestionar- no se merece soportar unas intervenciones que provocan repelús y vergüenza ajena.