No hay, en el título de la esclarecedora crónica firmada por David Martínez que abre hoy nuestro periódico, ni la menor intención ofensiva hacia el todavía Presidente en funciones. En esta casa hemos reconocido con frecuencia los aciertos que acompañaron a sus medidas económicas cuando se hizo cargo de un país al que la gestión del iluminado J.L. Rodríguez Zapatero había dejado en coma. Sin que por ello omitiéramos hablar –cada vez más menudo, el ritmo que por desgracia fueron marcando los escándalos- de las sombras que las enturbiaron casi desde el inicio, nacidas en charcas donde germinaba desde tiempo atrás la peor lacra que carcome y hasta aniquila formas de entender la vida: la corrupción.

El castigado político pontevedrés, tan lúcido en algunas materias, fue sin embargo excepcionalmente torpe a la hora de valorar esa peste. Su partido terminó convertido en un estercolero sin que le diera importancia. Convencido de que al final lo que decidiría era la cuenta de resultados: cogí a España así y la he puesto asá.

Se creyó que bastaría con eso y que las familias empobrecidas, destruidas, a veces desahuciadas de sus hogares serían impermeables a la visión de tanto latrocinio y saqueo protagonizado por la clase dirigente gobernante. Y que no se nos contraponga esto con el tema de los EREs. No son comparables: un vertedero es un vertedero, por grande que sea; convertir buena parte del territorio nacional en estercolero ha devenido en insufrible. La humillación general que causaron tantos cientos de políticos peperos ha traído las oleadas de rencor que transmite la calle.

Los ciudadanos han terminado por identificar a Rajoy como el responsable último de tanta bazofia, incrementada en la última semana, sólo en Valencia, con cuatro casos más. Al Presidente se lo advirtieron por activa y pasiva, pero él prefirió autoengañarse e inventar una conspiración mediático-empresarial a la que sus cortesanos más incondicionales -como los ministros Fernández, Soria o Margallo- han sumado ahora la acción  judicial por el coincidente cierre de tanto sumario abierto, que ellos consideran resultado de un contubernio.

Dos hombres jóvenes –Pedro Sánchez y Albert Rivera-  calificados antes y después del 20-D, también por nosotros, sobre todo a Sánchez, cuyo acelerón en semanas de sus niveles de madurez se nos antoja ahora espectacular,  como  bisoños insolventes, acaban de romper con la pana y de situar a España en el camino correcto para remontar el bache nefrítico que atravesamos.  Estamos de enhorabuena y sólo nos queda desear que ambos culminen su pacto con la investidura que nos ahorre la costosísima prueba de una nueva justa electoral.

No parecen tener demasiadas opciones. Sánchez debe convencer a Iglesias de lo inviable de que Podemos llegue al Gobierno en esta ocasión; pero ha sometido a su visto bueno durante varios días de intensas conversaciones un programa de regeneración cuya aplicación podría ser para esta sociedad lo que el maná fue para el pueblo hebreo cuando le llovía durante su travesía del desierto.

En la segunda votación de la investidura tendremos claro si Iglesias atesora grandeza e inteligencia a la vez o se trata de un oportunista inflado. Necesitará la grandeza para entender que España no puede seguir al borde del abismo. Y la inteligencia para entender que su oportunidad como único representante futuro de una izquierda con firme arraigo popular le da unas inmensas posibilidades. Y el tiempo que precisa  para poner en orden su partido y definir un ideario que le permita soslayar su equívoca etiqueta actual de representante de la marginalidad y del anarquismo.

Rivera debe continuar con su labor de persuasión en las filas del PP, sobre todo entre la dirigencia joven para hacerle ver la coincidencia de objetivos básicos que hay entre una derecha moderna y una socialdemocracia. Y seguir transmitiendo a sus bases que apostar por la fórmula que encarna ese Gran Centro diseñado por el acuerdo firmado juega a favor de sus intereses y no ataca ni a su honestidad ni a sus principios.

Estos dos jóvenes nos han puesto, negociando con discreción inusual para lo que se estila por estos pagos pero sin esconderse, en el camino de escalar el Siglo XXI con el horizonte de llegar a ser un país puntero y hasta ejemplar en esta Europa que se nos desencuaderna. Su entendimiento significa que las nuevas generaciones (ahora sí se podría empezar a hablar de Segunda Transición) del centro y el centro-izquierda, que suman una significativa mayoría social, han sabido ponerse de acuerdo por encima de sectarismos a través de sus dos más notables representantes: Pedro Sánchez y Albert Rivera.

Han transmitido, además, un mensaje que a priori parece nítido: si se llega a nuevas elecciones porque Podemos, invocando en falso una ideología aún en la niebla, y el PP, por seguir a su líder en una posición patéticamente egoísta, obligan a la ciudadanía a pasar por esas horcas caudinas, ellos mantendrán a todo precio el ideario acordado. No sabemos si lo defenderían en coalición electoral o por separado. Sí estamos convencidos de que los electores sabrán premiar, llegado el caso, y ojalá que no, su mutua capacidad de renuncia para pensar en el bien de todos.