En Madrid crecen y proliferan los mercadillos alternativos de fin de semna. Una tendencia que uno puede rentabilizar cuando roza o supera los cuarenta, ya que se convierte en mercancía vintage.

Estos pop up, que los llaman, son otra trampa de la modernidad ya que suelen tener unos precios bastante elevados pese a su nombre. Creaciones chic originales y segunda mano de dudosa procedencia. Una especie de rastro para niños bien, hipsters con familia y modernillos en el mundo de la artesanía que tienen protocolos muy bien definidos.

Aperitiveando: A la hora de tomar algo, cerveza artesanal o vermú. Que a nadie se le ocurra pedir otra cosa si quiere estar en la onda. Es una de las claves para alternar en las nuevas corralas trendy de la capital. Junto a ello, los puestos de quesos de importación ultra carísimos para gourmets o virutitas de jamón (el sushi ha quedado para funcionarios de baja graduación). Uno puede comprar cup cakes (las magdalenas de toda la vida) con arándanos y hasta paella para celiacos. Lo importante es parecer que uno tiene inquietudes gastronómicas.

El dress code: Vestir en clave mercadillo alternativo tiene sus reglas. Ir conjuntado es un pecado capital que los neófitos cometen. Hay que llevar algo descalabrante. En el caso de ellos, unas zapatillas con flores hawaianas en pleno invierto con un pantalón parduzco digno de un amish. O unos slippers de charol con vaqueros pesqueros o remangados. Las vendedoras llevan inmensas pashminas de cuadros que menean con indolencia. Boinas de colores y turbantes les acreditan como miembros del hipsterismo tardío, dan toque bohemio y otorgan categoría de creadoras.

Baby boom: A un auténtico hipster no se le caen los anillos por arrastrar un carrito de bebé, es más, presume de ello. La actitud papi cool reporta muchos beneficios a los hombres separados que aprovechan el evento para exhibir su sensibilidad. Porque en los mercadillos fashion se liga. Claro que todo es de segunda o tercera mano pero ese es el espíritu. De ahí el exitazo, uno puede ver la rotación de producto sin trampa ni cartón (a la luz del día) y en una actitud medianamente digna. Los influencers no tardarán en aconsejarlo.

Flamingo road: Ahora se llevan mucho los flamencos (atención porque los consejos en el mundo de la moda duran muy poquito) y puede ser “lo más”  comprarse una figurita de porcelana con el animalito o papel estampado para forrar la cocina. Pero además, hay que comprar cosas absurdas como una grabadora de cassette, con su cinta y todo (como la que tiraste a la basura hace 20 años). Todo vale en clave de nostalgia: Un hula hop para que sus niños se desenganchen de las tecnologías o un traga discos porque estás volviendo a comprar vinilos. Pura contradicción de aquellos engannchados a sus móviles pero que necesitan atesorar recuerdos físicos.

Sin prisas: Las vendedoras exhiben un cierto aire de  desgana. Hay una cierta indolencia en los vendedores de mercadillo. No te van a suplicar para que compres porque lo suyo es tan exclusivo que se vende solo. En el caso de ellas, es imprescindible jugar con un poncho, arrastrar los pies (casi siempre con una botas exclusivísimas) y no tener prisa en cerrar la venta. El propio vendedor es un creador también. Presumen de un ojo clínico ajustado al estilo y no te lo quieren vender si no piensan que no tienes el aire adecuado para llevar su mercancía.

Artistas con futuro: Modernillos con pedigrí. Así son los artistas que aprovechan para exponer o vender sus obras en este tipo de encuentros. Tanto exponen cabezas de Nancys con cicatrices como collares confeccionados con tornillería de una fábrica abandonada. También pueden vender collages de fotografías de ojos con telas de la bata troceada de la yaya Luisa. Es un arte inquietante pero estimulante. Emplean mucho el término “orgánico” y están en todos los circuitos. Acercarse a ellos supone el pasaporte para sentirse integrado.

El auge de estos rastrillos, mezcla de lo nuevo y lo viejo, es una experiencia a la que hay que entregarse. Es algo más que ir de compras. Es la corrala itinerante de los tiempos que corren. Una tendencia que tiene sus códigos pero también sus recompensas. Siempre encuentras algo singular y además, uno puede autoreciclarse y descubrir que aún le quedan más usos. Como el resto de las mercancías.