De todas las reacciones que ha suscitado Deadpool tras su estreno estadounidense el pasado día de San Valentín, la que quizás me produce más perplejidad es la de “ Cuidado: va a ser la película que acabará con el cine de superhéroes a base de chufla y parodia desnortada ”, que es un poco como decir que Spaceballs hizo tambalearse el imperio Star Wars .

Deadpool, es cierto, es una película que quiere hacer sangre con el icónico superhéroe moderno, y guarda un as especialmente mortífero bajo su manga: comparte universo con los superhéroes a los que vemos en películas, digamos, serias del género. Pero por cuestiones en parte presupuestarias, en parte legales (Fox solo posee derechos de imagen de X-Men y Los Cuatro Fantásticos), en parte por miedo de una productora que teme dinamitar una propiedad (los mutantes) que no siempre es infalible -más bien al contrario-, no hay cuidado: Deadpool solo comparte pantalla con un par de X-Men que van de lo raro a lo ignoto. Lobezno puede respirar tranquilo.

Los fans también. Es poco posible que Deadpool destruya nada, del mismo modo que es poco posible que el inminente Escuadrón Suicida de Warner haga tambalearse los cimientos solemnes y seriotes de Batman.

Pero sí que es verdad que Deadpool es una película divertida y destrozona, que aprovecha tics bien conocidos por los fans (la tendencia de Ryan Reynolds a protagonizar películas de superhéroes que se estrellan en taquilla; la innecesaria solemnidad de los universos superheroicos; el trágico origen en el proyecto Arma-X, de donde también salió Lobezno) para sacar a relucir sus mejores armas: una parodia deslenguada y para adultos, llena de chistes gruesos y con abundantes rupturas de la cuarta pared. Deadpool se burla de las convenciones superheroicas consciente de que forma parte de ellas, y por si no quedara claro, a veces incluso se permite explicárselo al espectador.

La agotadora velocidad que toma Deadpool, una auténtica ametralladora de chistes y referencias, acaba tornándose también en su peor problema: la película tiene la desesperada necesidad de resultar muy graciosa y muy irreverente todo el rato, y a veces es incapaz de mantener el nivel. Sus limitaciones -como su origen de auténtico subproducto noventero, un material de partida infinitamente más de derribo que el de sus compadres mutantes- se hacen patentes con esa estética tan macilenta y desganada de Fox, que empapa todas las películas de superhéroes de la compañía, y Deadpool no podía ser menos. El resultado es agotador, y no solo por la densidad de los gags: los chistes se repiten, las secuencias se estiran y los momentos genuínamente brillantes se dan la mano con otros en los que la sal gruesa, sencillamente, no es suficiente.

Aún así, y si no nos pasamos de exigentes –Deadpool exige complicidad al espectador pero, honestamente, cae tan bien que no es complicado concedérsela-, la nueva película de gañanes enmascarados de Fox es genuínamente divertida, y más en un panorama tan dominado por héroes demasiado serios. La ultraviolencia acrobática, las chanzas pasadas de rosca y los guiños a la galería suponen un refrescante volantazo frente a tanta tragedia en mallas. Estamos seguros de que Deadpool afinará más el tiro en las futuras y ya garantizadas secuelas: mientras tanto es un prometedor pero no del todo redondo punto de partida.

ficha

Deadpool
Tim Miller
2016