Entre la primera y la segunda temporada de El ministerio del tiempo han cambiado pocas cosas en términos de realización, medios o mensaje.

Pero una de las cosas que decididamente ha cambiado es la percepción del público: los ‘ministéricos’, fans hardcore de la serie creada por los hermanos Olivares, han pasado de ser una mera resistencia joven y activa en redes, inaudita entre el público habitual de TVE, a toda una marea de telespectadores que vitorean el regreso de la serie a las pantallas de televisión y celebran cada nuevo episodio con fan-fictions, gifs y tuits apasionados.

En términos prácticos la cosa probablemente no haya cambiado: a falta de saber qué resultados de audiencia ha tenido este primer episodio de la nueva temporada, es muy posible que siga lejos de cualquiera de los grandes éxitos de la cadena pública, culebrones o no. Una lejanía de las grandes cifras que, no lo olvidemos, puso en riesgo en su momento la continuidad de la serie. El Ministerio del Tiempo, por suerte para sus creadores y sus seguidores, es sobre todo una cuestión de imagen para TVE y por eso este primer episodio es tanto una continuación como una puesta a punto de todos los tics habituales de la serie.

Algunos de esos tics son positivos, y otros no tanto. Entre los primeros, lo que no hace falta ni nombrar: un plantel de actores que suele brillar muy alto (de los protagonistas Aura Garrido y Nacho Fresneda a secundarios como Jaime Blanch, Juan Gea o Francesca Piñón) y una facilidad asombrosa para vestir tramas propias de ciencia-ficción pura con ropajes de fantasía blanca (aquí con un Cid Campeador que no es en realidad el Cid Campeador, sino un impostor que va imitando los pasos del mito medieval descritos en el Cantar del Mío Cid). Entre las características de El Ministerio del Tiempo no tan lucidas, está algún que otro momento de humor no muy afortunado (como la aparición de Charlton Heston o las citas algo chabacanas a Terminator o La jungla de cristal, en las que se adivina más a un guionista buscando aplausos que un genuino guiño inteligente respirando bajo la trama). A ello se le suma una no muy bienvenida novedad: Rodolfo Sancho desaparece momentáneamente del equipo -el actor tenía el rodaje de otra serie- y es sustituido por un Ramón Langa que, sencillamente, no puede soportar el peso del personaje desaparecido, entre otras cosas porque su Spínola se parece demasiado a Alonso de Entrerríos.

Entre medias queda un episodio que no está entre los mejores de la serie (yo hubiera preferido más despachos, bares y escaqueos laborales, que es donde la serie encuentra su personalidad: en la pochísima épica del funcionariado español), pero que no resulta nada desdeñable. Posiblemente, su mayor acierto quede algo difuso entre esa épica con estética de TVE con la que concluye el episodio, pero es ese entrelineado contradictorio que nos gusta tanto a cierta facción de seguidores de la serie: frente a un argumento genérico que consiste en “corregir la historia” y convertir las divergencias en la historia correcta, es decir, la que nos han enseñado los libros, tenemos un Cid Campeador -el real, no el impostor- que se expresa con gruñidos y al que se adivina un troglodita venido a más. Es decir, una desviación con mala leche del tópico del galante caballero español. Un interesante y subversivo detalle a sumar a un episodio casi de transición y que se dedica a plantar las semillas de las subtramas de esta temporada: a ver si la semana que viene ya han florecido.

Titulo

El Ministerio del Tiempo – 2ª temporada
TVE