Cuentan que después de conocer el impacto de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, que el presidente estadounidense Truman ordenó lanzar en agosto de 1945 y que supuso la rendición de Japón y el final definitivo de la Segunda Guerra Mundial, Albert Einstein se sinceró con una persona cercana : “Si hubiera sabido esto, me habría dedicado a la relojería”. Hay que tener mucho sentido común y ser un genio para admitirlo. Como suele decirse, perdimos un buen relojero pero ganamos un eminente físico.

Si esta semana nos ha dejado una verdad absoluta es que Albert Einstein era un genio, una afirmación a la que él replicaría que “el genio se hace con un 1% de talento y un 99% de trabajo”. Digo que es un genio no solo por las dichosas ondas gravitacionales que él mismo predijo hace un siglo, en 1916 como bien contaba Eric González el viernes en SABEMOS, sino porque no paró de exponer y de legarnos axiomas que han alcanzado la categoría de verdades absolutas y ratificadas.

Yo tengo una preferida: “Solo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Y del Universo no estoy tan seguro”. Algo solo superado por otro gran pensamiento suyo: “Nunca discutas con un estúpido: te hará descender a su nivel y ahí te ganará por experiencia”. No sé si tendría visión futurista, una noción de futuro que hoy en día entra en el terreno de la ciencia ficción, pero desde luego disponía de un ojo clínico que nadie le puede discutir.

Parecía tener una fijación con los estúpidos, o quizá era simple experiencia porque seguramente tuvo oportunidad de conocer a muchos, y en profundidad. El campo de pruebas que hubiera tenido hoy en día Einstein en cuanto a estupidez se refiere, le hubiese llevado a replantearse incluso su famosa ley de relatividad, esa sobre la que él mismo bromeó:“si mi teoría de la relatividad es exacta, los alemanes dirán que soy alemán y los franceses que soy ciudadano del mundo. Pero si no, los franceses dirán que soy alemán y los alemanes que soy judío”.

Me pregunto dónde ha quedado la lógica aplastante de hace un siglo, quizá escondida entre tanta estupidez, esperando a que escampe para entrar en acción.“Temo el día en el que la tecnología sobrepase nuestra humanidad. El mundo solo tendrá una generación de idiotas”. No sé si era un aviso a la humanidad, a generaciones futuras, o era un mero temor, asentado en su capacidad para visionar el provenir, pero de nuevo acertó. Sólo hay que vernos, o mejor aún, mirarnos.

Einstein ha sido el nombre de la semana, y sin embargo seguimos sin asumir el concepto de relatividad, aunque sea en otro ámbitos de la vida que nada tienen que ver con el físico, al menos no directamente. Parece que de un tiempo a esta parte nos cuesta relativizar y eso hace que se hagan y se digan tonterías y estupideces.

Tenemos el mundo lleno de agujeros negros, y no de los que manejaba Einstein, sino agujeros negros de verdad, en la tierra, rompiendo el mundo, países, familias, vidas, como sucede en Siria desde hace 5 años; tenemos a media humanidad huyendo con las manos tendidas hacia la otra media, doblando el mapa del mundo por tierra, mar y aire para caer sobre la otra mitad, y aquí preocupados por colgar una pancarta de “Welcomerefugees”, cuando no se welcome a nadie ni hay previsión de hacerlo; llevamos horas de intenso debate, alguno incluso al borde de la fibrilación, porque dos líderes políticos no se ha dando la mano, como si después de todo lo que se han dicho eso importara algo.

El filósofo Anaxágoras dijo que “el hombre es inteligente porque tiene manos”, claro que también dijo que “el espíritu gobierna el universo” , y solo hay que vernos. No sé allá por el 500 a.C., pero en pleno siglo XXI las manos y la inteligencia no siempre se encuentran.

Hay que relativizar al realidad, la vida, y lo que en ella sucede. Pero qué vamos a hacerle, nos gustan los detalles, nos pueden, no mentía Stendhal cuando decía que somos detalles. Algunos hablan por sí solos: mientras dos líderes religiosos como el Papa Francisco y el patriarca de la Iglesia Ortodoxa, Kiril, se dan un abrazo que acaba con 1.000 años de enemistad, aquí no son capaces ni de darse la mano.

“¡Triste época la nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”. Un siglo después, Einstein sigue teniendo razón en todo lo que dijo.

Si esta semana la ciencia ha conseguido entender un poco más el Universo y la realidad , hagamos lo mismo el común de los mortales.

Hoy es San Valentín. Y también para esto tenía algo que decir Albert Einstein:

“ Mientras somos jóvenes, los pensamientos pertenecen al amor. Después el amor pertenece a los pensamientos”. Ya lo saben. La teoría la conocen, pasemos a la práctica, a demostrarlo sobre el terreno, que no tenga que pasar un siglo para demostrarlo, como con las ondas gravitacionales. Feliz día de los enamorados.