Vivir se debe la vida, de tal suerte,

que quede vida en la muerte

La muerte es un acontecimiento natural, del cual, paradójicamente, la naturaleza no sabe. El único ser vivo sobre la tierra que tiene conciencia de la inexorable y destructora presencia de la muerte es el hombre. Sin embargo, aún sabiendo que es un momento por el que se ha de pasar, un punto de llegada, tendemos a exigirle a la muerte que se atenga a reglas racionales. En primer lugar, a la más lógica de todas: yo no debo morir antes de que mueran mis padres ni mis hijos antes que yo. También deseamos que la muerte no acuda de improviso, que no nos ataque sin avisar. La catástrofe o el accidente mortíferos nos desazonan mucho más que el progresivo y lento apagamiento de la luz, cuando se han rebasado los ochenta o los noventa años de existencia.

La muerte, desde la lógica implacable del filósofo de Éfeso, no debiera de preocuparnos en exceso, pues “cuando ella esté, yo no estaré y, mientras yo esté, ella no estará”. Aunque el pensamiento de Heráclito no llegue a consolarnos un ápice, sí es cierto que la muerte que nos golpea y desbarata es la muerte de “los otros” y no tanto nuestra segura desaparición. Una desaparición que pretendemos trascender, hacernos inmortales, como señalan esperanzadamente las religiones. Sean éstas, o no, una ilusión, lo cierto es que esa “ilusión”, con mayor o menor apremio, se halla confusa y presente en el alma humana.

Exigimos una muerte piadora y en silencio, aunque la historia de la Humanidad esté plagada de muertes violentas. Las mitologías, desde la Bíblica a la clásica, concibieron nuestros orígenes violentos, fratricidas. Caín mató a Abel y Rómulo a Remo.

También el Evangelio de San Juan señala que “en el principio fue el verbo”. Mucho más cercana en el tiempo, Hanna Arendt dejó escrito que “la violencia en sí misma no tiene capacidad para la palabra”, reclamando para la política el discurso de la razón. Habremos de admitir, en todo caso, que en el discurso racional no se agota la vida humana ni, por supuesto, las relaciones que los hombres establecen entre ellos. Independientemente de cuáles sean los lazos que existan entre pensamiento y razón, ambos se encuentran localizados junto a las pasiones y los sentimientos en el corazón humano. Un lugar oscuro al que nadie, en verdad, puede llegar.

Tengo ahora, al llegar a “la última vuelta del camino”, la dolorosa sensación de pertenecer a una generación maltratada. Maltratada de otro modo a como lo fue la de nuestros padres, la cual fue tomada al asalto por las ideologías virulentas y totalitarias de los años veinte y treinta y, al final, hundida en la matanza de la guerra civil. Nosotros, los hijos de esa guerra, que poca culpa podíamos tener en su estallido, vivimos sus consecuencias, administradas, como fuente de pretendida legitimidad, por quienes la ganaron para negar los derechos más elementales tanto a los vencidos como a los vencedores.

Cuando hablo de “nosotros” me refiero al grupo de personas nacidas durante la guerra y en la inmediata postguerra, es decir, las quince generaciones demográficas nacidas entre 1936 y 1950, que, además, al llegar a la edad de la razón, tomamos partido en contra del franquismo. No éramos muchos, pero no se podrá negar que alguna significación moral y política tuvimos. Pues bien, durante nuestros primeros treinta años vivimos bajo la persecución, la amenaza y la cárcel, aparte de otras incomodidades fáciles de imaginar. Recordaré tan sólo una, la de acostarse cada noche, una tras otra, durante años, pensando que antes de que llegara el alba, podía sacarnos del sueño una premiosa llamada a la puerta… y no sería el lechero. Luego, ya en democracia, nos vimos perseguidos como conejos por las escopetas de los fanáticos cazadores de ETA, jóvenes dispuestos a matar con idéntica impunidad de la que disfrutaron en su día los torturadores, y apoyados también por el cobarde aplauso del totalitarismo cotidiano que, al igual que antes de 1975, sólo abre la boca para asegurar, con la voz en grito o en susurro, “algo habrá hecho el muerto”.

Cuando nos han echado del baile político, nos vemos reducidos a la casta traidora que se entregó al franquismo

Y ahora, cuando nos han echado ya del baile político, nos vemos “humillados, ofendidos” y reducidos a “la casta traidora que se entregó al franquismo durante lo que llaman transición”. ¡Qué fácil resulta ser antifranquista cuando se sabe que aquel general reposa bajo una losa de dos toneladas en un hermoso paraje de la sierra madrileña!

En todo caso, lo peor que nos puede pasar, como sociedad y como individuos, es deponer la palabra para hundirnos en la desesperanza.