“Todas las personas mayores han sido primero niños, pero pocos lo recuerdan”. Lo escribió el francés Antoine de Saint-Exupéry en El principito . Pero pocos los recuerdan. Unos porque no quieren, otros porque no saben y cada día más porque no viven para leer una de las mejores obras escritas en el siglo XX.

Cada vez son más jóvenes. Un día la foto que ilustrará la realidad y acribillará la retina del mundo, taladrando lo poco o mucho que quede de su conciencia colectiva, será la de un feto aún en el vientre materno alcanzado por una bala, atravesado por un puñal o destrozado en pedazos por una bomba. Tampoco sería la primera vez. Ya ha sucedido antes.

La crueldad humana y su grado de enajenación tienen un pasado que ni Tutankamón. La historia de la humanidad es un enorme álbum de fotos que intentamos revelar despacio o a toda prisa, según nuestro grado de empatía con la instantánea. Durante la guerra de Bosnia, soldados serbios rebanaban el vientre abultado de las mujeres embarazadas para sacarles a sus hijos. Algunos de ellos se convertían en mercancía para mafias de trata de blancas o el tráfico de órganos, y otros servían para teñir de rojo las otrora verdes aguas del río Drina, esas que el escritor yugoslavo y premio Nobel de Literatura en 1961, Ivo Andric, inmortalizó en su libro Un puente sobre el Drina. Pasado hay para aburrir y escandalizar . Y el pasado siempre vuelve, más cuando hablamos de la humanidad.

Desde que el hombre es hombre, su historia es la historia de una guerra continua que empieza y parece acabar, pero es solo un efecto óptico porque realmente se pierde en un eterno bucle. Las guerras no terminan nunca, solo se toman su tiempo para armarse, respirar, dejar que el adversario se confíe y aprovechar ese tiempo para encontrar el flanco más débil por el que seguir sangrando al mundo. Es como una herida que no cicatriza porque se vuelve sobre ella una y otra vez, todas las veces que convenga para mantenerla abierta e infectada. El mundo se desangra e intentamos parar la hemorragia con tiritas infantiles. Y la imagen resulta dantesca.

La imagen de Marcos comenzó a contagiar las redes sociales como un virus que llevaba con mensaje: “El bebé asesinado a tiros no es sirio, es mexicano. No se llamaba AylanKurdi, se llamaba Marcos Miguel Pano”. Poner el acento en la nacionalidad de Marcos y convertirlo en noticia, no resulta injusto sino humano. No es que los niños sirios merezcan morir más que el resto, por mucho que su muerte parece haberse normalizado en la percepción pública, es que cuando la muerte adopta la nacionalidad propia, es inevitable que toque más, que pellizque y alerte un poco más.

El pequeño Marcos no debería llenar las redes sociales con su fotografía, su historia y todo tipo de obituarios que a uno se le escapan a borbotones, como lo hace la sangre de una herida abierta y profunda. La vida de Marcos se la ha llevado una epidemia que algún insensato se atreve a llamar cultura del narcotráfico, un virus con pretensiones de Tenorio zombi porque a las cabañas bajó, a los palacios subió, los claustros escaló y en todas partes dejó memoria amarga de él. Está en todas partes, pero no siempre lo vemos. Marcos se contagió de esta infección cuando ocupaba los brazos de sus padres, más en cabañas que en palacios. Es una nueva víctima de la guerra, esta vez de la guerra del narcotráfico, ese crimen organizado que muchos alaban y aplauden, otros permiten y alguno incluso mira hacia otro lado para no ver lo que adivina. Siempre hay un motivo para la guerra: la droga, las armas, el petróleo, el coltán, los diamantes, el alcohol, y eso financia el crimen, la violencia y la muerte y eso genera dinero, mucho dinero que es la verdadera razón de la proliferación de niños muertos. Por eso las guerras no se acaban nunca, y las excusas para iniciarlas, tampoco.

Muchos han advertido la similitud entre el cuerpo sin vida del bebé Marcos, tendido sobre el de su padre, también abatido a tiros, y el cuerpo de Aylan, el niño kurdo de 3 años varado en una playa turca donde atracaron sus sueños de una nueva vida. Incluso algún medio lo ha calificado como el “Aylan mexicano”. Hay veces que las comparaciones sobran, no porque sean odiosas o dolorosas, sino porque no aportan mucho y lo que aporta, duele. Aylan y Marcos abandonaron la vida sin apenas estrenarla en la misma postura: boca abajo, con la cara enterrada en el suelo, dando la espalda al cielo, como si no quisieran verlo. “Lo esencial es invisible para los ojos”, recuerdan en la novela El Principito. Les pasó lo mismo que escribió Ivo Andric en su puente sobre el Drina: “miraban a todo el mundo de frente , pero no veían a nadie”, y por eso optaron por el realismo de James Joyce: “cierra los ojos y mira”.“El cielo es de quien sabe volar” escribió Simone De Beauvoir. Quizá es que ninguno de los dos sabía volar.

Fue Winston Chuchill el que dijo que “los Balcanes han producido más historia de la que pueden digerir”. Al mundo le está ocurriendo exactamente lo mismo, veremos si la digestión se nos antoja pesada o imposible. Estamos devorando a nuestros hijos, como una mala copia de la pintura goyesca Saturno devorando a un hijo. Y con ellos ,nos engullimos el futuro y lo dejamos vacío, yermo de toda esperanza.“Me doy cuenta de que ya no podemos ir a ninguna parte. Ha llegado la época en que la verdadera fe no tiene más remedio que devorar sus propias entrañas”.No hace falta un puente sobre el Drina para comprender a Ivo Andric. El mundo devora a sus hijos, y sus hijos al mundo. Puro canibalismo,y no en las páginas de un libro ni en un lienzo propio de las Pinturas Negras, sino en una playa o en plena calle.

Empezamos la semana con la losa de los 10.000 niños refugiados que desaparecieron al llegar Europa y la terminamos con la imagen de un bebé de 7 meses acribillado a balazos en una calle de México. “Los niños deben ser muy indulgentes con las personas grandes. Viví mucho con personas mayores y las he conocido muy de cerca pero esto no ha mejorado demasiado mi opinión sobre ellas” . Curioso, El Principito es el tercer libro más vendido de la historia, después La Biblia y El capital de Carlos Marx. Eso demuestra lo poco que leemos y el mal que ello nos hace.