Cuando pienso sobre qué le pasa a España, viene a mi memoria aquella tabarra que cantaba junto a otros amigos en mi juventud: “¡ala Madrid, ala Madrid, el equipo del gobierno, la vergüenza del país!”. Encuentro que la España de hoy se parece mucho al Real Madrid de hoy.

Por Álvaro Fueyo Gallego, Ingeniero de Montes, lector habitual de SABEMOS

Actualmente, el equipo blanco tiene grandes jugadores, en algunos casos los mejores del mundo en sus posiciones, pero esto no se traduce en una continuidad  de títulos importantes. Si los jugadores no fallan (o no suelen hacerlo, cuando están motivados), si el sustento económico está más que asegurado y se cuenta con una afición incondicional que llena los diferentes campos en los que el equipo juega, ¿qué es lo que falla? ¿Por qué no se han ganado más títulos importantes durante la última década? Simple y llanamente, por la incompetencia enciclopédica de quienes mandan.

No me refiero al entrenador, los asistentes, los ojeadores… Hablo del baranda entre barandas, del capo, de ese ricachón implacablemente déspota que ha fichado y liquidado más estrategas de banquillo que años lleva al frente del Club. Si el Real Madrid falla es por su presidente, Florentino Pérez, controvertido empresario que ha transformado lo que era un simple palco del estadio Bernabéu en un nido de traficantes de influencia donde se cierran muchos de los negocios que después veremos convertidos en escándalos mediáticos propios de república bananera.

El tal sr. Pérez ha demostrado ser una persona más preocupada por vender camisetas y amasar dinero que por mantener la imagen de juego elegante de que ha hecho gala un club con laureles de grande desde su formación. Alguien más interesado en alinear a jugadores por criterios económicos y publicitarios que por razones técnicas de sus más que experimentados entrenadores. Y un hombre, sobre todo, anclado a su sofá de mando, y blindado frente a la opinión de la afición y la junta de compromisarios. Huelga decir los nombres de quienes lo sostienen y lo jalean a cambio de que les permita aprovecharse de esa coyuntura. Cualquier lector con cierto sentido crítico entenderá a las mil maravillas de quiénes estoy hablando.

LA MEDIOCRIDAD NOS MANDA

Aquella frase de que España está así por los españoles, sin carecer de cierta razón, siempre me ha parecido una peligrosa excusa para justificar la mediocridad de la clase dirigente. España ha dado grandes premios nobeles en Literatura y ciencia, importantes investigadores de  nuestro país se encuentra actualmente liderando proyectos científicos en la lucha contra el cáncer, grandes multinacionales españolas trabajan en proyectos en el extranjero, y así podríamos incluir un largo etcétera. No, los españoles no somos tan mediocres como nos han hecho pensar, y aunque haya un porcentaje de ciudadanos anclados en la mediocridad, estoy seguro que con una buena dirección y motivación pueden llegar a ser ciudadanos ejemplares.

Decía Churchill que la clase dirigente es un reflejo de la sociedad del país. Sin embargo, discrepo: no siempre es la clase dirigente un reflejo de la mayoría de la sociedad. La mediocridad siempre ha sido más astuta que la inteligencia y el esfuerzo y los mediocres son expertos en ocultarse bajo la protección que concede el poder. He aquí el cáncer de España, el lastre que arrastra nuestro país desde su fundación. La mediocridad ha copado los puestos de poder, desprestigiando los esfuerzos de las personas más inteligentes y trabajadoras e intentando anularlas para no tener competencia. Yo le diría a Churchill que, en España, la clase dirigente es ciertamente el reflejo de una parte de la sociedad: de la parte astuta y mediocre que mete codos para alcanzar el poder a cualquier precio y se rodea de otros individuos de igual pelaje para perpetuarse en el poder.

¿ESTAMOS INCAPACITADOS PARA LA GRANDEZA?

No quiero decir que las personas que ostentan cargos de responsabilidad en nuestro país carezcan de formación académica de relevancia o se hallen faltos de inteligencia, pues entre quienes copan los asientos del Congreso de los Diputados encontramos abogados, registradores de la propiedad, economistas, jueces, etc.  La mediocridad no la pillaremos en los currículos. Va en el alma. Implica una falta de formación moral, amplitud de miras para tomar en consideración  los problemas de todos y no sólo los propios. Por el contrario, la grandeza requiere el uso constante de la humildad, que incita a reconocer la validez de otras personas e incluirlas en un proyecto común. Creo que ese es el único camino para llegar a una sociedad más justa.

Volviendo al Real Madrid, y aún a riesgo de que alguno de nuestros anodinos dirigentes en cuyas manos pudieran caer estas líneas se pierda en el salto entre España y el Real Madrid, me repito la pregunta: ¿por qué el equipo merengue, con sus multimillonarios jugadores, no gana títulos importantes, no juega bien…? Me temo que por las mismas razones que el egocentrismo y el materialismo exacerbados de toda una clase dirigente, junto con unos criterios educativos tradicionalmente faltos de todo rigor, han llevado a España a ser un país menospreciado por sus propias gentes. En el que, si alguien eleva la voz para reivindicar una trayectoria histórica muy por encima de lo que cabía esperar de nuestra dimensión territorial y demográfica, se alza una coral de injurias en la que casi la menos viperina es “facha de mierda”.

Así nos va. A España y al Real Madrid.