El grupo de Pablo Carbonell, Many Moure, Guillermo Piccolini y compañía siempre ha funcionado igual o mejor en estudio que en directo.

Buena parte de su contundencia humorística está en su habilidad para desvirtuar géneros clásicos de la canción popular (del twist a la canción melódica, pasando por el pop-rock chorreoso o el ska), imitando las formas pero reventando los fondos a base de vibrante chorrada en estado puro. En directo esa variedad de registros se hace homogénea, y pese a los monumentales esfuerzos de la banda por dar variedad a canciones tan distintas como Soy falangista o Boom Boom 1789, es fácil que todo caiga en una mezcolanza más uniforme.

Dicho eso, y sentenciado que no hay nada como la delirante pulcritud melódica de los temazos en los discos, también es justo reconocer que Los Toreros Muertos logran transmitir con éxito su demencial y personalísimo concepto al directo sin más problemas. La clave está en un grupo de músicos muy seguros de sí mismos y la arrolladora profesionalidad de Pablo Carbonell, que no se desinfla lo más mínimo en hora y pico dándolo todo.

La irreverencia de la banda funciona perfectamente y es altamente contagiosa gracias a la actitud de clown franco y sin vergüenza de Carbonell, que emite unas vibraciones infantiles, directas y anárquicas que el público recoge con una alegría que ya querrían bandas más sólidas en sus directos. Se pierden, por supuesto, muchas sutilidades (que Los Toreros Muertos las tienen, y en abundancia), pero la fuerza de canciones como On the desk, Manolito o Soy un animal es arrolladora. Sumemos a eso que las (escasas) canciones nuevas son estupendas -la monumental Sin Dios, el himno Teruel Teruel, la alucinante Bicicleta estática (a la altura de sus clásicos) o la altamente lírica Hasta siempre (y que como cierre conforma una dupla perfecta con la eternamente de arranque Probando)- y tenemos a una banda que no tiene que andar pidiendo disculpas por llevar treinta años de chascarrillo continuo.

En el debe, únicamente algo de caos sonoro (no previsto) inicial que rozó la desagradable cacofonía, pero que se solucionó relativamente rápido. Y que un disco indispensable de la banda, Los Toreros Muertos cantan en español, apenas tuvo representación en el repertorio (solo con Tu madre tiene bigote y El último mono de la NASA), pero ahí ya entran las manías de fan. Un fan que, la verdad, puede poner pocos peros a un regreso que es de esperar que se prolongue indefinidamente y con nuevas grabaciones.

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Los Toreros Muertos
Sala Sol – Madrid
30 de enero de 2016