“No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente”. Más que escribirlo, lo advirtió Virginia Woolf, cuyo aniversario de natalicio hemos conmemorado esta semana.

No creo que el presidente iraní , Hasan Rohaní, sepa quién era Woolf, y de saberlo, apuesto que no entraría dentro de sus parámetros culturales. Lo que me ha extrañado es que lo desconozcan o lo desprecien las autoridades italianas que han recibido al mandatario islámico tapando sus obras de arte, su orgullo patrio, su seña de identidad, su cultura milenaria por miedo a ofender no sabemos muy bien el qué. Jamás pensé que el arte y la cultura pudiera ofender a un pueblo, por muy inculto que fuera, que no es el caso precisamente de Irán.

De hecho, no lo hace. Es la tontería la que ofende a los tontos y, como últimamente andamos con demasiado stock acumulado, asistimos a payasadas circenses como la representada esta semana durante la visita del presidente iraní a la llamada Europa occidental, una tierra fértil de “vicios acumulados” donde no hay segregación por sexos, ni los padres pueden entregar en matrimonio a sus hijas menores de edad a un hombre 40 años mayor, ni se encarcela a mujeres por supuestos adulterios, ni se las azota por no ir lo suficientemente tapadas, y donde al saber vivir no le llamamos “corrupción sobre la tierra”, como mucho nos desmelenamos y apostamos por la dolce vita. El miedo, aunque sea a ofender, nos hace cobardes y así está el mundo, corriendo de un lado para otro, huyendo unos de otros , cuando no todos de todos.

Justo cuando pensábamos que no cabía un tonto más ni mucho menos un descerebrado nuevo, el gobierno italiano decide tapar con vulgares tablas de madera las esculturas de los Museos Capitolinos de Roma por temor a que la visión de tanta belleza y tanto arte dañara los delicados ojos del invitado y le provocara un desprendimiento de retina o un derrame cerebral, aunque que para esto último, me han dicho que hay que tener cerebro. Lo hicieron como gesto de respeto, ignorando que el respeto se gana, no se impone como lo hizo la delegación iraní y lo consintió el gobierno italiano. Menos mal que nadie decidió ofrecer una lapidación pública de mujeres en la Plaza Navona o colgar a lo largo de Campo Marzio, especialmente en Via del Corso, a los homosexuales de los árboles, como señal de bienvenida al líder islámico para que se sintiera como en casa. Todavía tenemos cosas que agradecerle a esas mentes elegidas que gobiernan países.

Pero la pasta es la pasta, y más en Italia, donde lo es por partida doble, y han aplicado aquello de ojos que no ven, corazón que no siente. Claro que también podían haberle tapado los ojos al presidente de Irán, en solidaridad con su pueblo, ya que así experimentaría en piel propia lo que sienten las personas que son ahorcadas, lapidadas y condenadas a muerte en su país. Eso sí hubiera sido un sentido homenaje en busca de esa sensibilidad iraní a modo de justificación de la que hablaba el comunicado del gobierno italiano.

O algo mejor: si tenían que tapar las obras de arte que algunos han dado en llamar estatuas desnudas, lo podían haber hecho con más criterio diplomático y para que el presidente de Irán se sintiera como en casa, en vez de taparlas con cubículos de madera desnudos y tristes a modo de almacén de Ikea, podían haber colocado a modo de lona grandes fotografías de las personas que aguardan ser ajusticiadas en Irán por delitos inexistentes en una sociedad democrática que se precie. Eso sí que hubiera sido respeto a la cultura iraní y a su pueblo.

Para Virginia Woolf pensar era su forma de luchar. En Italia esta semana, han pensado poco y no han luchado nada. “Respeto a la cultura y la sensibilidad iraníes”, intentaba explicar el comunicado del gobierno italiano. Y dale con prostituir el término cultura. La lapidación, la pena de muerte, la ablación, el ahorcamiento de homosexuales, la flagelación pública, la amputación en caso de no cumplir leyes como la que prohíbe el consumo de alcohol… toda esa basura no tiene nada que ver con la cultura, ni mucho menos con la sensibilidad. Un país que mata, humilla y persigue a sus súbditos por caprichos irracionales que solo se aplican al común de los mortales pero nunca al poder, no tiene sensibilidad en ninguna parte del cuerpo, ni en la cabeza ni en el corazón , ni en el lugar por donde amargan los pepinos. Sensibilidad cero. Cultura cero. Tontería, infinita, sin límites…

Pero la República Islámica de Irán se va a dejar 17.000 millones de euros en Italia y otro tanto en Francia, y frente a eso, si hay que tapar la Fontana de Trevi, suspender la vida en el Trastevere o cerrar la Vía Apia, pues se hace, todo sea por la cultura.

Ocultar la cultura de los pueblos es el comienzo del fin porque lo que realmente se está haciendo es intentar borrar su pasado. No hay mejor forma que de anular la historia de un pueblo o de una persona, que destruyendo su pasado, dejándolo huérfano de referentes, recuerdos, en definitiva, de vida, de experiencia. El pasado es nuestra particular fábrica de sentimientos y de identidad.

Es curioso que cuando el descerebrado de turno se empeña en autoproclamarse salvador del mundo siempre empieza por destruir el pasado de aquel pueblo que quiere salvar. En la guerra de Bosnia, de lo primero que se bombardeó el 25 de agosto de 1992 , a las 21:00 horas, fue la biblioteca de Sarajevo y no por capricho ni estratégica bélica, sino porque allí residía el germen del pueblo que Slobodan Milosevic, de profesión, según él, poeta, quería hacer desaparecer. Aquella Biblioteca era un símbolo, no del pueblo bosnio, sino de la convivencia pacífica entre musulmanes, cristianos, judíos y ortodoxos, un lugar donde confluían todas las culturas independientemente de la religión que profesaran. Eso fue lo que destruyó, además de millones de publicaciones, obras de arte y manuscritos únicos. Incluso en lo que fue la provincia 51, la última colonia española en tierras africanas, en el Sáhara español, en el Villa Cisneros español que hoy es la ciudad de Dajla marroquí, lo primero que destrozaron las tropas marroquíes en 2004 fue el Fuerte español de la ciudad, levantado en 1884 bajo las órdenes de Emilio Bonelli, militar enviado por Cánovas tras los acuerdos de Berlín. Ese Fuerte no solo representaba una importante muestra de la arquitectura de las fortificación del siglo XIX, sino que era lugar de encuentro del pueblo, centro de reuniones y de uniones culturales. La cultura siempre ha sido peligrosa, especialmente para los ignorantes. Menos mal que al presidente de Irán no se le ha antojado pedir la demolición del Coliseum, porque algún lumbrera hubiera accedido en señal de cortesía diplomática.

Mucho mejor han estado en Francia, donde ante las exigencias de la delegación iraní de no servir vin , han decidido suspender la cena de gala. Ante el “Ojos que no ven, corazón que no siente”, nada mejor que “ A quien no le guste, que no mire”. A grandes problemas, grandes soluciones.

La falta que nos hace a todos viajar un poquito. “Transmitid la cultura a todo el mundo, sin distinción de razas ni de categorías”,… pero como para explicarle a Rohaní quien era Confucio. Quita, quita. Mejor taparlo.Y mejor aún unirnos a la acidez irónica del cineasta francés Jean LucGodard : “Lo que quiero sobre todo es destruir la idea de la cultura. La cultura es una coartada del imperialismo. Hay un Ministerio de Guerra. Hay un Ministerio de Cultura. Por lo tanto, la cultura es la guerra”.