Trophy kids refleja el comportamiento extremo de algunas familias con sus hijos deportistas, que en muchos casos no se diferencia del acoso.

Una de las imágenes que quedan grabadas después de leer Open, la aplaudida biografía de Andre Agassi escrita -aunque no firmada- por J. R. Moehringer, es la del ‘Dragón’: un artefacto diseñado por su padre. El pequeño Andre pasaba horas enfrentado a él en el patio de su casa, al sol del desierto de Las Vegas. La bestia mecánica no escupía fuego sino pelotas de tenis, y el futuro número 1 las devolvía una tras otra durante horas y horas, un día tras otro. Nadie restó nunca mejor que Agassi, claro, a costa de acabar odiando el tenis para siempre -o al menos eso cuenta él-. El papá de Agassi bien podría integrar el elenco del documental ‘Trophy kids’ (disponible en Netflix), una galería de padres que exprimen a sus hijos de forma cruel en su propio beneficio. “No se puede ser deportista de élite y una niña”, proclama el padre y entrenador de una de las protagonistas. Por supuesto, entre esas dos opciones él se queda con la deportista.

Derek Biale destacó muy pronto como tirador en la cancha de baloncesto, de ahí que su padre se jacte de haber invertido en él mucho dinero; en sus propias palabras, “el precio de dos Lamborghinis”. Eso incluye 20 o 25 pastillas diarias de glutamina, “un poco de esto y de aquello” para poder pasar de 1’90 metros: “Si se queda en 1,78, no irá a ninguna parte”. En el fondo, el joven Derek sospecha algo: “Mi padre haría cualquier cosa por mí, pero a veces creo que lo hace sólo por su propio interés”.

La madre de Blake y Tanner también sostiene que lo hace todo por sus gemelos, aunque unas fotos de ellos, aún bebés, rodeados de pelotas de tenis la desmiente al instante. “He hecho un compromiso con Dios para que sean los número 1 del mundo en dobles”, explica la entrenadora, que también asegura que sus hijos resuelven directamente con el cielo los problemas que les van surgiendo.

El padre de Amary Avery está convencido de que ha “creado una buena golfista”. La puso a jugar con tres años y cree que un padre nunca presiona demasiado a su hijo. Lo explica en términos mercantiles: “La clave es dejar que beba de tu sueño, de tu ambición. Si consigues que tu hijo compre lo que vendes, lo habrás conseguido”.

Algo así cree el padre de Justus, receptor de fútbol americano. Atiborra a su hijo a creatina y le somete a una disciplina castrense para compensar los mimos de su exmujer, que amenazan con afeminarle. “Quiero que me recompenses el tiempo que te dedico”, le grita sin ambages.

Una cámara acompaña a todos ellos a entrenamientos y competiciones. Sorprende la naturalidad con la que actúan los padres: reprenden con dureza a sus hijos por el menor detalle hasta hacerles llorar, se comportan de forma vergonzosa en las gradas, insultando a rivales, árbitros y entrenadores… Y venden continuamente el fracaso como amenaza en lugar del éxito como recompensa.

A camino entre el documental y el ‘reality show’, y con un metraje algo estirado, Trophy Kids sugiere en un par de momentos que estas situaciones pueden considerarse acoso en toda regla, como el que viven los jóvenes en la escuela o el instituto. Sin embargo, no profundiza en ellas más allá de algunas escenas dignas de esos formatos de telerrealidad. Como esa en la que en padre de Amary Avery explica el éxito de una pequeña jugadora japonesa que marcha por delante de su hija en un torneo: “Los japoneses golpean así a la bola porque les pegan en el culo. Eso en América está prohibido. Tiger Woods es tan bueno porque en los setenta podías pegar a tu hijo en el culo y no ibas a la cárcel”.