“Si hay que ir se va, pero ir pa’ na’ es tontería”. El humorista José Mota hizo célebre esta frase en un sketch ante la duda de un socorrista por realizar o no un rescate. Al ecosistema fintech le sucede lo mismo. Necesita una regulación, pero de momento va muy lento. Y en este caso “sí hay que ir”, no se puede seguir esperando ante la avalancha de empresas que ofrecen servicios financieros a través de internet.

El mundo financiero sufre una revolución. Concretamente una revolución tecnológica que ha hecho que los grandes bancos vean competencia donde antes no la había. O incluso, como los sistemas de pago móvil, que se encuentren como actores secundarios sin terminar de coger el paso.

La financiación es otro nicho donde los bancos han encontrado en la tecnología e internet otro rival. Uno de esos player del ecosistema fintech, y que tiene gran vocación social, es La Bolsa Social, una startup que financia empresas con la particularidad de que deben producir un impacto positivo constatable en la sociedad y el medio ambiente.

¿Cómo se consigue pasar ese filtro? El director general de La Bolsa Social, José Moncada, cuenta a SABEMOS que hay una serie de pasos hasta que se da el visto bueno a una empresa. Para ellos es fundamental que “tenga un buen modelo de negocio ya probado y que esté facturando”. También valoran que tenga potencial de crecimiento. Y por último, cuenta Moncada, en la primera fase de filtro la empresa seleccionada “debe tener un impacto medioambiental que sea medible y que tenga la intencionalidad”. Pero sobre todo, y para que no se escape a su filosofía, lo importante es que se pueda medir.

El segundo paso que se da tiene que ver con la información de la empresa, tanto contable como financiera. Destaca Moncada que esta fase es igual de importante. Se trata de conocer perfectamente a la empresa que solicita la inversión. Por último, y con diversos expertos con los que cuenta La Bolsa Social, se lleva a cabo un análisis detallado con el que determinan si la empresa está dentro de sus parámetros.

Especializarse o morir

Las grandes entidades financieras son como un T-Rex que puede con todo. Pero ya demostró Jurassic Park que los velociraptor, pequeños y ágiles, pueden ser mucho más letales. Esa es la filosofía que parece impregnar el ecosistema fintech. Además, por propia definición -y recursos económicos- deben centrarse en nichos concretos.

Por ello La Bolsa Social apuesta por ser la primera plataforma en España de crowdimpacting: el crowdfunding de los inversores y las empresas con impacto social positivo. Así, en octubre de 2014 se gestó la idea de este proyecto con el fin de ser un agente activo de la transformación ética de la sociedad y las finanzas.

La idea para el director general de La Bolsa Social estuvo clara: “La especialización dentro del segmento fintech es un buen inicio, lo que no se puede pretender es hacer todo a la vez”. Según los datos que maneja José Moncada, el segmento de la financiación participativa en Europa movió en torno a 3.000 millones de euros el año pasado, y se espera que a finales de este año se haya duplicado.

Ante esta expectativa parecen clara dos cosas: la primera es que hay mercado posible para hacer negocio, incluso aunque se acoten las empresas a las que financiar. Y la segunda es que precisamente esa diferenciación es la que marca un modelo de negocio.

Regulación sí, pero adecuada

La cantinela con respecto al entorno fintech es muy parecida. Se necesita una regulación de forma urgente. Pero una regulación que se adecúe al mercado. Muchos players del sector temen que se pueda regular imitando ciertos patrones del mundo analógico, y al final no beneficie a nadie.

Desde La Bolsa Social no tienen esas preocupaciones, dado que el Consejo de la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) ha autorizado a la empresa como plataforma de financiación participativa. Concretamente se trata de la primera plataforma de equity crowdfunding o crowdinvesting que se autoriza en España de acuerdo con la Ley de Fomento de la Financiación Empresarial, ley que establece un nuevo marco jurídico que regula la financiación participativa en sus modalidades de crowdinvesting (inversión en capital) y crowdlending (inversión en préstamos).

De eso está muy orgulloso José Moncada. Y además presume de ello. También deja muy claro que, al contrario de lo que sucede en otras áreas, como puede ser la de microcréditos al consumo a través de internet, la financiación participativa tiene una regulación propia.

No obstante, es consciente de que “es necesario que haya una regulación adecuada del fintech, y eso es un poco frustrante, porque el diálogo con el regulador no es del todo fluido”. Piensa que los organismos públicos no se han dado cuenta del todo de la importancia que está adquiriendo el fintech. Cree, por otra parte, que se necesita un marco jurídico que también sea adecuado, ya que en estos casos se trata de inversión económica y dinero, y eso debe estar protegido.

Todo siempre con un matiz: que sea la adecuada. Y es que muchos actores del sector tienes ese pequeño temor de que haya una legislación que no se corresponda con el avance tecnológico.