De todos es sabido que la crisis económica ha favorecido la “proliferación” de nuevos emprendedores, algunos por vocación porque realmente habían detectado oportunidades de negocio y nichos de mercado sin atender, y los otros -desgraciadamente la gran mayoría-, por necesidad, intentando más bien conseguir auto-emplearse y, si tuvieron suerte, desarrollar una microempresa.

Por: Sébastien Chartier | @SebChartier

En este momento de flaqueza y debilidad financiera, en el que el tejido empresarial español se estaba desmoronando, los que quisieron atreverse a lanzarse por su cuenta gozaban de algunas ventajas: era fácil apretar a cualquier proveedor y negociar todo a la baja (alquiler de oficinas, subcontratación de servicios…), había una sobreoferta de talento cualificado a un precio más que razonable, lo que les permitía formar equipos con grandes profesionales; y a pesar de la dureza de encontrar clientes, si lograban sobrevivir a esta época de vacas flacas, lo iban a tener mucho más fácil en el futuro cuando se recuperase nuestra economía, y por lo tanto su crecimiento se vería en teoría asegurado.

Nuestros “grandes e ingenuos” políticos, viendo la ventaja que podía representar la creación de empresas como remedio parcial a las dramáticas cifras de parados, no dudaron un minuto en considerar a los emprendedores como si fueron “héroes” (ya por fin salíamos de la imagen nefasta del empresario villano y explotador que tanto tiempo marcó la mente de la mayoría de los españoles). De esta forma empujaron a cualquiera, y particularmente al colectivo joven, el más perjudicado por la crisis al no tener oportunidad de entrar en el mercado laboral, a convertirse en autónomo e incluso a lanzar su propia compañía. No pararon a preguntarse si realmente todos podían convertirse en emprendedores de éxito, si contaban con la mínima formación adecuada para asumir estos riesgos, cuantos iban a fracasar y arruinarse, o si con sus políticas de “alfombra roja” y medidas de apoyo al emprendedor, estaban verdaderamente dándoles un soporte tan necesario para arrancar y asegurar un ecosistema empresarial favorable. Con tal de resolver a muy corto plazo uno de los principales traumas de España (la tasa de paro llegó a superar el 26%), cualquier mejora en este sentido justificaba su acción peligrosa.

Y, desgraciadamente, ocurrió lo que se veía venir: la gran mayoría de las iniciativas emprendedoras que se gestaron justo al empezar la crisis han desaparecido porque no tenían razón de ser o porque ya venían con errores de base: no satisfacían ninguna necesidad, no aportaban valor, no eran viables… y porque, además, se les olvidó contar la tremenda realidad: emprender es tema de valientes y, desgraciadamente, más del 80% de los proyectos fracasan antes de cumplir los 3 años.

Hoy en día, emprender está “guay” por una serie de factores: influencia por parte de la sociedad, por la “presión” gubernamental y sus campañas para estimular a los más jóvenes, por las miles de noticias relacionadas con el emprendimiento que han difundido los medios de comunicación y porque todavía representa una alternativa clara al paro y la necesidad de salir de esta situación económica compleja. No seré yo quien me queje de este fenómeno de moda, porque justamente durante mucho tiempo lamentábamos ser un país con poco espíritu emprendedor, y las cosas en este sentido han cambiado de una manera positiva. Soy un apasionado defensor del apoyo al emprendimiento, de que hay que ayudar a la gente a cumplir con sus sueños empresariales y su ambición, en la necesidad de innovar y reinventarse continuamente, y apoyo que hay que seguir por esta vía, pero no a cualquier precio. Es imprescindible adecuar el discurso a la realidad del emprendedor y dejar de frivolizar con esta palabra. Hay que asociar los riesgos, desmitificar el fracaso y tener en cuenta desde el inicio que puede ocurrir, explicar lo duro que es, la motivación y algunas dotes que se necesitan para llegar al éxito.

En el ecosistema empresarial español quiero seguir contagiando el emprendimiento y la innovación, quiero mostrar que con inteligencia, sentido común, esfuerzo, ingenio y talento uno puede lograr cualquier objetivo y meta que se fije. Se puede triunfar independientemente de la idea a desarrollar, el sector elegido, el ecosistema en el que te encuentres y el capital con el que cuentes al principio para crear la compañía.

En España tenemos magníficos ejemplos de emprendedores y empresarios que han logrado grandes éxitos y han superado retos inimaginables en sus orígenes. Amancio Ortega es uno de ellos. Ha llegado a ser el hombre más rico del mundo en menos de 40 años y sin financiación de terceros. María José Marín, CEO de weareknitters.es, es un ejemplo de emprendimiento con un excelente proceso de internacionalización en tan solo 3 años. Vende en España, Alemania, Francia y Estados Unidos, entre otros países.

Este año quiero seguir contagiando el emprendimiento, pero sin tratar de insistir y de animar a todos los profesionales a que emprendan, lo que persigo es motivar a aquellos que realmente sienten la “llamada” del emprendimiento y, en ese caso, mostrarles la importancia de llevar a cabo sus ideas y proyectos de forma profesional y organizada, así como motivarles a pensar a lo grande y llevar sus iniciativas más allá de nuestras fronteras, dando un carácter global a sus proyectos.

Sébastien Chartier, Co-fundador de Salón MiEmpresa