Preferiríamos utilizar autoeliminarse , en reflexivo, aunque sólo fuera como cortesía o deferencia hacia dos líderes políticos, de los cuales uno, Rajoy –con más sombras que luces, pero de trayectoria larga-, ha conquistado ya el derecho a un párrafo en la Historia de España, aunque sea crítico; y el otro, Sánchez, aún en los balbuceos de su carrera, pero habiendo dado ya suficientes signos de ineptitud y ego desmesurado como para privarle de ese privilegio. Al menos, en esta fase sobrada de su trayectoria.

Sería la única razón por la que usaríamos el concesivo verbo que abre este editorial.  Y lo mencionamos, a pesar de hallarnos presos hasta el hartazgo de un escepticismo absoluto sobre la posible grandeza moral de esos dos personajes -a los que los españoles han dicho alto y claro en las urnas que no los quieren en el timón del Estado- que les empuje a echarse a un lado. Y propiciar así una solución acorde con el interés general, cuya urgencia es ya un clamor en la calle.

¿PP Y PSOE SON JUGUETES PERSONALES?

Ponerse en lo peor a ese respecto es lo pertinente, en vista de cómo ambos han maniobrado desde el 20-D. Serían, pues, sus respectivos partidos los que deberían tomar a la ciudadanía lo suficientemente en serio como para cortar por lo sano los papeles de ópera bufa que ellos se han montado, guiados por un patético afán de agarrarse al sillón del poder que el reciente escrutinio ha rehusado a ambos. Porque lo cierto es que, en su estúpido juego de quítate tú que me pongo yo, ambos han superado ya los retruécanos cómicos de Aquí no hay quien viva para acercarnos peligrosamente a los abismos que encierra una tragedia griega. De las de antes de Cristo, y de la que ahora significa para el pueblo heleno su conducción por una clase dirigente repleta de impresentables.

¿Estamos en la misma tesitura que los compatriotas de Tsipras? Si el cielo o el averno no lo remedian, todavía podemos empeorar en breve, y ver en grave riesgo los primeros anuncios de una recuperación económica que han aflorado durante el último año.

Corresponde a los responsables del aparato de la calle Génova, a los jerarcas regionales no sumisos al dirigente gallego, al think tank FAES y a su presidente, José María Aznar, dejar claro a Rajoy que el mayor servicio que puede prestar a España y a su propio legado es proponer otro nombre –joven, limpio y respetado hasta por los medios de comunicación- para presidir la experiencia de un Gobierno de consenso. Un nombre que Pedro Sánchez no pueda incluir en ese veto a cualquier figura del PP para presidirlo, que ha repetido en público hasta la saciedad.  Presionándole, preferiblemente, en la intimidad. Pero, si se muestra impermeable, iniciando una labor de pública persuasión destinada a mostrar a los ciudadanos que el PP es, en verdad, un Partido para el cual, al final y pese a tantas zafiedades dejadas en el camino, el bien común es prioritario.

ES UNA ASPIRACIÓN MAYORITARIA

Porque estamos convencidos de que, en cuanto se produjera esa concertación  –que podrían convenir discretamente los hombres puente que se mueven entre las dos formaciones-, el Comité Federal del PSOE obligaría a Sánchez a olvidar, al menos por el momento, ese  codiciado sillón de La Moncloa y a cerrar el acuerdo a tres bandas –PP, PSOE, C´s- que exige una mayoría creciente de la nación. Como la encuesta de El País difundida el sábado ha mostrado, negro sobre blanco.

En la misma encuesta se recoge cómo la figura de Albert Rivera para encabezar un Gobierno, limitado en el tiempo y con objetivos pactados, firmados y rubricados, crece a diario entre los españoles. Tales objetivos serían: reforma de la Ley Electoral, puntos a retocar de la Constitución y cómo encarrilarlos, medidas de justicia social cuya exigencia es ya un clamor popular,  propuestas serias destinadas a encajar nuestra estructura territorial -por una larga temporada, ya que nunca habrá nada definitivo en este capítulo-, y medidas radicales sobre los respiraderos legales por los que se cuela la corrupción, además de la depuración de la que resta  pendiente.

Mientras, van menguando los demás nombres que se barajan. Teniendo en cuenta que C´s es la tercera fuerza en papeletas –aunque la Ley d´ Hondt haya favorecido a PODEMOS dándole un diputado más, con menos votos populares-, estaría perfectamente justificado ese acuerdo.

Influiría, sin duda, en la evolución futura del centro-derecha español. Pero pensamos que sería para bien, porque facilitaría un suave relevo generacional en el que Mariano Rajoy podría dejar la impronta que le corresponda por su aportación. Y ese relevo se produciría en un ambiente dedicado a construir, y no a la destrucción y al revanchismo.

DOS POSIBILIDADES BUENAS PARA SÁNCHEZ

El año de vigencia mínima, correspondiente al Presupuesto ya aprobado, más tal vez algunos meses de prórroga si las tres partes lo ven conveniente, le serviría a Pedro Sánchez –que seguramente obtendría un refrendo congresual de su Partido por haber demostrado talla y sentido de Estado en el sacrificio- para alcanzar ese respeto de sus compatriotas, tanto de fuera como de su Partido, que nunca ha llegado a conquistar.

Aunque hoy pueda pensar que el sectarismo puro y duro reditúa más, la realidad le está demostrando que se equivoca. ¿Recordaría, si se lo sugerimos, cuando su maestro Felipe González, en el XXVII Congreso del PSOE, presentó su dimisión al frente del Partido para poder llevarlo a la modernidad, renunciando al marxismo como principio ideológico? Algunos lo calificaron de  “maniobra táctica”, pero nadie pudo negar que pareció un rasgo de grandeza inédito. Significó el mayor arrastre de voluntades propias y ajenas para apoyar un proyecto que se hubiera visto hasta entonces. Y que nadie ha igualado desde entonces.   

Tal vez sea esa la única fórmula por la que Sánchez pueda forzar una segunda oportunidad para entrar en la Historia a lo grande, pues la primera, le guste o no, ha pasado de largo, o servirá para arrojarle al pudridero político.

Pensamos que para nada debe temer la reacción de Pablo Iglesias, sus misacantanos –podemitas, mediáticos, o combinando ambas cosas, que de todo hay-, ni los aullidos que peguen Maduro o el ayatolá Jamenei. Durarán lo poco que tarde en que el favor popular se vuelque en ese primer proyecto  de sacar adelante entre todos el país, sin que nadie renuncie a su ética ni a la ideología.

Porque en las manos de Iglesias estará proponer a sus pares formar parte de ese Gobierno, llamado a dar a España un impulso definitivo de modernidad. Estamos convencidos de que Rivera aceptaría encantado verse flaqueado por dos vicepresidentes iguales de los partidos mayoritarios, que podrían integrar asimismo el Gobierno en condiciones de paridad.

La alternativa de Sánchez, igualmente válida, sería mantenerse fuera de la Administración como el Gran Hermano que todo lo ve, vigila y denuncia en caso de incumplimientos significativos de las otras partes, armado con ese gran garrote que significa la posibilidad de dejar en cualquier momento a los felones en minoría parlamentaria, obligando a convocar nuevas elecciones en una coyuntura en la que el único candidato con talla de Estado a los ojos de todos sería él: Pedro Sánchez.