El analista Luis Magallón ha clasificado las encuestas pre-electorales mediante los siguientes criterios:

1. ¿Publica la intención directa de voto? 2. ¿Publica algún análisis realizado por un responsable de la encuesta? 3. ¿Publica el cuestionario? 4. ¿Publica la ficha técnica? 5. ¿Se publican cruces entre diferentes variables? 6. ¿Se puede entrar en los datos primarios? 7. ¿Se comparan los datos con los de anteriores encuestas? 8. ¿Se sabe el coste de la encuesta? 9. ¿Se publica “la cocina”? 10. ¿Existe alguna institución que evalúe la calidad de esa encuesta?

Otorgando un 1 a cada respuesta afirmativa y un 0 a cada contestación negativa, Magallón llega a las siguientes calificaciones:

El de Magallón es un indicador a tener en cuenta, sobre todo ahora que los medios nos atosigan con las encuestas electorales. Además, en la noche electoral las empresas demoscópicas se sumergen para, tras el naufragio, salir del agua tan rozagantes como la Venus de Botticelli. Pero hay más:

Conviene recordar que el aleatorio es el único sistema que permite calcular los errores de muestreo y estas encuestas publican errores de muestreo sin ser aleatorias.

¿Qué es una muestra aleatoria? Una muestra es aleatoria si, y sólo si, se conoce a priori la probabilidad que tiene cada unidad del universo de pertenecer a la muestra, pero conocer esa probabilidad es, económicamente, muy caro. En España, aparte de los trabajos muestrales realizados en el laboratorio (por químicos, físicos, biólogos…), prácticamente sólo el INE utiliza muestras aleatorias con objetivos sociales, vale decir: demográficos, sociológicos, económicos… Todas las encuestas pre-electorales carecen de esa condición y, por lo tanto, no se pueden calcular los errores de muestreo. Un engaño doble, pues ni el error de muestreo se puede calcular ni la encuesta tiene solo un error de muestreo, pues éstos hay que obtenerlos para cada “casilla” de los cuadros estadísticos. Por ejemplo, si se trata de estimar el porcentaje de votos que van a obtener los distintos partidos, no es el mismo error de muestreo el que se produce en un partido colocado en torno al 40% de los votos válidos que en otro cuyo porcentaje es del 5%.

Por otro lado, la fiabilidad de las estimaciones muestrales baja como el termómetro en invierno cuando se trata de opiniones o intenciones de los entrevistados.

Las cosas no mejoran, sino todo lo contrario, si en lugar de enviar a la calle o a los domicilios al entrevistador, éste llama por teléfono a los entrevistados. Pues bien, todas las empresas demoscópicas, menos el CIS, hacen las entrevistas por teléfono. La encuesta telefónica sale, desde luego, mucho más barata, pero añade muchos inconvenientes a la hora de recoger la información.

Son, a mi juicio, dos factores los que impulsan la producción de encuestas de intención electoral: 1) el afán de “adelantar acontecimientos”, síndrome periodístico por antonomasia, y 2) las ganas de influir en los resultados. Como es sabido, casi todas las empresas demoscópicas viven “pegadas” a algún medio de comunicación y sus estimaciones siempre “tiran para casa”, es decir, sobreestiman sistemáticamente los resultados a favor de la ideología política de cada medio contratante, lo cual haría enrojecer de vergüenza a cualquier profesional de la estadística.

Pero, ¿aciertan o se equivocan?

Los porcentajes de errores (la estimación menos la realidad electoral dividido por esa realidad y multiplicado el resultado por 100) respecto a los escaños de cada partido, en datos que fueron suministrados respecto al 20 de diciembre de 2015 por una de las más prestigiosas empresas demoscópicas, fueron los siguientes: PP (8,9%), PSOE (12,3%), Podemos (33,3%), Ciudadanos (15%), IU (130,0%). Con tales fallos cualquier echadora de cartas se quedaría sin clientes.

El analista Kiko Llaneras, que trabaja con las predicciones que hacen las diferentes empresas, mediante un modelo sofisticado (para entendernos, medias ponderadas), llega a una estimación, lógicamente, más acurada. Tomando el punto medio del intervalo estimado por Llaneras, los errores fueron: PP ≈ 0%, PSOE 5,6%, Podemos 44,9%, Ciudadanos 35%. Lo cual tampoco es para tirar cohetes.

Una solución “imaginativa” para acabar con este baile sería la de un “impuesto por error”, de suerte que la empresa que hace la previsión pagara al fisco (es decir, a todos los engañados) 100.000 euros por cada punto porcentual de error. Así, los medios se tentarían la ropa antes de inundar con estas manipulaciones las portadas de sus periódicos.