“Las acciones de los hombres son las mejores intérpretes de sus pensamientos”. Lo dijo James Joyce hace casi un siglo pero, de estar vivo, lo podría haber dicho hace unas horas para explicar la sesión constitutiva del Congreso.

Esta semana se han cumplido 75 años de la muerte de uno de los grandes revolucionarios y polémicos autores del siglo XX, James Joyce. La publicación de su novela Ulises le costó sangre, sudor y lágrimas a Sylvia Beach, propietaria de una de las librerías más famosas del París de los años 20, “Shakespeare &Co”, que a pesar de las críticas de algunos de sus correligionarios, como la de la propia GertrudeStein, madame de aquella vanguardia cultural- que incluso prohibió pronunciar en su casa el nombre de James Joycea riesgo de ser expulsado-, consiguió que el libro de las pastas azules viera la luz mientras era prohibido en países como los Estados Unidos o Reino Unido. Todo un logro.

De Ulises el propio Joyce reconoció haber puesto “tantos enigmas y acertijos que la novela mantendrá ocupados a los profesores durante siglos, discutiendo acerca de lo que quise decir. Esa es la única forma de asegurarse la inmortalidad”.

Viendo como se ha inaugurado la nueva legislatura en el Congreso de los Diputados, me temo que muchos han querido hacer lo mismo, protagonizar todo tipo performances, comentarios y demás circos para que nos pasemos la semana pensando, hablando y debatiendo sobre lo que han querido decir.

Como dijo James Joyce, “ya que no podemos cambiar de país, cambiemos de tema”.

Y hemos tenido temas donde elegir. Ha habido de todo, como en botica: charangas, bicicletas, modas capilares algo pasadas de moda, piojos… pero quien se ha llevado todas las miradas acompañadas de comentarios, y no precisamente positivos, ha sido un bebé que imagino que estaría más perdido que un pulpo en un garaje.

La diputada de Podemos, Carolina Bescansa, se llevó a su bebé al escaño, según ella, para hacer visible la problemática de las madres trabajadoras que no saben donde dejar el niño y algo dijo también sobre la conciliación. Hubiese estado bien que hubiese visualizado la guardería que tiene el Congreso donde van tanto los hijos de los políticos como de los periodistas y del resto de trabajadores del Hemiciclo. Pero como suele decir una máxima en periodismo, “no dejes que la verdad te estropee un buen titular”. Lo único realmente visible de toda la puesta en escena, un tanto gratuita, nada casual y mucho menos reivindicativa, es que el niño es un bendito, porque no lloró ni una sola vez en las más de cinco horas que tuvieron al bebé en el lugar más inapropiado para un niño, ni siquiera berreó cuando iba pasando de mano en mano como si fuera una pelota, y lo mismo acababa en brazos de un Iglesias que no sabía ni cómo cogerlo, que de un Errejón que le miraba sin querer verle, que de cualquiera que pasara por ahí. Menos mal que no pasó nada, que su madre no sufrió ningún traspié a la hora de ir a votar, de subir y bajar la escaleras, porque, y no es broma, podríamos haber tenido un serio disgusto.

Resulta curiosa la obsesión que les ha entrado a algunos por visibilizar la realidad, como si el ciudadano de a pie tuviéramos problemas para verla, entre otras cosas, porque somos nosotros quienes las vivimos realmente, y no hace falta que ellos nos las cuenten. Ya puestos a visibilizar, podían haber visibilizado a la cuidadora que siempre va con la diputada para ocuparse de sus hijos, pero eso hubiera sido demasiado real. El riesgo que tienen estos gestos más circenses que reales es que visibilicen otras realidades, las auténticas, las de verdad. Quizá por eso, a las pocas horas de la performance, actuación, espectáculo, llámenlo como quieran, se hacía viral un mensaje que contaba la auténtica condición personal y financiera de esta diputada a la que no le hacía falta recurrir a estos circos y que en ella, a ojos de los que sufren realmente esa situación, les resultaba, cuanto menos, burda.

Así lo ha considerado una madre, Laura Robles, que ha colgado un mensaje en su Facebook para afearle el gesto falso y demagogo a Bescansa. “Usted no es mas que yo, ni ha parido a su hijo de forma diferente a la que yo haya parido a los míos. Mis hijos llevan en la guardería desde que tenían 16 semanas, guardería que pago, porque las subvenciones se las dan a las que no trabajan, cosa que no entenderé jamás. ¡Organícese como hacemos todas! Es usted una impresentable y cada día me convencen mas con sus actitudes que su partido está lleno de payasos”. Y añade: “No es que no me pueda traer a mi hijo al trabajo, sino que con solo colgar esta foto y traerme un muñeco me pueden suspender hasta de empleo y sueldo, pero aquí estoy jugándome el tipo para poder dedicarle estas palabras”. Eso es visualizar una realidad.

Visibilizar realidades es otra cosa. Es lo que ha hecho el padre de Dorian, un niño de 8 años enfermo de un cáncer terminal cuyo único sueño era ser famoso en China. Le hacía ilusión ser conocido en el país “con ese gran puente por el que camina la gente”, que solía ver en la televisión y que su padre le explicaba que era la Gran Muralla China. El padre pidió ayuda a través de las redes sociales para intentar movilizar a todos aquellos que pudieran ayudarle. La respuesta fue inmediata, como suele suceder cuando se hacen las cosas de verdad. Miles de personas respondieron a la petición y empezaron a subir fotos suyas tomadas en la Gran Muralla China para dedicárselas al joven Dorian, que por fin logró su sueño de hacerse famoso, no solo en China, sino en todo el mundo.

Eso es visibilizar una realidad y hacerlo de forma correcta, porque es real, porque sus protagonistas lo están viviendo de verdad, en carne propia, no recurren al teatro, no es mentira. Es la verdad que marca su realidad y por eso el mensaje llega, por eso emociona la petición y por eso el mundo reacciona como lo ha hecho con Dorian . Es lo que tiene la realidad, que siempre supera la ficción.