Bing Russell, actor como su hijo Kurt, plantó cara al ‘establishment’ del béisbol estadounidense en los años setenta, tal y como refleja The Battered Bastards of Baseball .

Kurt Russell, de actualidad estos días por su papel en The hateful 8, la nueva película de Quentin Tarantino, explica que su padre, Bing Russell, era un obrero de la actuación. Se puede decir que actuaba al por mayor, como otros van a la oficina. Su otra pasión era el béisbol. De niño, se propuso ser el primer jugador en ganar un Oscar, aunque no hizo carrera con el bate. Tampoco ganó la estatuilla, pero se hizo un nombre interpretando al oficial Clem en la mítica serie Bonanza durante 13 temporadas. Su breve pero nada leve huella en el deporte quedó plasmada en el documental ‘The Battered Bastards of Baseball’, dirigido en 2014 por sus nietos Chapman y Maclain Way (y disponible en Netflix). Como es de esperar, preside el relato un tono hagiográfico que sin embargo no resta interés a la historia.

Russell eligió Portland (Oregon), una ciudad  desconectada del béisbol. Tan poca gente acudía a ver al equipo local, los Portland Beavers, que en 1972 decidieron emigrar. Russell aprovechó para comprar entonces una franquicia de la Northwest League. Pero a diferencia del resto, decidió que la suya sería independiente, a la antigua usanza. No serviría de cantera a ninguno de los equipos de las grandes ligas. Era su manera de entender el béisbol, una visión romántica que chocaba con la estructura piramidal del sistema. Bing Russell y sus nuevos Portland Mavericks no rendían cuentas a nadie.

El escepticismo en la ciudad y en todo el béisbol profesional no paraba de crecer, más aún cuando Russell comenzó a reclutar jugadores barbudos y pasados de kilos que difícilmente habrían encajado en cualquier otro equipo. Incluso acabó fichando a una vieja gloria, Jim Bouton, de casi 40 años, al que el mundillo había convertido en un apestado por pisar varios callos en un libro titulado Ball Four. Pero los Mavs nadaban contracorriente.

La mejor forma de disipar las dudas, como siempre, es ganar. Los Mavericks ganaban y hasta batieron el récord de asistencia de las ligas menores. “No era como ser de los Yankees o de los Chicago Cubs. Portland experimentaba algo propio”, explica Kurt Russell en el documental. Tenían un perro que podía irrumpir en el partido en cualquier momento. Uno de los jugadores, Joe Garza, celebraba con entusiasmo cada vez que el equipo barría a un rival, y para ello cogía una escoba y hacía eso, barrer, para agitar al público. Pronto, los espectadores comenzaron a entrar a los partidos con su propia escoba. Y al final era habitual ver al propio Bing Russell dando la vuelta triunfal al estadio.

Lo que había empezado como una aventura estrafalaria, condenada al fracaso, comenzó a tomar otro cariz cuando la prestigiosa publicación ‘The Sporting News’ eligió a Russell ejecutivo del año. Les dedicaron páginas en ‘Sports Illustrated’, ‘The New Yorker’… Y Joe Garagiola les dedicó unos amplios reportajes en la NBC, lo que no sólo aumentó su popularidad a escala nacional sino que además le confirió prestigio.

En la temporada 1977 los Mavericks parecían encaminados al título -registraron el mejor porcentaje de victorias de todo el béisbol profesional-, pero cayeron en la final ante los Bellingham Mariners. Se habían convertido en un equipo incómodo y trataron de quitarles de enmedio. De repente, la liga reclamó su territorio para el regreso de los Portland Beavers. Pensaron que taparían la boca a Russell ofreciéndole 26.000 dólares, cinco veces más de lo habitual. Pero Russell les pidió 206.000. Un juez le dio la razón y, al menos, consiguió una compensación récord por dejarse borrar del mapa. Desde entonces, todos los equipos de las ligas menores tienen que estar afiliados a uno de las grandes ligas. Un blindaje a prueba de Bings Russells.