¿Acaso se creerá el fiscal Pedro Horrach que sirve a la estabilidad de España y sus instituciones actuando cual servil amanuense de los defensores de la Infanta Cristina en el llamado Proceso Nóos ? ¿Imaginará, quizá, que protege el presente y el futuro de la Corona –o incluso el reciente pasado, si se trata de servilismo hacia su padre, el retirado y más cuestionado cada día Juan Carlos I- poniendo a la Fiscalía del Estado en la picota pública con semejante papelón? ¿No es consciente de que con cada paso que da en esa dirección incorpora miles de ciudadanos a la masa de cabreados por sus repetidos gestos de auxilio a la encausada , insólitos y hasta estrafalarios dadas las tradiciones de su ministerio en España, tan a menudo tortuosas con el débil?

Alguien, con suficiente autoridad y de lealtad monárquica fuera de duda, debería decirle: ¡hombre de Dios, dedíquese a lo suyo, que es calificar, y permita seguir a la Justicia su curso, de manera tal que el esfuerzo de Felipe VI para prestigiar la Jefatura del Estado en la nueva etapa que inició su entronización consolide un reconocimiento mayoritario de los españoles,  que tan buen camino lleva!  Algún argentino que anduviera cerca añadiría si le dejaran: “¡Escuchá el consejo y no la joda más”

Cuanto se oye, desde hace unos cuantos meses, sobre  el apellido Horrach por calles, pueblos, plazas y hasta bares u otros lugares de ocio de España,  unido al juicio de esos desaprensivos de guante blanco que han metido las manos hasta el codo en los dineros de todos, debería mover a sonrojo a la parentela y a las amistades del fiscal. Al menos, a nosotros, en su lugar, nos abochornaría. Por mucho que  se atrinchere en unos argumentos forenses discutibles, y cada día más discutidos hasta por juristas de intachable conservadurismo. Y exponiéndolos, además, con la pasión -y casi diríamos que la desvergüenza, dado el cargo que ocupa-  de quien siente emociones personales agredidas, cuando lo que en realidad ocurre es que la sociedad exige cuentas a una potencial evasora de impuestos a gran escala.

Su ruptura con el juez Castro, amigo de años atrás, por no aceptarle la tesis de exonerar de rositas a la mujer y socia de Ignacio Urdangarín, para quien  se piden casi dos décadas de prisión por fechorías cometidas a través de una empresa-tapadera conyugal de cuyos beneficios se aprovecharon en igual medida, no tiene un pase. Ni en la forma ni en el fondo. Y, menos aún, el haberse dedicado -desde que la relación de ambos togados se quebró- a marear a los periodistas con sus tesis de que con esos mimbres no se puede sentar en el banquillo a la problemática princesa. ¡Llegó, en su surrealista visión de lo que es un acusador público, a intentar impedir que el juez Torres, a quien se hartó de dar caña, la llamase a declarar! ¡A declarar…!

¿A quién intenta amparar Horrach con esa actitud que ni siquiera entienden sus compañeros de oficio?. Salvo los del estilo de Ripoll, la abogada del Estado, teórica custodia también de nuestros intereses comunes, que osó burlarse de los contribuyentes tomando a solfa publicitaria lo de que “Hacienda somos todos”. Horrach compró encantado ese intolerable argumento  -hasta ahora protegido por la impunidad del silencio de los superiores de Ripoll- quizá movido por una convicción de  que la frase de Juan Carlos I, en pleno estallido del pastel Nóos, afirmando que “La Justicia es igual para todos” también sería una frivolidad para achantar a ingenuos mediante una campaña de eslóganes pretenciosos pero huecos. 

Hay que decirle a este taimado fiscal que si su objetivo último es parar el olor a podrido procedente de Palma en los bordes mismos del vestido de la infanta y evitar que afecte a quien gozó del afecto general de su pueblo, Juan Carlos I, el método que sigue es una cadena de errores. Lo que haya de salir en los meses que quedan de proceso irá saliendo. Sobre todo si hay huellas documentadas de que el monarca confundió en su crepúsculo ese amor con una patente de corso, se ponga Horrach como se ponga y cualesquiera que sean sus razones. Incluso aunque, cual un San Jorge de ópera bufa, finja rescatar a lanzadas a la rubia princesa de las fauces y garras de ese dragón que encarna una ciudadanía  hasta los mismísimos de la purria estafadora. Circule o no sangre azul por sus arterias y venas.

Lo único que los Horrach de turno lograrán haciendo el juego sucio al ladino Roca Junyent y sus compañeros de viaje será poner más difícil el trabajo de reconstrucción de una Monarquía tocada a este dignísimo y prometedor Rey Felipe que tenemos y a su inteligente esposa, la Reina Letizia. E incrementar su sufrimiento, a medida que actitudes tan equívocas como las del fiscal contribuyan a exacerbar la susceptibilidad de una nación que ya no va a pasar ni una en los próximos meses.