“El pueblo se inquieta al ver llorar, como si un sollozo fuera más grave que una hemorragia” . El escritor francés Marcel Proust, a quien le debemos nuestra enfermiza obsesión por ir En busca del tiempo perdido – tal y como rezaba una de sus más logradas novelas- así como su famosa magdalena como culmen de las metáforas literarias sobre la memoria involuntaria, tuvo buen ojo para describir el comportamiento humano y su complicado aunque previsible mapa de sentimientos.

Cuando Proust murió en noviembre de 1922, unos meses después de los disturbios raciales ocurridos en Tulsa, Oklahoma, en mayo de 1921 que se saldaron con una matanza de cientos de ciudadanos negros a manos de hombres blancos armados hasta los dientes y que en apenas 20 horas arrasaron con 35 manzanas de la ciudad, asolaron unas 1.300 viviendas, dejaron 800 personas heridas, 6.000 vecinos del suburbio de Greenwood detenidos y 10.000 negros desalojados de su propia comunidad, ni el escritor francés ni el mundo podrían imaginar que un día habría un hombre negro ocupando el Despacho Oval de la Casa Blanca y mucho menos que terminaría llorando durante un alegato a favor del control de armas. La vida y el tiempo suelen convertir la ciencia ficción en una realidad contemporánea a una velocidad asombrosa.

Barack Obama, el líder del mundo libre como tanto les gusta a los guionistas de la series estadounidenses referirse a su presidente, no pudo, no supo o no quiso evitar las lágrimas, y la congoja presidencial se hizo viral en todo el mundo. Unos se las han creído, otros no lo han hecho, y luego está ese gran hombre carismático llamado Donald Trump que cada vez que habla deja caer al suelo una neurona, y de ahí el estruendo que provocan sus infames declaraciones, y de ahí también el desierto de actividad neuronal que habita su cerebro, ya que el hombre no ha dejado de hablar, algo que la humanidad agradecería sincera y gratamente.

No sé si servirán de algo las lágrimas del presidente Obama. Quizá, como dijo Ingrid Bergman, “no se trata de llorar realmente, sino de que el público piense que estás llorando”. Y quizá por eso, solo por eso, valgan para algo más que para abrir informativos, ilustrar debates descarnados y alimentar Trending Topic. Sinceramente, lo dudo mucho. No es que tenga poca fe en el género humano, es que he tenido la gran suerte de vivir en Estados Unidos, y la realidad no da mucho margen para albergar muchas esperanzas. Hay dos cosas intocables para los estadounidenses: la pena de muerte y las armas. Y esa verdad con visos de ley natural incrustada en el código genético del estadounidense medio, no la cambia ni las lágrimas de un presidente de los Estados Unidos ni Rita la cantaora a bordo de la Millenium Falcon del universo Star Wars o del U.S.S Enterprise de Star Trek. La ciencia ficción tiene un límite y la tolerancia del ciudadano de Estados Unidos también.

Decía San Agustín que “las lágrimas son la sangre del alma”. El estadounidense de a pie prefiere la sangre a la lágrimas, y no precisamente del alma. Lo relató a la perfección Truman Capote en su A sangre fría, una ficción basada en hechos tan reales que sin pretenderlo creó una nueva nomenclatura dentro de la literatura, la llamada Nonfiction novel, la novela testimonio, a lo que muchos denominarontiempo después Nuevo Periodismo.

Nadie ha conseguido que los norteamericanos se bajen del burro y cuelguen sus armas de fuego. Saben que el precio electoral de algo así sería la propia presidencia y mejor no arriesgarse. Solo hay que recordar la felicitación navideña de una congresista de Nevada en la que aparecía con toda su familia armada hasta los dientes, aunque algunos de sus miembros, bebés de apenas unos meses, ni siquiera tenían. No tuvo ningún reparo en colgarla en sus redes sociales, apenas dos días después del ataque armado contra una clínica de planificación familiar donde se practicaban abortos. “Es responsabilidad de los americanos proteger América. Solo somos una familia normal americana”, explicaba la congresista en su Facebook.

El sueño americano va armado y no se despiertan de él aunque torne en pesadilla. Y de nada serviría decirles que “después de la propia sangre, lo mejor que el hombre puede dar de sí mismo es una lágrima” como preconizó el poeta francés Alphonse de Lamartine, porque en Estados Unidos de poesía y de franceses, entienden poco, ni ganas de hacerlo. Y menos útil resultaría que nuestro Lope de Vega les insistiera con aquello de que “no hay en el mundo palabras tan eficaces ni oradores tan elocuentes como las lágrimas”. La dramaturgia española tampoco es su fuerte.

Llorar no es malo. Puede incluso denotar inteligencia y alimentarla. Para Platón, “cada lágrima enseña a los mortales una verdad”. Lo que realmente asombra es que, tal y como tenemos el mundo, no nos pasemos el día llorando, a lágrima viva, sin parar de desangrarnos el alma: la hambruna que afecta a más de 400.000 personas en Madaya, cercada por el régimen sirio de Bachar al Asad, los ataques yihadistas que siembran de muertos la tierra, el cementerio humano de la Isla de Lesbos que alfombra el mar de cadáveres, las agresiones sexuales a centenares de mujeres en Colonia a manos, según la policía, de un millar de hombres con apariencia “árabe o norteafricana” y que algunos ya han identificado como refugiados, los mismos cuyas imágenes nos sobrecogieron apenas hace unos días, y que según la versión policial alguno no se cansaba de gritar: “Soy sirio, tenéis que tratarme bien. La señora Merkel me ha invitado”. El mundo se nos ha vuelto del revés de una patada en todo el estómago y nos deja sin respiración a diario. Y mientras esto sucede, aquí preocupados por cabalgatas de Reyes horteras que no deberían merecer más atención y que, sin embargo, llegan hasta el Financial Times. Y allí, en Alemania, fibrilando por la reedición de Mi lucha de Hitler. Ni que el personal necesitara ideas para dar rienda suelta a la violencia, la locura y la xenofobia.

“En esta vida hay lágrimas, y lo que importa, después de todo, es ante qué lloramos”. Lo escribió el filólogo y escritor chino, LinYutang. Y la humanidad lo refrenda casi a diario. Y sin el casi.