El partido de Pablo Iglesias obtuvo un gran resultado el 20-D en tierras vascas y gallegas, donde en otoño se celebran elecciones autonómicas. Su alianza con las mareas amenaza la hegemonía del PP de Feijóo, mientras el PNV ve peligrar la lehendakaritza por el empuje de una formación morada que en las generales devoró a EH Bildu.

La conquista de los cielos empieza por la periferia. Podemos afronta el 2016 con renovado optimismo y la expectativa de desplazar definitivamente al PSOE como fuerza hegemónica de la izquierda. Los resultados de las generales han espoleado a la formación, que aspira este año a hacerse con sus dos primeras presidencias autonómicas en Galicia y País Vasco, si es que antes no triunfa en la reedición de los comicios catalanes. Ambas regiones renovarán sus parlamentos en otoño y es probable que los de Pablo Iglesias queden en disposición de gobernarlas después de ello.

Así sucedería si logran repetir el resultado de las generales en el País Vasco y mejoran ligeramente el de Galicia. En la primera comunidad, Podemos ganó las elecciones pese a que se presentó en solitario -no atendió los ofrecimientos de Bildu para aliarse- y a que la cúpula regional del partido dimitió poco antes de la cita, denunciando injerencias de Madrid en la confección de las listas. Además, la presencia de los líderes nacionales de Podemos fue testimonial en la campaña e Iglesias no pisó tierras vascas ni una sola vez.

Pues bien, con todo y con eso, la formación morada se llevó 316.441 votos allí, el 26% del total, y cinco de los 18 escaños en juego. Fue el mejor resultado de Iglesias en toda España y se debió en gran parte a su importante penetración en el electorado abertzale. EH Bildu se llevó un tremendo batacazo -perdió nueve puntos y casi cien mil votos-, lo que evidenció que sus apoyos de 2011 buscaron esta vez cobijo en un partido de ámbito estatal que defiende el derecho de autodeterminación, legendaria reivindicación de los separatistas. Es de esperar que en autonómicas Podemos obtenga un resultado más modesto, pero de entrada parte con un capital valioso que le permite aspirar a la victoria y tratar de hacerse con la lehendakaritza.

Los de Iglesias ganaron el 20-D en Álava y en Guipúzcoa y se quedaron a 12.000 sufragios del PNV en Vizcaya. Extrapolados a unas elecciones regionales, esos guarismos les hubieran reportado 21 de los 75 escaños de la Cámara autonómica, siete por provincia. Podemos aún necesitaría 17 votos más para sacar adelante la investidura, que podría negociar con los socialistas -sus 16 actas de 2012 se quedarían ahora en 10-, EH Bildu -bajaría de 21 a 12- o incluso el PNV, desplazado al segundo puesto al caer de 27 a 18 parlamentarios. Para mantenerse en el poder, Íñigo Urkullu necesitaría un pacto a tres con PSE y PP, que tendrían diez escaños cada uno y sumados a los jeltzales darían justo los 38 de la mayoría absoluta.

Ciudadanos, por su parte, lograría un diputado por cada provincia y se desquitaría del cero que sacó en las generales. UPyD perdería su parlamentario alavés e IU volvería a la Cámara con un escaño precisamente por esa provincia. Siete partidos tendrían representación en uno de los parlamentos más fragmentados del país, donde la barrera para entrar está en el 3% y se otorga la misma cantidad de escaños a cada territorio histórico, con independencia de su población (25).

Peligra el Gobierno Feijóo

En Galicia, Podemos lo tiene algo más complicado pero también a su alcance. La alianza con ANOVA -la escisión del BNG que lidera Xosé Manuel Beiras-, Esquerda Unida y las mareas municipalistas le está dando unos réditos muy notables. Ya en mayo vio acceder al poder a alcaldes de su cuerda en A Coruña, Santiago de Compostela y Ferrol. En diciembre, su candidatura de confluencia para las generales derrotó al PSOE en las dos provincias más pobladas, quedándose a cinco puntos del sorpasso en las rurales Lugo y Ourense.

Si ese resultado se repitiera en otoño, el PP perdería la mayoría absoluta al caer de 41 a 32 escaños, pero podría seguir en el poder si pacta con los seis diputados que sacaría Ciudadanos. Las listas de Podemos se harían con el segundo puesto (20 actas), quedando los socialistas en similares números a los de 2012 (perderían uno de sus 18 parlamentarios). El gran damnificado aquí sería el BNG, que se quedaría sin representación, al igual que le ocurrió el 20-D.

La barrera electoral para entrar en la Cámara gallega es del 5%, lo cual penalizaría esta vez al nacionalismo, que con una cota del 3% sí obtendría un diputado coruñés y otro pontevedrés. El primero lo ganaría en detrimento del PP, que tendría así imposible reeditar mandato. Un pacto a tres Podemos-PSOE-BNG sumaría en ese caso 38 escaños, por los 37 de populares y Ciudadanos.

La confluencia es especialmente fuerte en A Coruña y Pontevedra, como ya se reflejó en las municipales. Los socialistas están perdiendo en esos territorios la hegemonía de la izquierda, lo que les condenaría al tercer puesto en el conjunto de la región, ya que la primera provincia designa 24 de los 75 escaños del Parlamento y la segunda 22. Lugo y Ourense, donde el PSdeG mantiene distancia sobre Podemos, reparten 15 y 14, respectivamente.

Las fuerzas de izquierda están, pues, a un solo escaño de sumar mayoría absoluta en Galicia, una región donde el PP ha ganado todas y cada una de las elecciones celebradas desde la llegada de la democracia. Solo de 2005 a 2009 y de 1987 a 1990 la izquierda se hizo con la presidencia de la Xunta, algo que ahora vuelve a acariciar por la alianza de Iglesias con Beiras, EU y las mareas.

Ese pacto es la evolución del suscrito en 2012 por ANOVA, Equo y la marca gallega de IU. Alternativa Galega de Esquerda (AGE), como se denominó aquella coalición, fue el laboratorio donde los impulsores de Podemos probaron sus tesis de que había caldo de cultivo en la sociedad para impulsar una alternativa al bipartidismo. En apenas unos meses, lograron 200.000 votos (el 13,9%), superando al BNG y demostrando que efectivamente algo se movía en el sistema de partidos español.

El propio Iglesias participó en la campaña gallega de 2012 asesorando a AGE. Junto a él trabajó parte del que hoy es núcleo duro de Podemos. El buen resultado del experimento acabó por decidir al grupo, que lanzaría a IU -con quien colaboraron en las generales un año antes- el órdago definitivo antes de las europeas de 2014. Urgía una renovación de arriba a abajo, que abriera el partido a la sociedad y cambiara las formas de hacer política. Cayo Lara y los suyos se negaron, al politólogo de la Complutense se le cerró la puerta a unas primarias y sólo le quedó una salida: impulsar su propio proyecto. Dos años después, ese proyecto es la tercera fuerza del país, IU parece al borde de la extinción e Iglesias tiene en su mano alcanzar las primeras presidencias autonómicas. Empezando, otra vez, por Galicia.