Hay un proverbio hindú que asegura que “Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruido, un corazón que llora”. Sin duda es cierto, pero quizá a pocas horas de haber estrenado el 2016, el año en el que expiran los derechos de autor del libro Mi lucha de Adolf Hitler, a más de uno le impacte. El mundo ha sentido una sacudida y muchos no han podido disimular cierto temor al saber que se va a reeditar el Mein Kampf .

Un libro siempre tiene mucho que decir, incluso aquello que no recoge literalmente en sus páginas pero sobrevuela entre ellas. Decía Alfonso V el Magnánino que “Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer”.

Es cierto que un libro puede dar ideas pero también las quita, sobre todo cuando se llega a él bien informado y formado.  No creo que pueda incitar al odio. Lo que sí creo es en la existencia de ojos y mentes enfermas, tanto para escribir como para leer. Pero un libro en sí no creo que espolee al odio. Especialmente un libro como este, al que no creo que se asome cualquiera, y sobre cuyo autor, a día de hoy, sabemos absolutamente todo, especialmente sus locuras y su fábrica de infamias. El libro de marras lo escribió Hitler en 1924 mientras se encontraba en prisión por un intento de golpe de Estado, el conocido Putsch de Munich. Aunque ya apuntaba maneras, cuando lo escribió no era quien llegó a ser y nadie esperaba que lo fuera. De hecho, “Mi lucha” no le hizo millonario hasta que, ya siendo canciller de la Alemania nazi, obligó a regalar el libro a todas las parejas que contraían matrimonio y a aquellos estudiantes que se graduaban. En realidad, todas las familias alemanas sabían de la conveniencia de tener la llamada biblia del nazismo en casa, por lo que pudiera pasar. Y pasó, como bien sabemos. Al parecer vendió entre 10 y 12 millones de ejemplares solo en Alemania. Después de la Segunda Guerra Mundial, tras la derrota de la Alemania de Hitler, los aliados decidieron entregar al Estado de Bavaria los derechos autor de la obra, aunque realmente fue parte de la sentencia del juez de Munich que no solo prohibió la obra en octubre de 1945, sino que legó los bienes que Hitler poseía en Baviera a este estado, incluidos los derechos de propiedad intelectual. Han pasado 70 años de la muerte del autor y según la ley, y a partir del 1 de enero de 2016, es decir, desde hace unas horas,  los derechos de autor del libro quedan libres y bajo el dominio público. Lo que es la vida, justo el año en el que también quedan libres de los derechos de autor las obras de Valle Inclán  y de García Lorca. La sola mención de la coincidencia hace daño a la vista y al intelecto. Caprichos del destino, supongo.

En Alemania seguirá estando prohibido la publicación del libro , aunque no así la publicación de ediciones especiales que incluyan análisis y comentarios de expertos e historiadores que expliquen el contenido del texto. Aunque no nos engañemos, conseguir este libro, especialmente en internet, es lo más sencillo del mundo así como en la mayoría  de países del mundo. Quien no lo ha leído, es porque no ha querido, y no porque esté prohibido, que incluso puede otorgarle un morbo que en realidad no tiene. Cuando en 2002, el escritor alemán Gunter Gruss, Premio Nobel de Literatura, se atrevió a decir que “se nos debe permitir leer esta locura” , y hacerlo en una edición especial en la que incluyan comentarios que vayan explicando lo que el lector lee, casi se lo comen. Ni que lo hubiera escrito él. Supongo que hoy sus declaraciones no hubiesen levantado esa polvareda. Prohibir libros puede resultar tan estéril como prohibir la historias: cuanto antes y más se conozca, mejor para todos.

Jugar con las hipótesis de lo que podría haber pasado cuando ya han sucedido las cosas, es jugar con ventaja. Pero estoy segura de que si los alemanes hubieran leído el libro en su día, y tuvieron 8 años para hacerlo, Hitler no habría llegado al poder a través de las urnas en 1933, aunque para acceder a él tuviera que valerse de una política de acuerdos y alianzas con otras formaciones. De hecho, si el propio Stalin hubiera leído el planfleto en cuestión quizá se hubiera evitado un disgusto y nos hubiera ahorrado a todos la vergüenza de pensar que un personaje así pertenecía a la raza humana. Si hubiera dedicado unas horas a leer “Mi lucha” en vez de firmar a diestro y siniestro sentencias de muerte antes de asistir a conciertos, óperas y estrenos de cine, hubiera podido leer con detalle los planes invasores del canciller alemán, su explícito Drang Nach Osten, su empuje hacia el Este. Desde luego, no será porque no avisó. Pero para eso había que leerlo y quizá eso hubiera cambiado el rumbo de la historia del mundo. Si Stalin hubiera leído el libro de Hitler quizá no se hubiera fiado de él tanto como para firmar un pacto de no agresión Ribbentrop-Molotov y no se habría sorprendido tanto cuando el 22 de junio de 1941 Hitler le traicionó,  rompiendo el pacto que le había permitido invadir Polonia. Si el dirigente ruso hubiera leído el “Mein Kampf “ de Hitler,  habría sabido de sus ansias conquistadoras y quizá la Operación Barbarroja no se hubiera producido. Para que luego digan que no sirve de nada leer libros.

Aunque también es cierto que eso no garantiza la salud mental de quien lo lea y su capacidad para discernir entre el bien y el mal. Ell presidente turco, Erdogan, se descolgó con unas declaraciones en nochevieja diciendo que aspiraba a un sistema presidencial como el que en su día existió en la Alemania nazi de Hitler. Después de dejar ojiplático al mundo, su gabinete se apresuró a desmentir lo dicho y a asegurar que se habían tergiversado sus palabras. Algunos consideran sospechoso que lo haya dicho justo unas horas antes de que el libro escrito por uno de los mayores genocidas de la historia pueda volverse a editar, un libro que, dicho sea de paso, en Turquía ha vendido más de 30.000 ejemplares desde 2004. No ha sido el único. El otrora presidente serbio, Slobodan Milosevic, se hartó a decir que añoraba una gran Serbia a imagen y semejanza de la Gran Alemania que anhelaba Hitler e inició la guerra de Bosnia en 1992 , una de las últimas limpiezas étnicas que se recuerdan en el corazón de Europa y que duró 3 años. Siempre hay un roto para un descosido, y un loco iluminado dispuesto a salvar el mundo.

Decía Oscar Wilde que “los libros que el mundo llama inmorales son los que muestran su propia vergüenza”. Hitler solo dijo una verdad y la dejó escrita:  “Mañana muchos maldecirán mi nombre”. Y no sabe cuánto.